Sangre y sal (Sangre y sal 1) Capítulo 4 — La primera noche
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Capítulo 4 — La primera noche

Volvió a las once de la noche. Se dijo que era para avanzar con la restauración, pero se había puesto perfume, y una se pone perfume para un cuadro solo cuando ya perdió la vergüenza.

El taller a oscuras era otro lugar. La luna entraba por la ventana alta y caía justo sobre el retrato, como un reflector. Marisol encendió solo la lámpara de la mesa, se sentó frente al lienzo y dijo, en voz alta y clara:

—Ya sé que me escuchas. Habla.

Silencio. Un minuto entero. Marisol sintió que el pecho se le encogía de una decepción tan grande que le dio vergüenza ajena de sí misma. Se levantó para irse.

—*Espera.*

La voz vino del cuadro. No de atrás, no de los lados: del cuadro. Grave, ronca, con un acento antiguo que arrastraba las eses. Marisol se giró tan rápido que tiró la silla.

Los labios del retrato se estaban moviendo.

—¡Ay, mi madre! —gritó, pegándose a la pared.

—Perdona —dijo el joven del cuadro, y sonrió, y fue la sonrisa más triste y más hermosa que Marisol había visto en su vida—. Hacía mucho que no asustaba a nadie. Se me había olvidado cómo se hace.

—¿Quién... qué eres?

—Sebastián Montés. Encantado. —Una pausa—. Aunque "qué soy" es mejor pregunta que "quién soy". Hace doscientos dos años que nadie me la hace bien.

Marisol se dejó resbalar por la pared hasta quedar sentada en el piso, abrazándose las rodillas. Su cerebro de restauradora —medir, documentar, no tocar sin guantes— peleaba con su cerebro de mujer de veintiocho años que tenía a un hombre hermoso hablándole desde un lienzo.

—¿Cómo es que...?

—Hablas dormida —dijo él, y la sonrisa se le torció—. Anoche dijiste mi nombre tres veces. Bueno. Dijiste "Sebastián". Todavía no sabías mi apellido. Fue... —buscó la palabra— ...bonito.

A Marisol le ardió la cara.

—Yo no...

—También roncas un poquito. —Se rio, y la risa le movió los hombros pintados—. Perdona. Doscientos años sin conversación me han quitado los modales.

—¿Doscientos años? ¿Tú has estado... ahí... todo este tiempo?

—Consciente. Viendo. —La mirada verde se puso seria—. Vi a doña Adela envejecer hablándome cada noche. Vi a su marido intentar quemarme en el 68. Vi cuando... —se interrumpió—. He visto mucho, Marisol. Pero nunca había visto a nadie limpiar mis labios como tú lo hiciste ayer.

El calor le subió a Marisol desde el estómago hasta las orejas.

—Es mi trabajo. —Lo sé. Tus manos... —Él bajó la voz—. Doscientos años, Marisol. Doscientos años sin que nadie me toque. Y ayer sentí tus dedos en mi boca y casi...

—No sigas —susurró ella. Pero no se movió. No se tapó los oídos. Se quedó ahí, en el piso del taller, con el corazón galopándole, deseando con una furia que la asustó que siguiera.

Sebastián la miró largamente, y en sus ojos hubo algo tan humano —deseo, culpa, miedo— que Marisol olvidó por completo que estaba hablando con pintura.

—Tienes que dejar de limpiarme —dijo él al fin, en voz baja.

—¿Por qué?

—Porque cada parte de mí que liberas del barniz... me deja salir un poco más. Anoche pude mover los labios. Mañana podré mover la mano. Y cada vez que salgo...

—¿Qué?

Él la miró, y la tristeza en esos ojos verdes fue tan honda que Marisol sintió ganas de llorar.

—Cada vez que salgo, te cuesta a ti. Se paga con sangre, Marisol. Y no con la mía.

—¿Qué significa eso?

—Significa que si sigues... me vas a amar. Y si me amas... —Su voz se quebró, doscientos años de soledad quebrándose en una frase—. Te vas a morir.

El taller quedó en silencio. La luna se movió un centímetro sobre el retrato. Y Marisol, sentada en el piso con las rodillas abrazadas, descubrió con horror que su primera reacción no fue miedo.

Fue pena. Pena de él. Y algo más, algo caliente y peligroso que le subía por el pecho:

*Que se muera yo, pero que salga. Que salga y me toque una vez. Una sola vez.*

No lo dijo en voz alta. Pero por la forma en que Sebastián la miró —como si la hubiera escuchado pensar— supo que no hacía falta decirlo. Él ya lo sabía.