Capítulo 3 — Polvo y sal
Marisol hizo lo que haría cualquier mujer dominicana sensata cuando un cuadro le habla: llamó a su abuela.
—Abuela, ¿usted cree en... cosas? ¿En cuadros que...?
—¿Que qué, mi hija?
—Nada. Olvídelo. ¿Cómo sigue la presión?
Colgó sintiéndose ridícula y decidió hacer lo segundo más sensato: investigar. Si el joven del retrato existió, alguien tuvo que pintarlo, alguien tuvo que pagar el retrato, alguien tuvo que colgarlo en esa casona de Gazcue que tumbaron la semana pasada.
Empezó por la casona. Encontró la dirección en el acta de demolición: calle Santiago, Gazcue.
Fue al atardecer, después del trabajo. Donde hubo una casa de dos plantas con balcones de hierro ahora había un solar vacío, lleno de escombros y varillas retorcidas.
Un viejito vendía frío-frío en la esquina.
—Don, ¿usted conocía la casa que tumbaron aquí?
—Claro, mi hija. La casa de los Bretón. Gente de antes, de mucho dinero y muchos secretos.
—¿Bretón? El cuadro dice Montés.
El viejito se encogió de hombros y le sirvió el frío-frío.
—Ahí vivía doña Adela Bretón hasta que se murió, hará como quince años. Sola, la pobre. Decía que de noche se escuchaba a un hombre llorando entre las paredes. Los muchachos del barrio decían que era el novio del cuadro.
A Marisol se le cayó el vaso.
—¿El novio de qué cuadro?
—Del que tenía en la sala. Un retrato grande, de un joven buenmozo. Doña Adela no dejaba que nadie lo tocara. Decía: "Ese hombre ya sufrió bastante."
Marisol volvió al taller temblando y buscó en los archivos digitales de la prensa vieja. Tardó tres noches. Lo encontró un viernes a la una de la mañana, en un periódico escaneado de 1974, en la sección de sociales, una nota de cinco líneas:
*"La señora Adela Bretón niega los rumores de que en su residencia de Gazcue se escuchan voces durante la noche. 'Es una casa vieja', declaró. 'Las casas viejas hablan.'"*
Debajo, a mano, alguien había escrito en el margen del periódico original —y el escáner lo había capturado—: *"Es el del cuadro. Me habla de noche. Me dice mi nombre."*
Marisol imprimió la página y la llevó al taller al día siguiente.
Ramona, la señora que limpiaba la galería desde antes de que Marisol naciera, la vio leyendo la nota junto al retrato y se acercó.
Leyó la frase del marco —"La sal no limpia lo que la sangre selló"— y se persignó tres veces, rapidito.
—Niña —dijo, bajando la voz—. Ese cuadro tá salao.
—Ramona, por Dios... —Por Dios nada. Yo limpio aquí hace veintidós años y yo sé cuando una cosa tiene un muerto encima. ¿Usted quiere un consejo de vieja? Si ese hombre le habla de noche...
A Marisol se le paró el corazón.
—¿Qué?
—...no le conteste. Al muerto que te llama por tu nombre, no se le contesta, mi hija. Porque si le contestas, ya es tuyo.
Ramona agarró su cubo y se fue, dejándola sola con el retrato. Marisol miró los ojos verdes. Los ojos verdes la miraron a ella.
—Ya te contesté —susurró—. Hace dos noches. Te contesté.
Y en el silencio del taller, el lienzo pareció suspirar. O fue el aire acondicionado. Marisol ya no sabía distinguir.