Capítulo 2 — Los ojos
Marisol no durmió. A las siete estaba de vuelta en la galería, con un café de colmado en la mano y la excusa preparada por si alguien preguntaba: *adelantar trabajo*. Nadie preguntó. La galería abría a las diez; el taller era suyo.
El retrato seguía donde lo había dejado, de frente a la mesa de trabajo. Lo primero que hizo fue buscar el rastro de la lágrima.
No estaba.
Pasó el dedo por la mejilla pintada —seca, áspera, doscientos años de polvo— y sintió una decepción tan física que se asustó de sí misma.
*Fue un sueño, Sol. Te lo inventaste.* Pero entonces vio la foto del mensaje, todavía en su teléfono: el taller a oscuras, el rayo de luna, el brillo húmedo en la mejilla del joven.
Amontonó la foto. La amplió. El brillo seguía ahí, innegable.
—¿Quién te tomó esta foto? —le susurró al retrato.
Los ojos verdes le devolvieron la mirada, inmóviles. Muertos. Pintura.
—Exacto —dijo, y se rio, y el sonido le salió quebrado.
Trabajó en las otras piezas toda la mañana con una concentración feroz, como si el retrato no existiera. A las doce, doña Carmen, la dueña de la galería, asomó la cabeza por la puerta del taller.
—¿Y ese? —preguntó, señalando el lienzo envuelto a medias—. El de la nota rara.
—Retrato de 1824. Firmado S. Montés. No aparece en ningún registro. —Pues si no hay familia que lo reclame y no hay registro, es nuestro. Restaúralo y lo subastamos. Esos retratos antiguos se venden bien entre los popis de Naco.
Marisol asintió, pero algo en el estómago se le retorció. *Nuestro.* La palabra le sonó a mentira.
Esa tarde hizo lo que hace toda restauradora seria antes de tocar un lienzo valioso: documentarlo. Montó la cámara, tomó fotos de cada centímetro, del marco, de la frase grabada a navaja. Al revisar las fotos en la pantalla, se le heló la sangre.
En la primera foto, el joven miraba de frente. En la segunda —tomada treinta segundos después, sin que nadie hubiera movido el cuadro— los ojos estaban ligeramente desviados. Hacia la cámara. Hacia ella.
Marisol miró el retrato. Los ojos, de frente. Miró la pantalla. Los ojos, hacia ella.
—Esto no está pasando —dijo, y tomó una tercera foto.
En la tercera, los labios del joven parecían... distintos. No sabría explicarlo. Como si la comisura se hubiera levantado un milímetro. Como si estuviera sonriendo.
Dejó la cámara sobre la mesa y se quedó mirando el cuadro hasta que la luz del taller se volvió naranja de atardecer. Entonces, sin decidirlo, hizo algo que no hacía desde niña: acercó una silla, se sentó frente al retrato, y le habló como se le habla a una persona.
—Si de verdad estás ahí... si de verdad me ves... parpadea.
Nada. Un minuto. Dos. El taller en silencio, solo el zumbido del aire acondicionado.
—Ya —susurró, levantándose, las mejillas ardiéndole de vergüenza—. Oficialmente loca.
Estaba guardando los solventes cuando lo escuchó. Bajito, clarito, desde algún lugar entre el cuadro y su nuca:
—*Marisol.*
Se quedó congelada con un frasco de trementina en la mano. Giró despacio.
El taller estaba vacío. El retrato, inmóvil. Pero los ojos verdes ya no miraban de frente.
La miraban a ella. Directo. Sin disimulo.
Y en la mejilla pintada, brillando bajo la luz naranja del atardecer, un rastro húmedo nuevo resbalaba desde el lagrimal hasta la comisura de los labios.
Como si el joven del cuadro acabara de llorar. O de sonreír. O las dos cosas.