Sangre y sal (Sangre y sal 1)
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Capítulo 1 — El retrato
El camión llegó a las nueve y cuarto de la mañana, con el sol de Santo Domingo ya picando sobre la avenida Winston Churchill, y Marisol Vega supo, antes de que bajaran la primera caja, que ese día le iba a cambiar la vida.
Lo supo por el olor: a madera vieja, a humedad guardada por décadas, a historia que nadie había querido tirar pero tampoco conservar.
—Firma aquí —le dijo el chofer, tendiéndole una tablilla—. Son once piezas de la casona de Gazcue. La que tumbaron la semana pasada.
Marisol firmó. Tenía veintiocho años, las manos manchadas de siempre de barniz y trementina, y un taller de restauración al fondo de la galería Luz y Lienzo, en Piantini, donde los cuadros llegaban a morir o a resucitar. Ella decidía cuál de las dos cosas.
Las diez primeras piezas eran lo de siempre: paisajes desteñidos, un bodegón comido por el hongo, retratos de señores gordos con cara de estreñimiento. La número once venía envuelta aparte, en una manta gruesa, con una nota amarillenta pegada con tape:
*"No restaurar. No vender. Devolver a la familia."*
—Qué familia, si tumbaron la casa con todo adentro —murmuró Marisol, y desenvolvió el lienzo.
Era un retrato al óleo, de cuerpo medio, en un marco dorado carcomido.
El barniz, oxidado por casi doscientos años, lo cubría todo con una pátina marrón como de café derramado.
Pero debajo se adivinaba un joven de unos veinticinco años, de facciones finas, pelo negro peinado hacia atrás y una boca...
Marisol acercó la lámpara sin darse cuenta de que había dejado de respirar.
Era hermoso. De esa belleza antigua que ya no se fabrica: pómulos altos, mentón firme, labios llenos que el pintor había dejado entreabiertos, como si el joven estuviera a punto de decir algo. Marisol sintió un calor ridículo subirle por el cuello. *Es pintura, Sol. Ubícate.*
Subió la mirada a los ojos. Verdes. Verdes de mar bravo, puestos de frente, clavados en ella con una intensidad que ningún truco de pintor explica del todo.
Retrocedió un paso y se rio sola, nerviosa.
Todos los restauradores conocen el efecto: los ojos de frente "te siguen" por la habitación. Técnica, nada más.
Pero entonces vio la firma, abajo a la derecha, medio borrada:
*S. Montés, 1824.*
Y debajo del marco, grabada en la madera con navaja, una frase que le erizó los brazos:
"La sal no limpia lo que la sangre selló."
—¿Quién escribe eso en un marco? —susurró.
Pasó la mañana catalogando y la tarde evitando mirar el retrato. Pero a las seis, cuando la galería cerró y el taller quedó en silencio, no aguantó más. Preparó sus hisopos, el solvente suave, y empezó por una esquina del fondo, como mandan las reglas: siempre se prueba donde no se note.
El barniz viejo cedió con una facilidad obscena, como si el cuadro *quisiera* ser limpiado.
Debajo apareció un azul profundo, un cielo nocturno pintado con una delicadeza que le cortó la respiración.
Siguió sin mirar el reloj. Una hora. Dos.
Limpió la mejilla del joven, la línea de la mandíbula, el cuello de la camisa blanca, y cada centímetro que liberaba era como desvestirlo. Se sorprendió hablándole en voz baja:
—¿Quién eras tú, dime? ¿A quién mirabas así?
Llegó a los labios. El hisopo tembló en su mano.
El pintor los había hecho perfectos: el labio inferior un poco más lleno, una sombra en la comisura, como si sonriera de algo que solo él sabía.
Marisol acercó la cara, tantísimo, a oler la pintura vieja —trementina, linaza, dos siglos— y entonces lo sintió: un calor.
No de la lámpara. Del lienzo. Un calor suave, como de piel, subiéndole por los dedos.
Retiró la mano de golpe.
—Ya, párale —se dijo, con la voz extraña—. Te estás enamorando de un muerto de 1824.
Pero no se apartó. Siguió limpiando, subiendo por la mejilla hasta los ojos, y ahí fue cuando lo vio: una lágrima —o algo que parecía una lágrima— resbalaba por la mejilla pintada del joven, brillando bajo la lámpara.
El hisopo se le cayó.
—No —dijo en voz alta—. No, no, no. Los cuadros no lloran.
Y sin embargo el rastro húmedo seguía ahí, y los ojos verdes la miraban con algo que ya no parecía técnica. Parecía súplica. Parecía *hambre*. Marisol sintió que las rodillas le flojeaban de una manera que no le pasaba desde los diecisiete años, y eso la asustó más que la lágrima.
Apagó la lámpara de un manotazo y salió del taller con el corazón desbocado, dejando el retrato a oscuras. Ya en su apartamento, con las manos todavía temblándole, buscó en internet: *"Sebastián Montés retrato 1824"*.
Nada. Ningún pintor, ningún Montés, ningún retrato. Como si el joven del lienzo nunca hubiera existido.
A las tres de la mañana, el teléfono vibró sobre su mesita de noche. Un mensaje de número desconocido, con una foto adjunta: su taller a oscuras, el retrato iluminado por un rayo de luna que entraba por la ventana. Y en la foto, clarito, el rastro de la lágrima brillando en la mejilla.
Debajo, un texto de cuatro palabras: *"Vuelve. Te estoy esperando."*