60 Zeth
Alexis Romera es la novia del jefe de los Widow Makers.
Es un dato más que sorprendente, pero en fin…
A estas alturas, nada debería sorprenderme.
Carnie, el tipo que casi le ha provocado a Sloane un ataque al corazón con la noticia, nos informa de que Jacob nos está esperando en su despacho.
Al salir de la cocina, nos encontramos con un montón de gente apoyada en la pared o sentada en el suelo.
Todos están pálidos y angustiados. Una rubia alta va directa hacia Sloane en cuanto la ve y la coge de los codos.
—¿Está bien? Está muerta, ¿verdad? ¡Está muerta, joder!
Sloane se libera de las manos de la chica y la lleva hacia la puerta de la cocina.
—No está muerta. Ve a sentarte a su lado, y si ves que su respiración cambia, corre a avisarme de inmediato. Y comprueba que tenga pulso cada pocos minutos.
La rubia entra en la cocina y chilla al ver toda la sangre.
Carnie nos escolta por el pasillo. Da la impresión de que Jacob le ha dicho que si no íbamos por nuestro propio pie, tendría que obligarnos.
Qué gracioso. Me habría gustado ver a este cabrón tratando de sacarme de allí, y si se hubiera atrevido siquiera a tocar a Sloane…
—Entrad. —Carnie señala el despacho de Jacob con la cabeza.
Al otro lado de la puerta, Jacob, Michael y Cade están sentados alrededor de una enorme mesa de roble pulido, incómodos.
Hace un rato, Cade y yo casi no hemos tenido oportunidad de hablar antes de que todo se fuese a la mierda, pero sí le ha dado tiempo a decirme que Rebel es su amigo y que ha formado parte de los Widow Makers toda la vida.
No tengo ni idea de qué pensar al respecto.
Pensaba que Cade y yo éramos parecidos, pero esta revelación ha puesto todo lo que yo pensaba patas arriba.
—Adelante, sentaos con nosotros —dice Jacob, señalando las sillas desocupadas alrededor de la mesa. Hay tres, una para Sloane, otra para mí y una extra—. Me han dicho que has tenido una mañana movidita, Naomi. —Jacob junta las manos sobre la mesa y le dirige a Sloane una mirada gélida.
—Podría decirse que sí —responde Sloane, que parece recién salida de una película de terror.
Tiene las manos y los brazos manchados de sangre, y salpicaduras por toda la cara, por el pelo y por la camiseta.
La respuesta seca y cortante que le ofrece a Jacob deja claro lo mal que le ha sentado el comentario—.
Nos iremos dentro de poco. Para llevar a esa chica a un hospital.
—Oh, no lo creo, Naomi. Sophia es una chica fuerte. Se pondrá bien.
Yo tenía razón. Sabía que diría eso, por supuesto, pero tenía la esperanza de estar equivocado. Atisbo la expresión de furia de Cade y… Madre mía. Está tan cabreado que le ha salido una especie de sarpullido rojo en el cuello.
—La chica va a ir al hospital, Jacob.
El jefe de los Black Talons inclina la cabeza hacia Cade y esboza una pequeña sonrisa.
—Tú no eres más que un portavoz, Preston —dice alargando las palabras—. Recuerda que estás en mi casa como invitado.
—Yo seré un invitado, pero Rebel está de camino. ¿Qué crees que dirá cuando llegue y se encuentre con que su chica está muerta?
Vaya… Rebel todavía no ha llegado. Pero está de camino. Esto podría venirnos bien. Sloane también se da cuenta de que es una oportunidad, y la coge al vuelo.
—Si nos vamos ahora, podemos llevarla a una clínica privada de San Bernardino. Los conozco. Si yo se lo pido, la tratarán extraoficialmente.
Jacob coloca las palmas de las manos sobre la mesa y se lo piensa unos segundos.
Cuando levanta la vista, percibo en sus ojos una maldad que me hace pensar que lo que haga Rebel cuando llegue le importa una mierda…
pero resulta que estoy equivocado. Porque esa mirada no es para Rebel. Esa mirada es para mí.
—Me has mentido, Zeth. Esta mañana he tenido una conversación con un conocido tuyo de lo más reveladora.
—Jacob le hace un gesto con la cabeza a Clark, que enseguida hace lo que su amo le ordena y trae una hoja de papel a la mesa.
La deja delante de Jacob—. Este conocido tuyo me ha contado varias cosas muy interesantes sobre ti.
Verás, yo pensaba que estabas aquí para espiar para Charlie…
No sospechaba que habías venido a robarme.
Jacob desliza el papel sobre la mesa. Esta vez no tiene sentido mentir.
En la foto, Rick, a quien dejé en Anaheim recopilando información para la zorra de la DEA que está investigando a Charlie, está atado a una silla mientras la silueta borrosa de un hombre parcialmente fuera de plano se dispone a atizarle con una vara de hierro.
Empujo la foto hacia Jacob y enarco las cejas.
Mierda. Mierda, mierda, mierda. La verdad es que no me importa gran cosa que Rick se lleve una paliza, pero esto significa que todo ha terminado. Que mi plan se ha desmoronado.
—Me has pillado. —Levanto las manos—. Sí, quería llevarme a una de tus chicas. Aunque ahora mismo se está muriendo en la cocina, así que igual es mejor que dejes que me la lleve. Así te quito el marrón de encima.
—A mí no me vas a quitar una mierda, hijo de puta.
—Jacob le hace otra seña a Clark, que se coloca detrás de mí con una pistola en la mano.
Dentro de un instante, Jacob le ordenará que me vuele la cabeza.
He de admitir que esto de que me apunten por detrás con una pistola es mucho menos divertido con Clark que con Sloane—.
Sophia no es mi problema. Rebel me la compró hace años y lleva desde entonces metiendo las narices en mis asuntos y alterando a mis chicas.
Si la palma, será porque es una zorra metomentodo que se inmiscuye en cosas que no le conciernen.
Tú, en cambio, vas a quedarte aquí esperando con tu zorrita hasta que llegue Charlie.
Y entonces dejaré que él se encargue de ti.
Me parece que te tiene ganas. Se ha cabreado especialmente cuando le he mandado una foto de tu amiguito.
Señala la fotografía de Rick. De puta madre. Seguramente Charlie ya había tenido el tiempo suficiente para sumar dos más dos, pero ver las pruebas físicas de que Rick está vivito y coleando después de haberlo traicionado con los Wreckers… El tío estará que muerde.
Michael está observando la escena como si no fuese con él, pero a mí no me engaña. Es una víbora, no una serpiente de cascabel. Con él no te las ves venir. Se pone de pie y se saca una daga de la cintura de los pantalones. Jacob lo mira boquiabierto y con el ceño fruncido, furioso.
—Siéntate, tío. Esto no te concierne.
Michael hace caso omiso de la orden, le da la vuelta a la daga y, a la velocidad de la luz, atraviesa con ella la mano de Jacob, clavándolo a la mesa.
—¡Hijo de puta! ¡Clark, mátalo! —Los gritos de Jacob alertan a toda la puta casa.
Quizá sea porque se ha quedado demasiado anonadado al ser testigo de los actos suicidas de Michael, pero Clark comete un error: vacila, y esa vacilación me proporciona el tiempo necesario para darme la vuelta, coger su M16 y asestarle un puñetazo en plena garganta.
Se desploma como un muñeco de trapo, tratando de respirar, pero le he reventado el esófago, así que no creo que vaya a conseguirlo en un futuro próximo.
Sloane grita y da un brinco, y de repente parece que todo el mundo está gritando.
En breve, un tropel de guardias cabreados irrumpirá en este despacho.
Le dirijo a Michael una mirada contrariada.
—Muy sutil, tío.
Michael se agarra de la mesa, extrae la daga de la mano de Jacob y se la coloca en el cuello. El líder de los Black Talons deja de gritar y se queda muy quieto. Michael, como si quisiera darle las gracias por su silencio, le da unas palmaditas amistosas en el brazo.
—Tú no has oído lo que estaba diciendo antes de que llegaras, jefe. Iba a dejar que Anton te cortara la polla. Al menos eso es lo que creo que ha dicho, porque hablaba en español.
Cade asiente.
—Sí, esa era la idea, más o menos. —Se pone de pie y se acerca a echarle un vistazo a Clark, que está tirado en el suelo, mudo.
Sloane, en cambio, solo tiene ojos para mí. Unos ojos llenos de lágrimas.
—¿Era necesario? Le has aplastado la tráquea…
Quiere que defienda mis actos, o que la haga entender por qué he hecho lo que he hecho. Que la haga entender que ha sido lo correcto. Pero yo no puedo hacer eso por ella; ha de decidirlo por sí misma. En un gesto suave, fugaz, le acaricio la mejilla con una mano.
—¿Por qué no te lo piensas y decides si era necesario o no? —Luego me vuelvo hacia Michael—. Tenemos que largarnos echando hostias de aquí.
—Estoy de acuerdo. ¿Qué hacemos con él?
—¿De verdad creéis que os vais a salir con la vuestra, hijos de puta? —Jacob, que está morado como una remolacha, escupe por todas partes al hablar—. ¡Estáis muertos! ¡Todos!
Me acerco a los dos.
—Oye, Michael, ¿cuántas veces puede morir un hombre?
—Solo una, jefe.
—Sí, exacto. Solo una. —Cojo la daga que me ofrece Michael y la sostengo delante del rostro de Jacob—.
Charlie ya ha pedido mi muerte, hijo de puta, y siento decepcionarte, pero tú no vas a poder ni quedarte a mirar.
—Le rozo la mejilla con la punta del cuchillo y observo cómo el metal le devuelve el reflejo de sus ojos llenos de terror—.
Los dos somos peces gordos, Jake, ¿recuerdas?
Te ves a ti mismo en mí. Los dos nacimos en la mierda, como me recordaste el otro día muy amablemente.
Así que pregúntate lo siguiente… —Me inclino hacia él, me pongo las manos en los muslos y me encojo de hombros con aire pensativo—.
Si tan parecidos somos, ¿qué harías tú si ahora mismo estuvieras en mi situación?
—No puedes matarme, Zeth. ¡No tienes putos huevos!
Cade se ha unido a Michael detrás de Jacob. Tiene mala cara, pero asiente con decisión. «Estoy contigo, hermano», parece decir.
—Dios mío, esto no puede estar pasando.
Sloane, que sigue detrás de mí, tiene pinta de estar a punto de vomitar. Se da la vuelta y apoya la frente en la pared, hiperventilando y tapándose los oídos.
Cuando vuelvo a mirarlo, Jacob esboza una sonrisilla.
—Estoy desarmado, Zeth. ¿Le vas a demostrar a tu chica la clase de monstruo que eres cortándome el cuello delante de ella?
Me abalanzo sobre él, casi pegando mi cara a la suya.
—Pues sí.
Blando el cuchillo.
Pero el acero no llega a cortarle.
Jacob tiene una mancha de humedad en la entrepierna. Le hago señas a Cade para que termine el trabajo y el motero le da la vuelta a la pistola y le atiza a Jacob con la culata, dejándolo inconsciente.
Ja. Tirado en la silla, inconsciente y sentado en sus propios meados. Justo lo que este cabrón se merece. Me permito un segundo para sentirme satisfecho, pero solo uno.
—Vamos. No va a estar fuera de combate para siempre.
Sloane estaba balbuceando, maldiciendo, por lo que me parecía oír, pero se da la vuelta e interrumpe su diatriba.
—¿No lo has matado?
Le rodeo la cintura con el brazo y la saco de la habitación.
—Jacob Dixon es un cabrón hijo de puta, Sloane, pero tenía razón en una cosa. No voy a matar a un hombre desarmado.