Sangre y rosas 1 59 Sloane #2
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59 Sloane #2

Menos mal que he mirado. Desde que la han traído, un gigantesco hematoma morado ha florecido en su espalda.

Fallo renal completo. No hay duda: se trata de una hemorragia interna.

Bajo la débil luz amarillenta de la cocina, no me había percatado de la coloración de su piel, pero cuando vuelvo a tumbarla y le miro los ojos, la ictericia es evidente.

—Los riñones —dice Zeth. Parece que no ignora del todo cómo funciona el cuerpo humano. Asiento; me tiemblan las piernas de alivio. Al menos ahora sé por dónde debo abrirla.

Hago la incisión —una línea profunda y limpia de unos diez centímetros— horizontalmente, en el lado derecho de su abdomen…

y entonces todo cambia. Es algo que me ocurre siempre que opero.

El mundo se estrecha hasta convertirse en un punto en concreto.

Todo lo demás se difumina, dejando tras de sí una calma fría y clínica.

Tardo un rato en inspeccionar la cavidad abdominal de Lexi.

Hay mucha sangre, y no cuento con un equipo de enfermeros que se encargue de la succión o de limpiar con gasas.

Pero tengo a Zeth, que se mueve con decisión, que alienta mi confianza.

Cuando aplica presión con los jirones de una toalla para limpiar la sangre de modo que yo pueda ver qué narices estoy haciendo, no me preocupa que cause más daños.

En otro mundo, en una realidad completamente distinta, Zeth habría sido un excelente cirujano.

Es capaz de todo, y tiene unos nervios de acero.

No tardo en encontrar los primeros pedazos de la bala, y el alivio me asalta con la fuerza de un puñetazo en el estómago.

Mientras retiro con las pinzas las esquirlas afiladas de metal del vientre de mi hermana, siento que podría echarme a llorar.

Sin embargo, el alivio se desvanece en cuanto atisbo su riñón derecho, de donde extraigo el pedazo más grande del proyectil.

Está acurrucado en las ruinas del órgano, que ha quedado completamente destrozado.

—Mierda. Mierda.

Zeth coloca su mano sobre la mía y me dirige de nuevo esa mirada suya. Reconoce el desastre con tanta claridad como yo, pero él no está paralizado de miedo.

—Todavía respira, Sloane. Su corazón no ha dejado de latir. Y tiene otro riñón, ¿no?

—Sí. —Pero no es tan sencillo. Extirpar un riñón es una operación importante, una operación en la que a menudo la gente muere en quirófano, y eso en unas condiciones esterilizadas y controladas. No obstante, ¿qué otra opción tengo? Ninguna.

Así que hago lo que tengo que hacer. Extraigo el maltrecho riñón, coso con cuidado con una aguja y un hilo corrientes del kit de costura y cauterizo la herida.

Una vez hecho, no queda más que limpiarle la cavidad abdominal y coserla.

Sin embargo, cuando echo un vistazo a mis instrumentos, veo que no tengo lo que necesito ahora.

Zeth me observa con una expresión serena mientras busco.

—¿Qué pasa? ¿Qué necesitas?

—Algo con lo que hacer una transfusión de sangre. Tenemos el mismo grupo sanguíneo. Ha perdido mucha sangre, necesita más si quiere llegar con vida al hospital.

Zeth suelta un gruñido.

—No te van a dejar llevarla a un hospital, Sloane.

Dejo de buscar y levanto la vista de golpe. El corazón se me va a salir por la boca.

—¿Qué coño estás diciendo?

—A tu hermana la han disparado. Los hospitales están obligados a informar a la policía de las heridas de bala.

—Sí, Zeth, lo sé perfectamente. Trabajo en un puto hospital.

—Ya. Ninguna de las personas que hay aquí va a querer atraer ese tipo de atención. Si tu hermana habla, la policía se presentará aquí en dos segundos. Jacob jamás lo permitiría. Querrán que se recupere aquí. Si sufre una infección…

—¡NO ES UN «SI», ZETH! —Cojo lo primero que tengo a mano, el vodka, y lo lanzo contra la pared.

La botella de cristal se rompe en mil pedazos; estalla como una granada.

Él ni se inmuta. ¿Después de todo lo que he hecho?

¿Después de que Alexis haya sobrevivido a todo esto?

—. No es un «si». ¡Es un «cuándo»! ¡Tienen que volver a abrirla para arreglar la chapuza que acabo de hacerle en las entrañas!

Y, si sobrevive a eso, va a necesitar una bomba de antibióticos, una montaña de analgésicos y al menos dos transfusiones de sangre.

De lo contrario, todo esto habrá sido en vano.

—Me tapo la cara con las manos manchadas de sangre y trato de recuperar el aliento—.

Y por lo que respecta a lo de no llamar la atención de la policía, creo que llegáis un poco tarde.

Zeth se me acerca y me pone las manos sobre los hombros.

—¿Qué quieres decir?

—Le han disparado con una Glock 22, calibre 40. ¿No sabes quién usa ese tipo de pistola? Yo creo que sí. Seguramente te habrán apuntado con una de ellas más de una vez. —Lo aparto de un empujón y me paso las manos por el pelo.

Zeth me mira fijamente con los ojos entornados.

—Sí. La policía.

—No solo la policía. El FBI usa Glock 22.

La DEA usa Glock 2. Las he visto en el cinturón de casi cada agente que ha cruzado las puertas del hospital.

Si esos amigos tuyos ya habían atraído ese tipo de atención, si los putos agentes federales han estado disparándolos, es porque ya están buscando a Jacob y a esta puta banda de moteros que ha aparecido aquí de la nada.

—Tienes toda la razón, encanto.

La voz sobresalta a Zeth casi tanto como a mí, pero nuestras reacciones no podrían ser más distintas. Yo me aparto del desconocido que hay en la puerta; Zeth, en cambio, lo apunta con la pistola.

Al desconocido —un tipo alto y desgarbado vestido con ropa de cuero— no parece molestarle. Entra a paso lento en la estancia.

—En efecto, la policía nos está buscando —dice. Mira a Lexi, que está detrás de mí, tumbada sobre la mesa en un charco de sangre—. ¿Está viva?

Zeth tiene pinta de estar a menos de cinco segundos de dispararle en la cara, así que me interpongo entre los dos. En esta cocina ya hay suficiente con un herido de bala.

—Sí. Pero de milagro. Necesita ir a un hospital. ¿La conoces?

El tipo se encoge de hombros. Debe de tener veintitantos o treinta y pocos años.

Tiene el pelo rubio oscuro, y salta a la vista que no es uno de los hombres de Jacob.

Debe de pertenecer a la banda de moteros, entonces.

Mi suposición se confirma cuando se adentra más en la cocina y se pone al lado de Alexis, dejando a la vista el parche cosido a su chaqueta: «Widow Makers».

El emblema cosido en el cuero es una mujer con la cabeza gacha y el rostro lleno de lágrimas. Parece una versión grunge de la Virgen.

—Sí, la conozco bastante bien —contesta—. Cómo no. Al fin y al cabo, es la chica del jefe.