Sangre y rosas 1 59 Sloane
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59 Sloane

Depositan a Alexis sobre la enorme mesa de la cocina. Las sirvientas corren de arriba abajo, chillando y lloriqueando. El chico de antes, el que estaba tratando de reanimarla, está junto a la mesa, preparado para empezar de nuevo con las compresiones.

—¡Quita del medio, hostia! —Me abro paso a través de la gente que nos ha seguido y aparto al chico de un empujón—. ¡Tiene pulso, idiota!

—¡Pero no respira!

—Sí que respira, joder. Está inconsciente porque ha perdido mucha sangre.

El chico retrocede tambaleándose y se pasa las manos por el pelo, manchándose toda la cara de sangre.

—Jamie me va a matar. Me va a asesinar —repite una y otra vez. Me está desconcentrando, joder.

—Necesito… —Mierda, no tengo nada de lo que necesito aquí. Me he dejado el maletín en casa.

—¿Qué? ¿Qué necesitas? —El supuesto salvador de Alexis está blanco como el papel y apenas puede hablar—. Dímelo e iré a buscarlo. ¡Vamos! —Se está dejando llevar por el pánico, igual que yo.

Respiro hondo y me obligo a concentrarme.

—Una bolsa de plástico, cinta adhesiva, un kit de costura… Necesito alcohol, medicamentos, agua hirviendo, toallas y pinzas. Y el cuchillo más afilado que encuentres. ¡Ve!

Cirugía clandestina para mi hermana moribunda.

En esto va a desembocar esta situación. Hay una razón por la que los médicos nunca tratan a los miembros de su familia.

La cirugía de emergencia es un arte; no hay mucha gente capaz de hacerla.

Necesitas mantener la calma ante una presión extrema, tienes que aislarte del caos, de los gritos, del pánico de los demás.

No puede temblarte el pulso en ningún momento.

No hay margen para el error. Y ahora mismo me tiemblan tanto las manos que no confiaría en mí ni para sostener un puto boli.

—Contadme qué ha pasado. Contadme exactamente qué ha pasado para que pueda visualizarlo.

—El chico ya se ha ido corriendo a buscar lo que le he pedido.

Otro chico da un paso al frente. Tendrá unos veintitantos y lleva una camisa elegante y una corbata.

También lleva unos vaqueros ajustados, lo que parece fuera de lugar con respecto al resto de su atuendo formal.

—Han disparado a Soph —murmura, frotándose las palmas de las manos en los vaqueros. Tiene las manos cubiertas de sangre. Me dan ganas de darle un puñetazo en la cara.

—¡Eso ya lo veo, imbécil! ¿Con qué clase de pistola le han disparado? ¿Desde qué distancia? ¿Desde qué ángulo?

El chico me mira con el rostro inexpresivo. Una mujer rubia y alta con penetrantes ojos verdes da un paso al frente y responde:

—Estábamos en una reunión y la cosa se torció.

Nos atacaron y tuvimos que huir, y a Soph le dispararon con una Glock 22.

Calibre 40. El disparo fue desde unos seis metros, de lado, así, pero desde arriba.

—Se mueve hacia mi izquierda y levanta la mano, poniendo los dedos en forma de pistola y apuntándome al pecho.

Así que le dispararon desde lejos, desde arriba y hacia la derecha.

La bala podría estar en cualquier parte, podría haber destrozado absolutamente cualquier órgano.

Me embarga una oleada de desesperación. Si estuviéramos en un hospital, si contara con un equipo quirúrgico, un entorno esterilizado y una máquina de soporte vital, tal vez tendría posibilidades de salvar a Alexis.

Pero estoy en una cocina doméstica y no tengo ninguna de esas cosas.

—Toma, lo he encontrado todo. —El chico ha vuelto con todo lo que le he pedido en los brazos.

Lo deja todo sobre la mesa al lado de Alexis, cuya respiración rápida y superficial se ha acelerado desde que la hemos metido en la casa.

Está en estado de shock, y si la abro, se pondrá diez veces peor.

Probablemente eso la mataría. Pero la alternativa es dejar que se desangre en la mesa de esta cocina, y eso la matará sin ninguna duda.

—¿Naomi? —La enorme figura de Zeth ocupa todo el umbral de la puerta.

Observa la escena que tiene delante con el rostro inescrutable.

Varias de las personas que hay en la cocina se vuelven para ver quién es el recién llegado, pero los demás siguen mirando a Alexis.

Soph, la ha llamado el chico. Aquí todos la conocen con el nombre de Soph.

Las chicas de anoche también la llamaron así—.

¿Qué ha pasado? —pregunta, y su voz es como un ancla.

Su presencia me infunde una sensación de calma que suaviza los contornos serrados de mi histeria.

Las manos dejan de temblarme con violencia.

—Necesito que esta habitación se vacíe —anuncio. Zeth asiente y yo me vuelvo hacia mi paciente y cojo la bolsa de plástico y la cinta. Rompo la bolsa con los dientes, coloco un pedazo cuadrado sobre la herida del pecho de Alexis y la fijo, asegurándome de que quede perfectamente sellada.

—Es ella, ¿verdad? —Ahora la voz de Zeth es la única que queda en esta estancia. No me había dado cuenta de que todos se habían marchado mientras trabajaba, pero ahora, de repente, el silencio es ensordecedor.

—Sí. Es ella. —Le explico a toda prisa lo que me han contado con las manos entrelazadas delante de mi boca, observando y esperando. Cuento hasta veinte y dejo una mano sobre el pecho de Lexi para asegurarme de que siga respirando.

—¿Sloane? ¿Qué haces?

—Necesito saber si la bala ha perforado los pulmones.

Si es así, se le escapará el aire de ellos y la bolsa de plástico se inflará sobre la herida.

—Cinco segundos más. Diez. Alexis sigue respirando, pero el plástico no se hincha—.

Los pulmones están bien. —Arranco el pedazo de bolsa y la cinta de su piel.

Es una pena que no pueda hacer una prueba similar para saber si la bala le ha rozado el corazón.

La taquicardia podría indicar que es así, pero también es consecuencia de estar en estado de shock. Y lo está, de eso no hay duda.

—¿Ahora qué? —Zeth se muestra firme. Concentrado. Alerta.

—Ahora he de intentar encontrar la bala.

Presiono sobre el abdomen de Alexis, esperando notar la firmeza que me indique que hay una hemorragia interna, pero no está duro.

Si el destino está de nuestra parte, tal vez pueda sacarle la bala con las pinzas que ha traído el chico de los Widow Makers.

Las probabilidades de que Alexis sobreviva se multiplicarán por cien si no tengo que abrirla.

Zeth reacciona con rapidez y decisión; me acerca lo que necesito en cuanto se lo pido.

Me encuentro con un problema de inmediato: las pinzas son demasiado cortas.

Son unas pinzas de cosmética corrientes, y solo puedo introducirlas unos cinco centímetros dentro de la herida.

Y el alcohol que me han dado para esterilizar es un puto aguardiente de treinta grados.

He de pedirle a Zeth que vaya a buscarme algo más limpio.

Cuando vuelve con una botella de vodka ruso de primera categoría, me entran ganas de darle un beso.

Sin embargo, Alexis empeora justo en ese momento: su respiración se vuelve agónica, lo que significa o bien que su corazón está sometido a una enorme presión o bien que está sufriendo un fallo renal o hepático.

—No sé qué hacer. ¡Mierda! —Me estoy derrumbando. No soy capaz de enfrentarme a esto, joder. Se va a morir. He vivido durante años preocupada por que estuviera muerta cuando en realidad estaba viva y ahora se está muriendo delante de mí y no puedo salvarla.

Zeth me quita las pinzas de la mano, rodea la mesa de la cocina y me coge de los hombros.

—Sloane. Sloane, mírame.

No lo hago. No puedo. Contemplo el rostro ceniciento de mi hermana mientras la muerte tira de ella cada vez con más insistencia.

Estoy llorando, pero no noto las lágrimas.

No siento mi respiración entrecortada. El dolor me consume ante lo peor que podría haberme imaginado jamás, que está ahora mismo sobre la mesa de esta cocina.

—¡Sloane! —Mi cabeza se gira violentamente hacia la izquierda; me pitan los oídos. Zeth me ha abofeteado con tanta fuerza que me ha hecho ver las estrellas. Con la expresión cargada de dureza y determinación, Zeth dice—: Se está muriendo, Sloane. ¡Piensa! ¿Ahora qué?

—No sé qué órganos internos están dañados. Podría ser… podría ser el corazón. Pero también podrían ser el hígado, los riñones… No lo sé.

—Vale. Usemos la lógica. Los labios se le están poniendo azules. ¿Eso qué significa?

—Hipoxia. Falta de oxígeno en el cerebro.

—¿Qué lo causa?

—Una parada cardíaca. Una perforación en el pulmón. Una presión excesiva en otros órganos. —Cualquier cosa. ¡Podría ser cualquier cosa!

—No tiene los pulmones perforados, eso ya lo sabemos. Y la trayectoria de la bala es descendente y en teoría debería alejarse del corazón, así que es poco probable que los daños estén ahí. ¿Una parada cardíaca puede estar causada por daños en el hígado o los riñones?

—Sí. Por una hemorragia.

—Vale. Entonces, sea lo que sea, tenemos que abrirla, Sloane.

Tenemos que encontrar en qué parte está la hemorragia y detenerla.

—Me tiende el cuchillo que me ha traído antes el chico.

Por suerte, es un bisturí, y uno bien afilado.

Dios sabe de quién es o por qué lo tienen, pero es un pequeño consuelo.

Si el único instrumento a mi disposición fuese un cuchillo de cortar verduras, me habría rendido al instante.

—Tú puedes, Sloane.

—¡No puedo! Yo…

Me zarandea.

—Te he visto con mis propios ojos. Te he visto llevar a cabo lo que otros médicos han definido como milagros. Tú sabes hacerlo mejor. Te conozco. Eres una cirujana excelente y no vas a dejar morir a tu hermana.

Miro a mi alrededor, histérica, tratando de disociarme, de encontrar el modo de trasladarme a otro lugar, pero Zeth me coge la cara con las dos manos y me la inmoviliza, obligándome a mirarlo a los ojos.

—Tú puedes —repite.

En su rostro no hay ni un asomo de duda. En este momento, cree en mí más de lo que nunca ha creído nadie… Y una llamita de esperanza se prende en mi pecho.

Yo puedo.

He de hacerlo.

Un suave respingo que viene de la mesa llama mi atención. ¡Alexis se está muriendo, joder! Cuando se la llevaron, no pude hacer nada por evitarlo, pero esto sí está en mi mano.

—Vale. Vale, está bien. Estoy preparada.

Los siguientes momentos transcurren a cámara rápida. Me empapo las manos de alcohol y giro a Alexis para echar un último vistazo a su espalda y asegurarme de que no se me haya pasado por alto una herida de salida.

—¡Hostia puta! —maldice Zeth entre dientes.