58 Sloane
Este tipo, este desconocido, parece peligroso.
Zeth se ha quedado paralizado en el pasillo, mirándolo fijamente con los dientes apretados.
Y ¿le acaba de acusar de estar muerto? Un mal presentimiento se extiende por la boca de mi estómago.
Por la cara que pone Zeth, es como si se hubiera cargado a este tío de un balazo, lo hubiera enterrado y acabara de descubrir que se resucitó a sí mismo y salió de la tumba excavando con sus propias manos.
Joder, ¿significa esto que va a estallar una guerra?
Sin embargo, Zeth se limita a coger su ropa y vestirse con el ceño ligeramente fruncido.
—Oye, Mal, ¿por qué no vas a ver si los chicos necesitan algo, eh? —pregunta el desconocido al chico que nos ha pillado follando. Mal parece un poco molesto, pero basta una mirada severa del recién llegado para que obedezca y se marche.
Ahora que está completamente vestido, Zeth parece haberse recompuesto un poco.
—Así que estás con los Widow Makers. En fin, supongo que tiene sentido —murmura. Parece… No tengo ni idea de lo que parece. No tengo ni idea de a qué se debe la expresión sombría que muestra su cara. Cade se rasca la punta de una bota contra el talón de la otra y asiente.
—Supongo que sí. Debes de estar muy confundido.
—Es una manera de decirlo.
La tensión entre estos dos se podría cortar con un cuchillo. Cade luce una expresión de disculpa, mientras que Zeth parece a punto de estallar.
—Después de que me apuñalaran, me trasladaron. Estuve en aislamiento durante el resto de mi condena.
—¡¿Estuviste en aislamiento cinco meses?!
—Sí, tío. Me presionaron de cojones. Y luego me presionaron más aún. Como no les di lo que querían, me dejaron pudrirme en ese agujero. Me dijeron que ya sabía dónde encontrarlos si cambiaba de opinión.
Ah, de la cárcel. De ahí conoce Zeth a este tipo. Y, por lo que deduzco de la conversación, Zeth pensaba que había muerto ahí dentro. Carraspeo para recordarle mi existencia. Cade levanta la vista y se sorprende al ver que sigo ahí, y parece que a Zeth le pasa lo mismo.
—Esto… Naomi, ¿por qué no vas a arreglarte para luego? Tengo que hablar con este tío.
Una conversación privada. En fin, por mi, bien.
Si Zeth cree que no debo escuchar lo que tienen que decirse, sea lo que sea, estoy dispuesta a hacerle caso.
Además, aunque el rubor ya ha desaparecido de mis mejillas, sigo siendo muy consciente de que nos acaban de pillar follando en el pasillo.
Necesito ducharme y, sobre todo, unos minutos para recuperar la dignidad.
Los dejo ahí y me marcho a toda prisa pasillo abajo.
Me paso todo el trayecto hasta mi habitación cuestionándome mi propio comportamiento.
¿En quién me he convertido? De repente, estoy totalmente dominada por las hormonas y por un nivel de estupidez que, si soy franca, roza la locura.
No reconozco a la persona en la que me estoy convirtiendo.
Dolorida, me desnudo para darme la segunda ducha del día.
Muevo el control de la temperatura hasta el extremo derecho y dejo que el agua caliente me abrase dos capas de piel.
Me desconcierta darme cuenta de que mi vergüenza sigue intacta.
Alguien empieza a aporrear la puerta poco después de que yo salga del baño, que ha quedado lleno de vaho.
—¡Hawthorne! ¡Señorita Hawthorne!
¿Hawthorne? Ah, sí. Esa soy yo: Naomi Hawthorne. La puerta se mueve con fuertes sacudidas; la van a echar abajo. ¿Qué narices está pasando ahí fuera? Me pongo a toda prisa un par de vaqueros y una camiseta limpia y abro, jadeando del esfuerzo de intentar vestirme estando mojada.
Al otro lado me espera un hombre bajo y rollizo, jadeante, y con una pistola en la mano. Ah, no. Ni hablar. No me van a matar de un balazo en el baño de un burdel de los Black Talons. Intento cerrar la puerta corriendo, pero el tipo pone el pie para impedírmelo.
—¡Señorita Hawthorne, por favor! —insiste, sin aliento—. Venga conmigo… necesitamos… su ayuda.
¿Mi ayuda? Mierda. En fin, supongo que Zeth tenía ganas de cargarse a ese tipo de una paliza. Deben de haberse enzarzado en cuanto me he ido. Suelto la puerta y paso junto al tipo bajito.
—Vale, ¿dónde está? Llévame.
Aunque a estas alturas ya debe de haber matado al tal Cade. No sé qué les hace pensar que yo voy a poder detenerlo. Qué ironía, tanto insistirme con que no podemos llamar la atención y ahora él…
Fuera, el sol matutino baña las piedras planas del patio, danzando en el aire.
De repente me paro en seco, tratando de comprender la imagen que tengo delante.
Las chicas a las que conocí anoche están reunidas en un círculo, abrazándose y llorando, y hay un hombre de rodillas haciéndole la reanimación cardiopulmonar a un cuerpo tirado en el suelo.
Una mujer. Lleva unas zapatillas blancas, unos vaqueros desvaídos y una camiseta roja.
No, no es roja. La camiseta es blanca, pero es que la tiene empapada de sangre.
El chico que está tratando de reanimarla se detiene, ahoga un grito y mira a su alrededor, como si no supiera qué hacer, como si no entendiera por qué la chica no despierta cuando le presiona el pecho.
Y entonces mi instinto toma las riendas.
Cruzo el patio corriendo, lo aparto de un empujón, sin prestar atención a los gritos ahogados de los mirones cuando se cae al suelo.
Me arrodillo y le levanto la camiseta a la chica.
Encuentro el origen de la sangre a primera vista: una herida de bala justo debajo del aro del sujetador.
La giro hacia mí para echarle un vistazo a la espalda.
¿Hay agujero de salida? No, no lo hay. Mierda.
Y le han disparado en el peor lugar posible.
Hoy en día, las balas están diseñadas para estallar dentro del cuerpo contra el que impactan, para romperse en pedazos y causar el máximo daño posible a los órganos internos.
Y los órganos internos que hay alrededor de esta herida son los más importantes: el corazón y los pulmones.
—Tenemos que llevarla dentro. Necesito una mesa.
—Levanto la vista y descubro una docena de rostros consternados observando todos mis movimientos.
En la periferia, veo a Michael, perdido entre el caos, mientras tres hombres, miembros de la banda de moteros que llegó anoche, se acercan a toda prisa para trasladar a la mujer dentro.
Todavía no he verificado si está viva. La cojo de la muñeca y busco el pulso mientras la llevan dentro.
Ahí está. Débil y taquicárdico, pero está, y entonces…
Mis peores pesadillas colisionan en un único y terrible instante.
Porque veo la pequeña marca de nacimiento en forma de estrella en el interior de la muñeca de la chica. Una marca de nacimiento que conozco como la palma de mi mano. Que aparece en casi todos mis recuerdos de infancia. Una marca que reconocería en cualquier parte.
No he mirado el rostro de la mujer, pero sé que es ella.
Es Alexis.