Sangre y rosas 1 57 Zeth
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57 Zeth

Cuatro años antes

Chino

—Esta comida sabe a mierda, tío.

—Ya… diría que el porcentaje de mierda que hay aquí metido es bastante alto en relación con el de la comida.

—Qué porcentaje ni qué hostias. Esto es todo mierda, tío. Ese pringue marrón tiene que ser mierda de perro. Ese pan es mierda de caballo. Y esas natillas son mierda de pájaro, tío, tal cual. He visto a los equipos de limpieza rascándola del tejado.

Empujo la suela de zapato de carne reestructurada de mi bandeja con el tenedor de plástico mientras la contemplo con recelo. Marco me observa y chasquea la lengua con desdén.

—Zee, tío, esta es la peor mierda del mundo. Esa es la marca patentada de mierda de Coloso. Se pasa el día en esa cocina plantando pinos. Por eso ninguno nos comemos el pastel de carne, cabrón.

La hora de comer en la cárcel es así todos los días.

Nos quejamos de la comida y luego nos la comemos de todos modos porque no tenemos más remedio, pero el día que toca pastel de carne es especialmente malo.

Coloso, la mole rusa a la que condenaron por matar a su mujer y a sus hijos, es el cocinero, y se divierte quemando todo lo que manda salir de la cocina. Su pastel de carne reseco es asqueroso.

En el comedor se oyen las conversaciones y los piques entre los internos, todos segregados en función de los estereotipos raciales adecuados.

Da igual que no tengas pinta de neonazi, de violador, de camello o de mafioso.

Dentro de estas paredes, tu linaje es tu credo.

El sistema se basa en el odio. Las bandas de negros odian a las de blancos.

Las bandas de italianos odian a las de mexicanos y a las de negros.

Las bandas de mexicanos odian a las de blancos, y las de blancos odian a todo el mundo, incluidas otras bandas de blancos cuando les tocan las narices.

A la deriva en mitad de este océano de odio, me siento en una mesa con Marco, que resulta ser negro, y con Leroy, que resulta ser mexicano.

Hay una silla vacía al lado de Leroy reservada para el cuarto miembro de nuestro grupo, Cade.

Cade es blanco como yo, pero ninguno de los dos es lo bastante «blanco» (es decir, malvado) para unirse al Klu.

Nos llaman las Naciones Unidas, un sobrenombre que hasta a los guardias les hace gracia.

Somos marginados. Comemos juntos, cagamos juntos, nos duchamos juntos y corremos por el patio juntos.

Los únicos momentos en los que no nos estamos guardando las espaldas es cuando estamos encerrados, cuando solo estamos nosotros y el otro tío con el que compartimos celda.

Aunque nuestros compañeros de celda saben que no les conviene enfrentarse a nosotros cuerpo a cuerpo.

—¿Dónde está nuestro hombre? —Leroy parte la comida con un lado del tenedor. Cuando lo único que te dan para partir la comida de Coloso es un tenedor de plástico, le acabas cogiendo el tranquillo.

Marco mastica con la boca abierta y el tenedor colgando de la mano.

—No sé. Pero está fuera. Hadley lo ha visto con el enfermero hace una hora.

Esto es nuevo. Una noticia que no tiene sentido.

—¿El enfermero? ¿Por qué?

—Lo han pillado contestándole mal a un guardia al salir de aislamiento. Lo iban a volver a meter, pero necesitaban la celda para Barteaux. Ese cabrón está loco, se ha vuelto a pinchar a sí mismo.

Normalmente, lo que te preocupa en la cárcel es que alguien te apuñale. Pero ese no es el caso de Barteaux.

—Es la tercera vez que lo hace.

—Ya lo sé, tío. —Leroy se ríe—. El tío cree que lo trasladarán a otra cárcel si la administración se traga que se la tienen jurada. Alguien tendría que decirle que deje de apuñalarse delante de las cámaras.

Marco deja de reírse y señala al fondo de la cantina.

—Eh, mira. Ahí está.

Y, por supuesto, ahí está Cade, caminando entre las mesas con una bandeja en la mano.

Es un tipo grande, casi tanto como yo. Tiene el pelo oscuro y está lleno de tatuajes.

Podríamos pasar por hermanos, pero no lo somos.

Lo metieron en la trena un solo año por un crimen del que no quiere hablar.

El primer día de su condena, le salvé de una paliza que le estaba dando el Klu y hemos sido amigos desde entonces.

Cuando Cade llega y deja caer la bandeja sobre la mesa, Leroy señala una hilera de puntos mal dados que va desde su sien hasta su pómulo.

—¿Qué te había dicho yo de la merca, idiota? Tienes que dejar de guardarte la mierda en tu celda, tío. A este paso van a escribir tu nombre en la puerta del puto aislamiento. No sales de ahí.

Cade es reincidente por contrabando, o «merca», como dice Leroy. De momento, ha acabado en aislamiento por marihuana, un puño americano y un móvil. A saber cómo coño consiguió meter todo eso. Cade frunce el ceño y aparta la mano de Leroy.

—Que te den, tío.

Le paso un paquete de cigarrillos y enarco una ceja.

—¿Qué ha sido esta vez?

Cade abre el paquete, coge tres y se los mete en el bolsillo del mono para luego.

—Imágenes lascivas y explícitas de naturaleza sexual —recita mientras se lleva el tenedor a la boca.

Marco estalla en carcajadas.

—¿Porno? ¿Te han metido en el agujero una semana por mirar coños?

Cade se encoge de hombros y traga.

—A mí me joden por cualquier cosa, ya lo sabes.

—Sí, tío, lo sabemos. ¿Todavía te la tienen jurada?

Cade mira a su alrededor con recelo, observando las mesas con los ojos entornados, y luego exhala con fuerza.

Desde que está aquí, ha sido el objetivo de los ataques de los arios, los mexicanos y los funcionarios de prisiones, aunque nadie aclara por qué.

Y Cade menos que nadie. La administración de la cárcel quiere que cante, no se sabe qué, y las bandas tienen miedo de que lo haga.

Pero de momento ni siquiera a nosotros nos ha contado por qué su vida corre peligro a diario.

—Esta vez me han ofrecido que entre en el programa de protección de testigos.

Leroy le da un golpe en el brazo.

—Joder, tío. Sabes que te dan un sueldo de por vida si entras en protección de testigos, ¿no? Dinero gratis. ¡No tendrás que hacer nada el resto de tu vida!

—Aparte de guardarte las espaldas —añado.

Cade asiente. Yo lo entiendo. Los demás son criminales de medio pelo.

Leroy entró a la fuerza en una ferretería y robó una taladradora, un crimen que lo habría mandado a Lompoc en lugar de a una cárcel de máxima seguridad si el muy gilipollas no le hubiera pegado al guardia de seguridad que lo pilló una paliza que casi lo mata.

Y con Marco, la misma historia. Era un camello de poca monta que vendía en la calle y al que probablemente no le habrían caído más de doce meses en mínima seguridad si no hubiera agredido al policía que lo pilló cuando trataba de escapar.

Estos tíos no tienen ni idea de lo que implica currar en el crimen organizado, pero yo sí.

Y Cade también. No hace falta que me diga que está metido hasta el cuello en algún lío.

El programa de protección de testigos no es ni por asomo tan seguro como dicen la poli y los políticos.

Siempre se encuentra una manera. Alguien a quien amenazar, un ordenador que hackear…

Y entonces estás muerto. Seguimos comiendo y dejamos de hablar del tema.

Al final, no sirve de mucho preocuparse por el funcionamiento del programa de protección de testigos.

Cade no llega a formar parte de él. Ni siquiera llega a salir de Chino.

Tres semanas después, durante uno de los escasos momentos en los que no hay asamblea de las Naciones Unidas, un ario llamado Spider apuñala a mi amigo tres veces por la espalda.

Riñones, hígado y pulmones. Un golpe profesional.

Los guardias transportan su cuerpo flácido por el pasillo central, que pasa por delante de mi celda, mientras yo hago flexiones, dejando un río de sangre tras de sí. No se le vuelve a ver el pelo.

La versión oficial es que Cade Preston no sobrevivió a las heridas.