Sangre y rosas 1 56 Zeth #2
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56 Zeth #2

Empujo las caderas hacia ella y casi exploto al instante, porque Sloane arquea la espalda como un gatito y se echa hacia atrás.

—Joder, Sloane.

—Fóllame —me pide—. Fóllame ya, por favor, por favor…

Sus súplicas jadeantes son como música para mis oídos.

Ya está empapada, lo noto a través de sus bragas, que me están mojando ya la polla…

así que actúo con brusquedad. No me queda otro remedio; no soy capaz de contenerme más.

Agarro las bragas y se las arranco; no me arrepiento lo más mínimo de haberlas roto.

Ya le compraré otras. Le compraré ropa interior de encaje negro por el valor de miles de dólares a cambio de estas, y será el mejor negocio que habré hecho en la vida.

Sloane grita. Me doy cuenta de que trata de contenerse, pero le está costando mucho conseguirlo. Me hincho como un puto pavo al verlo.

Me agarro la polla y la aprieto. Se me tensan los músculos ante la presión; una oleada ardiente de adrenalina se extiende por mi cuerpo.

Sin embargo, no me hundo en ella de inmediato.

Deslizo los dedos por su coño empapado y le froto el clítoris mientras me acaricio la polla.

La respiración de Sloane se acelera más y más con cada caricia y golpeteo de mis dedos, y se sorprende cuando deslizo la mano hacia atrás y uso su humedad pegajosa para tocarle el culo.

Más que sorprenderse, da un brinco con el que casi acaba en el techo.

—Confía en mí, Sloane. —Pedirle que confíe en mí tan descaradamente tiene sus riesgos. Pero no pienso traicionar su confianza. No ahora, ni en esto.

—Eh…

—Confía en mí —insisto. Restriego la polla contra su coño, frotándola en el punto justo, mientras que con los dedos acaricio y juego con su ano al mismo tiempo.

Tal vez jamás se habría imaginado que reaccionaría de este modo, pero poco después está echándose hacia atrás otra vez, restregándose contra mí.

Lo está disfrutando; se ofrece a mí y me permite aplicar más presión cada vez que mece las caderas.

Me aventuro un poco más y la penetro un poco con el dedo. Ella grita; todo su cuerpo tiembla con violencia contra mí.

—¿Te gusta? —No lo digo por decir, necesito saberlo. Porque si tengo la impresión, aunque solo sea un segundo, de que no lo está disfrutando, pararé de inmediato.

—Sí. Sí, sí… —Habla como aturdida, como si estuviera borracha. Pero no lo está: está sobria y se restriega contra mí como pidiendo más.

Ya he esperado suficiente. Me agarro la polla y la penetro con tanta fuerza que se me tensan las pelotas.

Quiero ser brusco con ella. Quiero dejarle marcas, que las puntas de mis dedos pinten de moratones todo su cuerpo…

pero no lo hago. Le agarro el pelo y me lo enrollo en el puño para tirar de él y echar su cabeza hacia atrás.

Con ese gesto, el cuerpo se le arquea de nuevo, lo justo para que yo pueda inclinarme y morderle el hombro.

Ahoga un grito de dolor.

—¡Ah, joder!

Tiro de su cabeza para verle el rostro y ahí lo tengo: no estoy cruzando ningún límite.

Todo lo contrario. Sloane tiene los ojos en blanco y los labios hinchados, enrojecidos y entreabiertos, y jadea mi nombre una y otra vez, con cada una de mis acometidas.

Está tan estrecha que se aferra a mí desde dentro como un guante.

Me arriesgo a aumentar un poco más la presión que ejercen mis dedos que juegan con su ano y suspira, frotándose contra mí.

—Dios mío, Zeth. Sí… Por favor, por favor…

Sí… Lo que me imaginaba. Me ha dado luz verde. Pero no soy un cabrón. Se lo he demostrado. Le he demostrado que esto le gusta.

—Por favor…

Joder. En fin, no soy un cabrón, pero tampoco soy un santo.

Se la meto lo más hondo que puedo y deslizo el dedo en su interior al mismo tiempo, despacio, para poder parar en cuanto ella quiera.

Le tiemblan las piernas, y me doy cuenta de que cuesta un poco, pero no me pide que pare.

Sus jadeos y gimoteos son de placer y no de dolor.

Noto mi polla a través de las paredes de su coño, y es… Es…

Sigo follándomela, sigo follándomela con todas mis fuerzas, observando sus reacciones y actuando en consecuencia.

Cuando veo que flaquea, cuando veo que el placer empieza a convertirse en dolor, dejo de jugar con su culo y la agarro de las caderas con las dos manos.

Ahora que tengo más agarre, puedo embestirla aún más fuerte que antes. La sangre me ruge en las venas.

Sé cuándo está a punto de correrse porque empieza a temblar, se le tensan los músculos y le cuesta mantenerse en pie.

Y yo no tengo ninguna esperanza: no puedo contenerme más.

Nos corremos a la vez, y ninguno de los dos lo hace en silencio.

Entro y salgo de ella despacio mientras recupero el aliento.

Debo de ser un puto cerdo, pero me resulta perversamente placentero extenderle mi semen por los pliegues pegajosos de su coño y por el ano.

—¡Bravo! ¡Bravo!

Sloane se aparta de mi polla con tanta brusquedad como si nos hubieran tirado encima un cubo de agua helada.

En el pasillo, apoyado en la pared que está enfrente de nuestro rincón, hay un tío con una camiseta negra y rasgada y unos vaqueros negros rotos que aplaude con una sonrisa de oreja a oreja.

No lo conozco. Es joven, tendrá poco más de veinte años. Y es un Widow Maker.

—Menudo espectáculo —dice sin dejar de aplaudir—. Y yo que pensaba que la diversión no empezaba hasta esta noche… Qué equivocado estaba.

Sloane intenta coger su ropa a toda prisa mientras maldice entre dientes. Su miedo no me divierte tanto como cuando la pillaron en el baño, la verdad. Me cabrea. Me doy la vuelta y me coloco delante de ella para taparla.

—Suele ser de buena educación anunciar tu presencia, capullo —le espeto contrariado. Me importa una mierda estar desnudo. Me importa una mierda que Jacob se vaya a enfadar. Si la próxima palabra de este tío no es «perdona», le voy a partir la cara.

Por suerte para él, lo es.

—Perdona, tío. Fallo mío. —Ha dejado de reírse.

Levanta las manos; parece preocupado por mi reacción, como debe ser.

Ha debido de pensar que me iba a avergonzar, pero vivir en la cárcel te arrebata ese tipo de cosas.

La modestia, el pudor, todo—. No quería pillaros así, pero, joder, tío… Estabais follando en un pasillo.

No le falta razón. Aun así, creo que debería partirle la cara. Ya me estoy crujiendo los nudillos cuando Sloane me agarra del brazo.

—No pasa nada —dice—. Tiene razón.

Aparece por detrás de mí, ya completamente vestida, aunque con un aspecto bastante desaliñado. A pesar del rubor de sus mejillas, mira al chaval a los ojos. Se queda pálido cuando la ve bien.

—¡Hostia puta! ¿Pero qué…? —Parece que haya visto un fantasma.

—Mal, ¿qué coño…? —Una voz irritada se oye por detrás de donde estamos: otro Widow Maker dobla la esquina.

Botas negras, vaqueros negros, camiseta negra y una chupa de cuero con un parche en el que se lee «VP».

El tipo se para en seco al verme, y esta vez soy yo quien parece haber visto un fantasma. Porque es un fantasma.

Es el puto Cade Preston.

Él me mira de hito en hito, igual de impactado que yo, y dice:

—¿Zee? —Y, con el ceño fruncido, añade—: ¿Qué haces desnudo?

No se me ocurre qué más decir, así que contesto lo primero que se me viene a la cabeza.

—Eso da igual. ¿Por qué coño no estás muerto?