56 Zeth
Yo tenía razón. Los ocupantes de la villa siguen dormidos.
Cuando llego a la zona del comedor, que está al lado de la cocina, compruebo que las únicas que están despiertas son las sirvientas de Jacob, que están preparando el desayuno para los invitados y los aperitivos para el pequeño espectáculo de esta noche.
Cojo dos tazas de café, un plato de fruta cortada y unos bagels tostados y preparo la mesa en una esquina de la habitación mientras espero a que baje Sloane.
No tarda mucho en arreglarse. Otra de las cosas que me gustan de ella.
La última tía a la que tuve que esperar se pasaba más de una hora arreglándose el puto pelo y maquillándose.
Sloane solo tarda quince minutos en venir a mi encuentro.
Si lleva maquillaje, es muy poco, un toque de máscara de pestañas y de brillo de labios.
Lleva el pelo mojado; tiene pinta de que se lo ha secado un poco con la toalla, pero las puntas húmedas le han dejado manchas oscuras sobre las tetas, donde el agua ha mojado la tela.
Se le transparenta. Joder, me pone a cien.
—¡Oooh, café! —Cuando da el primer trago, gime y cierra los ojos.
Me pregunto si sabrá lo pornográfico que es eso.
No me la imagino viendo mucho porno, pero quién sabe.
Con ella he estado equivocado en muchas cosas.
En cualquier caso, la situación dentro de mis pantalones empeora, porque se me pone la polla dura otra vez. Joder, esta mañana voy como una moto.
—Bueno, entonces, ¿qué? —pregunta—. ¿Cómo va a ser lo de esta noche?
—Bueno. —Me muevo en mi asiento. Cojo el salero y lo vuelvo a dejar sobre la mesa—. Habrá mucha gente. Encontraremos a Alexis y saldremos de aquí cagando leches mientras todavía podamos. Dejaremos aquí tu coche y nos iremos en el mío.
Ella niega con la cabeza.
—Es el coche de mi padre. Si no se lo devuelvo, me mata.
Estamos rodeados de sociópatas desquiciados y a Sloane le preocupa la carraca de su padre. Estupendo.
—Si ese coche pasa de los cien, te doy mil dólares —le digo.
—Ah, qué va, no puede.
—Ya. Además, tiene revestimientos de madera.
—¿Y qué significa eso?
—Significa que no pienso conducir un coche con putos revestimientos de madera, eso es lo que significa.
Se encoge de hombros y se limita a dar un trago de café con una sonrisa.
—En fin, supongo que mi padre se tendrá que contentar con recuperar a su hija en lugar del coche, ¿no?
—Cuando la veo tan ilusionada, el estómago me da un vuelco.
Ni siquiera ha visto a Alexis todavía, pero tiene una confianza ciega en que esta noche saldrá de aquí con su hermana. Yo, en cambio, albergo mis dudas.
—Si Jacob nos ve, las cosas se pondrán feas enseguida. Tenemos que ser discretos. Intentar ser invisibles.
Esa idea parece divertirle.
—Es gracioso que eso te parezca posible. Estando tú aquí. No escuchaste a esas chicas anoche. Están desesperadas por verte. —Su voz se tiñe de amargura, lo que delata cómo le hace sentir eso.
—¿Por eso me preguntaste anoche si estaba infestado de enfermedades? —De lo de anoche es de lo último de lo que me apetece hablar, pero es demasiado tentador—. ¿Estabas celosa, Sloane? ¿Eh?
Ella se remueve en su asiento, incómoda, y se sonroja.
—¡No estaba celosa! ¡Estaba preocupada por mi salud!
Qué mentirosa. En fin. La dejaré fingir, si eso es lo que quiere.
—Bueno, como te dije ayer, yo no pago por sexo.
—¿Y qué pasa con Alaska? ¿No cuenta porque es la amante de Jacob?
—¿Alaska? Alaska no cuenta porque es una zorra desquiciada. Ya no sé ni cuántas veces he rechazado a esa tía. —Sloane se acerca la taza de café a la cara, pero veo cómo se le arrugan las comisuras de los ojos. Está sonriendo—. ¿Por qué? ¿Te dijo que había follado conmigo?
—Oh, lo dio a entender, eso seguro. Algunas de las chicas estaban especulando sobre… Bueno… —Baja la vista y centra la mirada justo a través del mantel, directa a mi entrepierna.
—¿Mi polla? ¿Estaban hablando de mi polla? —Uf, esto se está poniendo cada vez más interesante. Sloane tiene la cara como un tomate.
—Alaska dijo que era grande, pero que las había visto más grandes.
—Nunca me he follado a Alaska, aunque sí que es probable que me haya visto la polla. Y no dudo de que las hayas visto más grandes. Alaska solía trabajar en la industria del porno, y los tipos que se dedican a ello suelen estar muy por encima de la media.
—Bueno, en ese caso estoy segura de que tú también podrías trabajar en la industria del porno. —Empieza a atragantarse con el café en cuanto esa frase se le escapa de la boca. Ah, pobre. No pretendía decir eso en voz alta. Me esfuerzo por contener una sonrisa.
—Sloane Romera…, ¿eso ha sido un halago para mi polla? —Se le escapa un silbido mientras trata de respirar, pero no puedo evitar meterme con ella. Me lo pone muy fácil—. Debo decir que casi me siento halagado.
—Quería decir que… Bah, olvídalo. Sí, era un halago. La tienes enorme. ¿Contento? ¿Te sientes validado como hombre?
No se le está dando mal fingir que no le importa, pero se está muriendo de vergüenza.
—Ya me sentía validado como hombre, Sloane. Me siento como un hombre cada vez que te hago gritar. No, mejor dicho: me siento como un puto rey cada vez que te hago gritar.
Deja de toser y de recolocar cosas sobre la mesa y me mira. Y esa mirada es la gota que colma el vaso. Uno tiene sus límites, y el mío es que ella me mire así.
—Levántate, Sloane.
—¿Qué?
—Que te levantes. Ven conmigo. —Me pongo de pie y le tiendo la mano, abandonando el café y el desayuno, que todavía no he tocado. Ella vacila unos instantes antes de aceptarla.
—¿Adónde vamos?
Llegamos hasta el pasillo, y es entonces cuando renuncio a mi plan original. No vamos a llegar a la habitación. Me meto en la primera esquina que encuentro y la presiono contra la pared, estampando mi cuerpo contra el suyo.
—¡Zeth!
—Sí, justo así. Oír mi nombre de tus labios, eso es lo que me hace sentir como un hombre —gruño.
Mientras le beso el cuello, la mandíbula y las clavículas, su pelo mojado me roza la cara.
Sabe a fresco, y a limpio, y a ella, un sabor único.
La polla me palpita en los pantalones con una fuerza demencial.
Joder, tengo que hacerla mía. No puedo esperar ni un minuto más.
Le quito la camiseta y entierro de inmediato la cara en su escote.
Son las mejores tetas del mundo. La estampo contra la pared con la parte inferior de mi cuerpo, rodeándome la cintura con sus piernas, y en esa postura le agarro esas tetas preciosas y las aprieto.
Sloane ahoga un grito y echa la cabeza hacia atrás para exponer aún más su cuello.
Me faltan manos, joder. Quiero tocarla y acariciarla por todas partes.
—Maldita sea… —Resoplo contra su piel mientras froto la polla contra ella.
La sensación es increíble; quiero empujarla con más fuerza, quiero hundirme tan hondo dentro de ella que la haga gritar.
Ya no me preocupa despertar al resto de la villa.
Quiero hacerla gritar tan fuerte como para despertar hasta a los muertos.
Es una mujer increíble. Le cojo las dos tetas y las junto para que los pezones rosas y erectos queden ante mí, rogándome que juegue con ellos.
Mientras los lamo, ella suelta gemidos contenidos.
Chupo primero uno y luego otro, y después muerdo con la fuerza justa para hacerla sisear.
Inclina la cabeza hacia delante y el gesto hace aflorar un recuerdo: la última vez que me la follé así, me besó.
Recuerdo cómo se acercó a mí y estampó los labios contra los míos y enterró las manos en mi pelo.
Recuerdo que me prendió fuego por dentro.
Me da la sensación de que ella también está pensando en ese beso, porque besarla ahora sería lo más natural del mundo.
Sería fácil. De repente, el corazón me martillea contra el pecho, y cada latido corea «no, no, no».
No puedo. Reculo y dejo que baje las piernas, que sus pies toquen el suelo.
—¿Va…?
Le desabrocho los pantalones antes de que tenga tiempo de terminar la pregunta.
Sé que iba a preguntarme si va todo bien, y no quiero oírlo.
No quiero saber nada de lo que está bien ni de lo que está mal.
Porque esta situación, este vínculo entre ella y yo, no encaja en ninguna de esas dos categorías.
Le bajo los pantalones de golpe y se me escapa una sonrisilla al ver que tiene que sujetarse en mis hombros para no perder el equilibrio. No la estoy tratando con ternura. Se los arranco del cuerpo, arrastrando de paso las delicadas bailarinas de cuero que lleva en los pies.
Ahora la tengo en bragas. Abre y cierra las manos todo el tiempo, tratando de decidir si quiere cubrirse el pecho o no. Está hecha de curvas y de líneas suaves; es esbelta pero femenina, tímida pero completamente ajena a la energía sexual que exuda por todos los poros de su piel.
Tengo que follarme a esta chica.
Tengo que follármela ahora mismo.
—Date la vuelta, Sloane.
Me mira con recelo, pero el pecho le sube y le baja con violencia. Está tan excitada como yo. Ahora mismo hará cualquier cosa que yo le pida, y pensar eso es como echarle gasolina al fuego. Se separa un poco de la pared para darse la vuelta despacio, no sin mirarme una última vez con vacilación.
Cuando veo sus nalgas bajo esas bragas de encaje negro que lleva puestas, llego a un punto de no retorno.
Tres segundos después ya me he quitado toda la ropa.
Acaricio su espalda suave y tonificada y luego la agarro del culo, lo que me impulsa a coger aire de golpe.
No puedo esperar más. No veo la hora de metérsela.
Necesito un control considerable para empujar con suavidad a Sloane hacia delante, de modo que ella pueda agarrarse de la pared.
Perfecto. Esto es justo lo que yo quería: Sloane con las manos apoyadas en la pared y doblada hacia delante, ofreciéndome su culo.
Es lo más bonito que he visto en la vida.
Tiembla de deseo, y antes no he dicho ninguna mentira.
Cuando veo el efecto que tengo en ella, me siento como el puto rey del mundo.
Deslizo las manos por sus costados y me inclino sobre ella para tocarle las tetas, que cuelgan hacia abajo, grandes y pesadas, maravillosas.
Me siento como un niño en un parque de atracciones; su cuerpo es mi montaña rusa particular.