Sangre y rosas 1 54 Sloane
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54 Sloane

Zeth duerme en el suelo, al otro lado de la habitación, lo más lejos posible de mí.

Sé que está dormido por la lentitud de su respiración profunda y regular.

Yo, en cambio, no he logrado pegar ojo. La noche no ha ido como yo esperaba.

He visto un lado de Zeth que me ha aterrorizado.

Y, por otra parte, me ha hecho sentirme como una capulla por haberle echado la culpa del tiempo que Alexis ha pasado aquí, en el complejo de los Black Talons.

Para ser sincera, no me había dado cuenta de que lo estaba culpando a él.

No hasta que he pasado un rato con esas chicas.

Una vez superado el momento incómodo inicial, han sido amables y parecían felices, pero no había imaginado una vida así para Alexis.

Ella quería estudiar psicología. Quería crear arte hermoso para la gente.

Y, en cambio, probablemente ha estado bebiendo hasta perder el sentido solo para olvidar lo que le ocurre a su cuerpo después de hacerlo.

Dios, ¿por qué he pensado eso? La sola idea me pone enferma.

Necesito un café. Necesito a Pip. Necesito la pequeña burbuja de seguridad que he construido para mí misma en Seattle, pero esa burbuja ya no existe.

Ha reventado para siempre, y si vuelvo a ella, lo más probable es que termine muerta.

No tengo ni idea de cuándo podré volver a casa. Ni de si podré volver.

Saco el móvil de debajo de la almohada. Necesito hacer una cosa. Entro en la aplicación de mensajes y empiezo a escribir.

Yo:

¿Estás despierta? Necesito una valoración psiquiátrica.

Al cabo de unos instantes recibo su respuesta.

Pippa:

Como si yo pudiera estar dormida a las dos de la mañana. ¿Qué pasa? ¿Las vacaciones no son tan relajantes como imaginabas? Reserva un masaje con un tío que esté muy bueno. Eso lo arregla todo.

Odio haberle mentido a Pippa sobre el motivo de mi repentina desaparición, pero le daría un ataque si supiera dónde estoy en realidad. Y con quién. Y lo que tengo pensado hacer. En resumen, todo. Toda la situación haría que le estallara la cabeza.

Yo:

¡Un masaje! ¡Sí! Lo tengo pensado, sí. Pero eso de relajarme…

Pippa:

Ya, ya. Sé por qué no puedes dormir. Y tú sabes que no me parece bien.

Yo:

No puedo evitarlo.

Pippa:

Búscate a otro que te distraiga. Coquetea con algún surfista hawaiano.

Yo:

¿Y si no quiero estar con un surfista hawaiano?

No logro escribir lo siguiente. No soy capaz de reconocérmelo a mí misma. ¿Y si solo quiero estar con él?

Pippa:

Entonces estamos todos perdidos.

Pippa:

Mira, no te preocupes. Al final, por mucho que no me guste, te apoyaré hagas lo que hagas. Pero no te merece, Sloane. No es bueno para ti. Ya está. No te lo volveré a decir. Intenta dormir un poco, ¿vale?

Me paso la siguiente media hora aferrada al móvil, preguntándome si tiene razón.

¿Estoy perdida si sigo por este camino? Él mismo me lo ha dicho.

No hay nada en él que se pueda reparar. Y si no me hubiera contado lo de Eli y lo que tenía planeado para mí, ¿me sentiría así ahora mismo?

¿Querría salir de esta cama y acurrucarme en el suelo a su lado?

Dios, ¿por qué no soy capaz de ser sincera conmigo misma?

Sí, también lo querría. También me sentiría así.

Ya hace algún tiempo que quiero estar así con él.

Y ahora que las cosas están un poco más claras…

¡Ja! Lo ridículo de ese pensamiento me pilla desprevenida. Sí. Claras como el barro.

Me hago un ovillo, abrazándome las rodillas y presionándomelas contra el pecho.

Necesito dormir. Pippa tiene razón en eso.

Cierro los ojos e intento obligarme a quedarme dormida, pero no lo consigo…

Sobre todo porque la cama empieza a temblar.

El ruido empieza siendo un suave rumor en el desierto, pero crece rápido; se intensifica, tornándose más resonante, más ensordecedor. ¿Serán truenos?

—¡Abrid la puerta!

—¡Muévete, idiota! ¡Están aquí!

Fuera se oye el eco de los gritos en la noche. Salgo de la cama, miro entre las lamas de la persiana y veo que el cristal está temblando en el marco, distorsionándome las vistas.

Pero veo lo suficiente.

Motos.

Decenas de motos cruzan la puerta abierta y entran en el complejo, tantas, que pierdo la cuenta. Las brillantes máquinas negras gruñen como animales enfervorecidos, y el patio se llena de carcajadas estruendosas. Santo Dios. El pulso me palpita como un tambor bajo la piel.

—Rebel. Esos son sus hombres. —El timbre de la voz de Zeth es tan grave y amenazador como los motores de las motos. Me observa desde su cama improvisada en el suelo, con el pecho bañado por la luz blanca de los faros de las luces que penetra a través de la ventana.

—¿Quién es Rebel?

Zeth cierra los ojos.

—Alguien de la peor calaña. Alguien a quien no quieres conocer.