Sangre y rosas 1 53 Zeth
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53 Zeth

No me he buscado otra habitación donde dormir.

Debería haberlo hecho, lo sé, pero no lo he hecho.

Cuando vuelve de su fiesta de pijamas con las chicas de Jacob, la estoy esperando en el cuarto.

Pone los ojos como platos al verme sentado a la mesita que hay junto a la ventana, limpiando la Desert Eagle.

—¿Qué haces aquí? —pregunta. Lleva uno de los maquillajes más exagerados que le he visto nunca. Se ha hecho esa cosa ahumada en los ojos que hace que destaquen una barbaridad.

—Pues lo mismo que has estado haciendo tú, diría yo. Prepararme para mañana por la noche.

—¿Vas a llevar la pistola?

—Pues claro, joder. Y todo lo que pueda llevar que me sirva para matar a un hombre.

—Oh, vaya, pues más vale que Jacob vigile bien la cubertería.

—A la cubertería no le va a pasar nada. Si la cosa se pone muy fea, utilizaré las manos.

Una sombra de preocupación transforma la expresión de Sloane.

—¿Crees que la cosa se va a poner muy fea?

—No. Es posible. —Encajo el mecanismo del arma con un golpe seco—.

Más vale prevenir que curar. ¿Has visto a tu hermana?

—Es una pregunta peligrosa. Mirándola, no soy capaz de adivinar lo que ha pasado en la otra casa.

Daría por sentado que, si hubiera ido mal, ahora estaría hecha un mar de lágrimas, pero con Sloane nunca se sabe.

Es mucho más compleja que otras mujeres.

Mucho más inteligente. Y mucho más difícil de entender.

Sloane se acerca a la mesa y se sienta frente a mí. La sigue una nube de perfume tan empalagosa que me lloran los ojos, aunque no me sorprende. Las chicas de Jacob son excesivas con todo. El maquillaje, el bronceado, las tetas… Para ellas, más es más.

—No estaba —me informa Sloane—. Volverá mañana por la tarde, a tiempo para la fiesta.

—Oh. —No es lo ideal, pero tampoco es terrible. Nuestro plan aún puede funcionar. Sin embargo, Sloane parece preocupada—. ¿Qué pasa?

Se acaricia el labio inferior con el pulgar, mirándome a los ojos. Estoy a punto de decirle que me está haciendo sentir la hostia de incómodo cuando me doy cuenta de que ninguna chica me había hecho sentir nunca la hostia de incómodo. Pero antes muerto que reconocer algo así ante ella.

—He estado pensando una cosa. Y no quiero que te enfades.

Vaya, menuda manera más prometedora de empezar una conversación. Me echo hacia atrás y dejo la pistola sobre la mesa. Ella la mira y respira hondo.

—Quiero saber si estás limpio.

—¿Que si estoy…? ¿Que si estoy limpio?

—Sí. —Se mueve en su asiento, incómoda—. Ya sabes… Hemos tenido relaciones sexuales sin protección y quiero estar segura de que no me has contagiado alguna enfermedad asquerosa y potencialmente mortal. Te has acostado con todas estas mujeres…

—Eh, eh, ¿qué coño dices? —Estoy repitiéndome las últimas palabras que ha dicho e intentando asimilarlas—. ¿Con qué mujeres me he acostado?

Aprieta los dientes y veo cómo se le tensan los músculos de la mandíbula. La he cabreado, pero ¿y qué? Ella también me ha cabreado a mí. Tiene fuego en la mirada cuando replica:

—Pensaba que siempre eras sincero conmigo. No puedes decirme que no te hayas acostado nunca con trabajadoras sexuales.

—Me he acostado con muchas mujeres, Sloane, pero nunca he pagado por sexo.

—Ella resopla, lo que me indica que no me cree—.

No tengo nada en contra de hacerlo, Sloane.

Es una profesión honesta, joder. Pero pagar por sexo no es algo que me atraiga.

En absoluto. Todas las personas con las que me he acostado lo han hecho porque han querido. Tú incluida.

Me estoy calentando, pero Sloane también. Se le han teñido las mejillas de rosa brillante.

—Ah, ¿sí? Entonces, ¿perdí la virginidad en una habitación de hotel, a oscuras, con un completo desconocido porque yo quise?

—Tú… —Me muerdo la lengua para no decir lo que quiero decir.

¡Mierda! Esa puta noche… Nos va a perseguir el resto de nuestra vida—.

Pujé por ti para librarte de alguien que te habría dejado jodida de verdad.

Y Eli me dijo que tenías experiencia. Me dijo que te gustaban ese tipo de perversiones.

Pensaba que te estaba haciendo un favor, Sloane.

Odio haberte quitado la puta virginidad, créeme.

Eso sí que lo siento. Pero no te forcé ni tampoco te pagué.

—No. Pero se suponía que iba a pagarme Eli, ¿no? Se suponía que me iba a decir dónde estaba mi hermana. Ese era el pago, pero tú lo mataste antes de que pudiera hacerlo. Así que tienes razón, supongo. No fui compensada por sangrar por ti.

Se levanta de la mesa, temblando de ira, pero yo la sigo y la cojo del brazo.

Se da la vuelta y me propina una bofetada.

Y esta sí se la permito. Me la merezco. Probablemente me merezca cosas peores de su parte.

Recibo el dolor con los brazos abiertos y espero.

¿Aún me tiene ganas? No lo parece. Se limita a quedarse ahí plantada, temblando.

—Habría encontrado a Alexis mucho antes si tú no hubieras intervenido, Zeth —me espeta.

—¿Qué…? Espera… ¿Me culpas a mí de que ella haya estado aquí atrapada todo este tiempo? No la habrías encontrado, Sloane. Eli no tenía ninguna información que darte.

—¡Y una mierda! Fui a su despacho. Lo encontré allí sentado, muerto, con un maldito abrecartas clavado en el pecho. ¡Encontré la carpeta que tenía con información de Alexis! La tenía ahí, en el armario archivador. Pero tú te habías llevado todo lo que contenía, ¿no? ¿Por qué? ¿Por qué lo hiciste?

Estoy haciendo un esfuerzo, pero ella no me lo está poniendo fácil. En Chino nos enseñaban técnicas para controlar la ira, pero yo siempre estuve demasiado cabreado para prestar atención. A la mierda. ¿Quiere que saquemos este tema? Pues adelante.

—En esa carpeta no había ni una sola cosa sobre Alexis, Sloane.

Era todo sobre ti. Eli guardaba ahí toda tu información personal.

Tenía fotos tuyas en tu trabajo, en tu coche…

¡En tu casa! —Espero, dejando la verdad suspendida en el aire unos segundos, para que le dé tiempo a comprender lo que significa.

—¿De mí? ¿Qué quieres decir con que tenía fotos de mí en mi casa?

—Me refiero a fotos de ti en la ducha, en la cama, paseándote desnuda… Tenía archivos de vídeo tuyos en los que te estabas tocando, Sloane, joder.

—¿Qué?

—Fui a su despacho para llevarme todo lo que tenía sobre Alexis, pero él se limitó a reírse.

Me dijo que te había engañado. Que había oído rumores de que los moteros se habían llevado a una chica con el pelo oscuro, y que ahora trabajaba para ellos, pero nada más.

Y ni siquiera te iba a decir eso. Te iba a contar alguna milonga que no te iba a llevar a ningún sitio, y habrías tenido que acudir a él de nuevo para tener más información.

¿Y adivina qué? Te habrías tenido que follar a tres tíos más para conseguir esa información falsa.

Y así habría seguido. Una y otra vez. Y luego vi las carpetas que tenía sobre otras chicas. ¿Te molestaste en mirarlas?

—¡Sí! Yo… —Pero se calla. Su furia se ha esfumado.

Mira al suelo, con las puntas de las pestañas llenas de lágrimas temblorosas, mientras su cerebro trabaja a toda velocidad—.

Las vi. Hojeé unas cuantas. Eran todas… —Traga saliva—.

Eran todas normales. Casos corrientes. Adúlteras, fianzas incumplidas…

Ahora me toca a mí negar con la cabeza.

—No, no viste las carpetas. Porque también me las llevé.

Me las llevé todas. Le estaba haciendo lo mismo a al menos doce mujeres más.

Tiraba de los hilos, las manejaba como a marionetas.

Destruí las fotos, los discos, las memorias USB, todo.

Y tienes razón: maté a Eli. Lo maté porque él me apuñaló primero.

Aquí. ¿Quieres ver las putas pruebas? —Me quito la camiseta y me doy la vuelta para que vea la cicatriz de cinco centímetros que tengo en un costado, donde Eli me clavó el puto abrecartas.

¿Qué clase de detective privado no tiene una navaja decente? O una pistola, ahora que lo pienso.

—Zeth… —Me acerca los dedos temblorosos a la cicatriz, pero no la toca. Vaya, no, esto no es lo que quiere oír. Aparta la mano y niega con la cabeza—. Esas cicatrices ya las tenías antes. Las toqué en el hotel.

—Tenía estas. —Señalo las tres marcas toscas que tengo en el torso, tres de mis muchos recuerdos de Chino—. Pero esta es de después de nuestro encuentro en ese hotel.

—Dios mío… —Retrocede, como si la verdad no pudiera encontrarla al otro lado de la puta habitación. Cuando llega a la cama, se sienta en el colchón y niega con la cabeza—. No tenía ni idea. —Se tapa la boca con la mano y respira ruidosamente por entre los dedos.

—Y para responder a tu pregunta anterior, Sloane, sí que estoy limpio.

Eres la única persona con la que me he acostado sin protección.

Di por hecho que sería seguro teniendo en cuenta que soy el único tío con el que has estado.

Pero, en fin. Supongo que necesitaba una buena acusación sobre enfermedades de transmisión sexual para ponerle la guinda a este día de mierda. Así que, ¿sabes qué? Que te follen.

Si pudiera, me largaría y arrancaría la puta puerta de las bisagras por el camino.

Pero estos días ya lo he hecho demasiadas veces, y no podemos permitirnos seguir gritándonos en este sitio.

A Jacob ya no le queda mucha paciencia. Estará encantado de matarme si seguimos perturbando la paz.

Así que, en su lugar, le doy la espalda, me presiono los ojos con las palmas de las manos y respiro hondo.

Sería muy poco inteligente entrar en una guerra con ella, pero, joder, estoy armado y dispuesto. Ella…

Apoya las manos en mi espalda con suavidad. No la había oído acercarse.

—¿Por qué hiciste todo eso? —pregunta.

—¿Qué parte?

—Todo. ¿Por qué interviniste? ¿Cómo sabías que Eli me… me estaba vendiendo al mejor postor?

Es más fácil responderle si le doy la espalda. Más fácil, pero no fácil.

—Por mi tío, Carl. —Así es como han empezado muchas de las historias de mi vida.

Con él—. Cuando mis padres murieron, Carl me acogió en su casa.

Era un cabrón. Me pegaba. Pero no todo era malo.

Esperaba a que me curase de la última paliza para darme la siguiente.

Y casi nunca me rompía los huesos. Después de todo, supongo que tengo que dar gracias por eso.

Cuando tenía ocho años, las cosas empeoraron de verdad.

Empezó a beber más… En fin. El caso es que aprendí a distanciarme de todo aquello.

Carl era como una puta herida abierta que se negaba a curarse, y yo no quería que fuera lo que fuera lo que tuviese me infectase a mí, así que me cerré en banda.

Con todo. Hasta que nada de lo que hacía me afectaba.

»Bueno, eso ya da igual. Al cabrón lo asesinaron hace diez años.

Alguien lo rajó a base de bien. Tuve que ir al hospital a identificarlo…

y allí es donde te vi a ti. Estabas esperando al ascensor y yo estaba allí, tratando de asimilar lo ocurrido.

Que estaba muerto. Que no tendría que pensar en él nunca más.

Y tú… Me bastó con mirarte una sola vez para darme cuenta de que éramos iguales.

Cerrados en banda. Aislados. Caminabas por ahí, hablabas y te comportabas igual que los demás, pero eras diferente.

Estabas encerrada dentro de ti misma. Y yo…

Maldita sea, esto es una puta mierda. Cada palabra que pronuncio, cada palabra a la que doy vida, es como una cuchilla cortándome el cuello. Ahora es cuando, en circunstancias normales, le daría un puñetazo a la pared. Pero esta vez el dolor no me servirá para atemperar el caos.

De nuevo algo cálido me toca la espalda. Exhalo de forma temblorosa, mirando al techo. Son sus labios. Me está besando, y me encanta, joder. Se queda muy quieta, como si esperase que me marchara. Al ver que no lo hago, da un paso más hacia mí, pegándome el pecho a la espalda, y me abraza.

Me cago en la puta, joder. Puta mierda. ¿Podría ser esto más difícil? Aprieto los dientes con fuerza hasta que estoy preparado para continuar.

—Y… necesitaba saber qué te había hecho tanto daño, Sloane. Así que me decidí a descubrirlo. No tardé mucho. Michael te siguió cuando fuiste a encontrarte con Eli la primera vez. Y aquí estamos.

Se va a cagar de miedo con todo esto. Y debería. La vigilé como un puto psicópata e hice que Michael la siguiera. Me preparo para el estallido, pero Sloane se limita a apoyar la frente en mi espalda, a acariciarme la piel con su aliento cálido y superficial.

¿Nada?

¿En serio?

La única persona que sabe todo esto es Michael, y solo recibió instrucciones muy precisas: «Sigue a la chica. Descubre qué está haciendo. No permitas que te vea». Ese tipo de cosas. Nunca le expliqué por qué, y él nunca me lo preguntó.

Al final, Sloane deja de respirar, como si estuviera muy concentrada. Y entonces…

—¿Cómo lo haces? ¿Cómo puedes ser tan bueno y tan peligroso al mismo tiempo, Zeth? Eres una contradicción.

La carcajada se me escapa antes de que logre detenerla.

—No hay nada bueno en mí. Te vigilé. Te seguí. Descubrí qué te importaba. Planifiqué cómo inmiscuirme en tu vida y manipularte, igual que hizo Eli. No soy mejor que él.

Mueve la frente de izquierda a derecha, negando con la cabeza.

—Sí que lo eres. Eres mejor de lo que crees. Superaste la puja de alguien porque tenías miedo de que me hiciera daño. Vaciaste todas aquellas carpetas. Protegiste a esas mujeres…

—Estás proyectando lo que quieres…

—¿Por qué te niegas a reconocerlo? No puedes, ¿no? Ni siquiera a ti mismo.

Hay muchas cosas que no puedo reconocerme a mí mismo. Muchas. Pero ser bueno no es una de ellas. Sé muy bien qué tipo de hombre soy. Cuando me contemplo en el espejo, veo al monstruo que me devuelve la mirada.

—No te hagas ilusiones, Sloane. No busco ser redimido. Aquí no hay nada que puedas arreglar.

Las mujeres nunca quieren escuchar la verdad. Siempre creen que podrán cambiarte. Que podrán reparar las grietas de tu vida hecha pedazos. Que podrán entrar como si nada e iluminarte lo suficiente para ahuyentar las sombras.

Pero, en voz muy baja, Sloane susurra:

—Yo no quiero arreglarte. Pero… me gustaría tratar de entenderte.

Joder, va a necesitar una puta bola de cristal si quiere conseguirlo. No me entiendo ni yo. Esto es incómodo de cojones. Intento no percibir su calor detrás de mí. Cierro los ojos y trato de no sentirme más sanado por culpa de él.

—¿Zeth?

—¿Sí?

—Necesito que hagas algo por mí.

En fin, aquí vamos. A ver qué necesita. Lo que yo necesito es una copa.

—¿Qué?

—Date la vuelta y abrázame.

Lo que pasa con Sloane es que nunca dice lo que creo que va a decir.

Quiere que la abrace, pero abrazar a alguien tal como ella me está abrazando a mí…

eso no es sexo. Eso es otra cosa, y no estoy seguro de tener lo que hay que tener para dársela.

Aunque esta mañana le he dado a entender justo lo contrario.

Sé cómo ha sonado. «Eres la chica que está tan ciega que no ve lo que tiene delante».

En fin, ahora me la está devolviendo, ¿no?

Me está diciendo que me ve, y que quiere lo que ve.

Debería haberle hecho caso a la voz de mi cabeza que me decía que cerrara el pico y actuar justamente así.

Suelto de carrerilla todos los tacos que se me ocurren mientras Sloane espera pacientemente.

No se deja llevar por el pánico.

No sale corriendo.

Es más valiente de lo que le reconozco. Mucho más valiente que yo. Así que me doy media vuelta y la abrazo.