51 Sloane
—¿Quién quiere tequila, zorras?
Lo que me he estado imaginando desde que Alaska me invitó es a un montón de mujeres arreglándose unas a otras de mala gana, como geishas tristes, para que una horda de hombres sucios pueda usarlas hasta que se canse de ellas.
Pero la escena que me encuentro al entrar en el edificio de las chicas no puede estar más lejos de eso.
Más bien parece la fiesta universitaria de una sororidad.
—¡Chupitos! ¡Chupitos!
Un grupo de chicas está reunido alrededor de la isla de mármol de una cocina de aspecto muy caro, aplaudiendo como idiotas mientras una morena con rulos echa tequila Patron a chorro en unos vasos de chupitos como si fuera una camarera del puto bar Coyote.
—¿Quién tiene las limas? —grita, mirando a su alrededor con los ojos pintados con una gruesa capa de rímel. Me ve, sé que me ve, pero su mirada pasa por encima de mí como si yo no existiera—. ¡Vamos, chicas! ¡En fila, en fila!
Las chicas, un total de siete, se lamen la sal de las muñecas, se beben los chupitos y se meten una rodaja de lima en la boca. Luego empiezan a reírse otra vez.
—Vaya, veo que al final has decidido honrarnos con tu presencia.
—La voz fría suena detrás de mí: Alaska.
Entra en la habitación con una copa de vino tinto sujeta con desgana en una mano.
Lleva más ropa que las otras chicas, un minivestido negro y ajustado que apenas le cubre las nalgas y que deja al descubierto una cantidad muy generosa de canalillo.
Las demás mujeres llevan shorts cortísimos y tops, como si estuviesen en una puta fiesta de pijamas.
De momento, ninguna de ellas ha resultado ser mi hermana.
—Sí, bueno, me dijiste que viniera, ¿no?
Nunca me había sentido tan fuera de lugar. La chica que estaba sirviendo los chupitos me ha ignorado hace un momento, pero parece que la llegada de Alaska ha electrificado al grupo y ahora, de repente, todas están interesadas en la desconocida que ha invadido su espacio.
Alaska arruga la nariz mientras mira mis vaqueros y mi camiseta y da un delicado sorbo de vino.
—Sí, ya lo sé. Pero daba por hecho que estarías demasiado ocupada con Zee como para perder tu precioso tiempo con nosotras…
Siete pares de orejas se ponen tiesas al oír el comentario. Una de las chicas, una rubia bajita con inocentes ojos azules y un par de tetas de silicona no tan inocentes, se pone a chillar como un ratón. Se acerca corriendo, aplaudiendo y dando saltitos de puntillas.
—¿Has dicho Zee? ¿O sea, Zeth?
Ni que hubiera visto a un famoso. Como si ese cabrón malhumorado que me ha dejado plantada en el cuarto hace un rato fuese una especie de dios del rock y ella estuviese dispuesta a hacer cualquier cosa, lo que fuese, por conocerlo.
Alaska enarca las finas cejas con aire aburrido y da otro traguito de tinto.
—Sí. O sea, Zeth —responde, imitando el fuerte acento californiano de la chica rubia, que está demasiado emocionada para reparar en la burla.
Alaska no parece muy impresionada con la presencia de Zeth, pero las demás chicas se miran entre sí, emocionadas. Una de ellas incluso agarra a otra del brazo, incapaz, al parecer, de contenerse.
¿Qué cojones pasa?
Y cuando lo entiendo, es como si me cayera encima un jarro de agua fría. Me congela hasta los huesos.
Dios mío. Él ya había estado aquí. Jacob y él se conocen bien, y yo misma me presenté en uno de los «eventos» que organizaba el propio Zeth. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Es probable que se haya acostado con algunas de estas chicas. Qué digo, ¡podría haberse acostado con todas ellas!
No me siento muy orgullosa ni de mi reacción ni de cómo gestiono estos pensamientos. Una vez que el mundo deja de darme vueltas y las náuseas se calman lo suficiente como para saber que no voy a vomitar, sonrío débilmente a la rubia que me acaba de hablar.
—Perdona, ¿qué has dicho?
—Te he preguntado si va a venir esta noche. ¡Quiero verlo! ¡Georgia dice que es enorme!
—Eh…
Otra chica con bucles morenos interviene en la conversación.
—Me han dicho que tiene unos tatuajes superbestias en la cara. ¿Es verdad?
Retrocedo un par de centímetros en un intento de poner un poco de distancia entre las otras mujeres y yo. Ahora se me están acercando en manada. Una manada hambrienta.
—No, ¿por qué narices iba a tener…?
—¿Y la polla? Has venido con él, ¿verdad? Eres su chica. Debes de haberla visto. ¿La tiene muy grande? Oí por ahí que se folló a una chica tan duro que acabó en el hospital. Que la partió en dos, o algo así.
—No, tía. Ese fue Rebel. —La chica de los rulos se une al debate y corrige la disparatada afirmación de la otra—. Zeth es el que dejó que esa chica sin hogar se fuese a vivir con él, ¿te acuerdas? Nos lo contó Benji.
La rubia saltarina me mira con los ojos como platos.
—Oooh, ¿eras una sintecho? ¿Y cómo era eso?
—Esto… No, yo no…
—Pero sí que vives con él, ¿verdad?
Alaska deja su copa de vino en la encimera y se aclara la garganta, y las chicas se callan de golpe. Con una sola palmada, asume el control de la situación.
—Naomi no ha sido ninguna sintecho. No vive con Zeth.
Sí, Zeth es enorme. Tiene una polla grande de cojones, sí, pero no es la más grande del mundo.
Y ahora es momento de que todas os calléis la puta boca.
—Me mira de soslayo con los ojos un poco entornados, sin ni siquiera tratar de disimular su desagrado—.
Al margen de lo que hayáis oído, Zeth ha traído a Naomi en calidad de su compañera, y no como su ciega.
Se oye un coro de lamentos por la habitación. Esta nueva información parece haberlas dejado horrorizadas, y yo estoy aquí boquiabierta como una idiota porque no sé ni lo que significa.
—¿Su ciega?
Alaska pone los ojos en blanco.
—Como en el póquer. Para jugar, tienes que traer algo a la mesa.
Tienes que comprar tu participación en el juego con una apuesta.
Una ciega. Aquí todas somos ciegas, cariño.
Se nos rulan como deliciosos canapés para que nuestros dueños puedan disfrutar de las exquisiteces que traen los demás invitados.
—Pero… como yo soy la compañera de Zeth…, ¿no se me van a rular?
A las chicas no les pasa desapercibido el matiz de angustia en mi tono de voz, y no se lo toman bien.
—Créeme, cariño. Eres tú la que se lo pierde —replica la de los rulos—. En una noche como la de mañana ganamos diez mil pavos por cabeza. ¿Qué vas a sacar tú? Quinientos si tienes suerte. Seguro que Zeth Mayfair no se está gastando mucha pasta en una zorra delgaducha.
—Zeth no me paga nada.
Se callan todas de golpe, perplejas. Se miran unas a otras, partícipes de una conversación silenciosa de la que yo no formo parte. Alaska me mira con arrogancia, coge su copa y me señala con ella.
—¿No te había dicho que no te portases como una cabrona con ellas?
Se echa a reír, da media vuelta y se marcha, canturreando para sí.
Las chicas tardan una eternidad en superar que yo no sea una trabajadora sexual.
Y tardan todavía más en disculparme por el tono de disgusto con el que les he dicho que Zeth no me paga por mis servicios.
Hasta que el tequila no empieza a fluir de nuevo, no consigo convencer a ninguna para que me hable, y solo lo logro porque participo en tres rondas de generosos chupitos en las que aúllo como una idiota cada vez que lo hacen ellas.
Renuncié a esta parte de la universidad por una razón.
No se me da bien ser este tipo de chica, y se nota.
Pone a las demás nerviosas. Sobre todo a las que se pintan las uñas de los pies las unas a las otras y se estrujan las tetas para ver «cómo han quedado».
La de los rulos, que se llama Dani, se pasa un buen rato apretujando las mías antes de que entienda qué coño está pasando.
—Hum… Son de verdad, ¿no? Están bien. Buen tamaño. No son demasiado pequeñas, aunque tendrías mejor tipo si te aumentaras un par de tallas.
—Sí, a mí no me quedaba bien la ropa hasta que me puse estas —interviene Sara, la chica que ha preguntado por Zeth al principio, mientras se palmea sus gigantescos pechos de copa F.
Son las tetas más grandes que he visto en la vida.
Me siento medio tentada de decirle que probablemente no elegía la ropa adecuada para su tipo de cuerpo, pero me muerdo la lengua.
Eso no le sentaría bien. Además, no he venido para hablar de cirugía plástica o de cómo vestirse.
Estoy aquí para averiguar dónde está Alexis.
La fase de acicalamiento empieza después del cuarto chupito de tequila.
Las chicas sacan los kits de maquillaje, que son grandes como cajas de herramientas y deben de pesar más o menos lo mismo, y empiezan a revolotear las unas alrededor de las otras, dándose consejos sobre su tipo de piel y practicando el maquillaje que tienen pensado hacerse mañana por la noche.
Hasta ese momento, el evento permanecía en un segundo plano, guardado en un rincón de mi mente, pero ahora ha pasado a ocupar de forma fulgurante un lugar preponderante.
Un evento. Como el que organizó Zeth. Solo que esta vez no habrá ninguna habitación oscura en la que esconderse.
Tendré que participar a la vista de todos…
y tengo que ser convincente, tanto por mi bien como por el de Zeth.
Pero eso es un problema para la Sloane del futuro. Ahora mismo he de centrarme en la tarea que me ocupa. Empiezo con preguntas más generales mientras espero a que se presente una oportunidad para hablar sobre lo que me interesa.
—Entonces, ¿aquí solo vivís vosotras? Parece una casa muy grande para solo siete chicas.
—Ah, no, normalmente somos diez —contesta Sara—.
Kady ha ido a la ciudad a hacerse una rinoplastia.
Se la ha pagado Jacob. ¿Te lo puedes creer?
Le dijo que estaba asustando a la gente y que nadie se la iba a follar si tenía la nariz aguileña como un viejo.
Ha sido él quien ha soltado la pasta para todo.
El cirujano, el hotel, los gastos… todo.
—Parece celosa. Me da la sensación de que Sara tuvo que financiarse solita el aumento de pecho—.
Bueno, el caso es que otra de las chicas, Chloe, ha ido con ella para hacerle compañía.
Y luego está Sophia. Ha ido a reunirse con uno de los grupos que vienen mañana.
Estará de vuelta mañana por la tarde, supongo.
Y Chloe y Kady también, aunque Kady no trabajará.
Seguro que se le pondrán los ojos morados. ¿Te imaginas lo mal que…?
Sara sigue hablando, hablando y hablando, no hace una pausa ni para respirar, y mientras tanto yo repaso mentalmente estos nuevos detalles.
Chloe, Kady y Sophia. Ninguna Alexis. Pero yo sé que está aquí.
Zeth me dijo que salía en las fotos que Michael hizo antes de que lo pillaran, de modo que deben de haberle cambiado el nombre o algo así.
Kady no es, eso seguro. Alexis es de complexión incluso más delicada que yo.
Nadie la acusaría nunca de tener la nariz aguileña como un viejo.
Eso me deja a Chloe y a Sophia. Se me cae el alma a los pies cuando comprendo que no veré a Alexis hasta mañana por la noche.
¿Y si entonces tampoco puedo hablar con ella en privado? ¿Y si nos pasamos toda la noche rodeadas de gente y no se me presenta la oportunidad? Tendré que provocarla yo. Voy a sacar a mi hermana de aquí aunque sea lo último que haga.