50 Sloane
El cielo tiene el mismo aspecto que en una fotografía que vi una vez en la National Geographic.
Sin la contaminación lumínica de la ciudad, las estrellas son como diamantes extendidos sobre terciopelo negro, salpicando la noche sin tener en cuenta lo poco segura que parece de repente la existencia humana.
Mi aliento forma pequeñas nubes en el aire nocturno del desierto, y, por un segundo, es casi como si sintiera la tierra girando bajo mis pies, como si fuera una motita de arena haciendo equilibrios sobre la tirante piel de un tambor y pudiera salir despedida hacia el espacio de un momento a otro.
Soy pequeña e insignificante bajo este vasto cielo, y estoy paralizada ante su belleza.
No había pasado tiempo en el desierto desde que era niña e iba de acampada con mis padres, cuando era demasiado joven para apreciar la experiencia.
Qué no daría yo ahora por poder pasar más tiempo contemplando el cielo… pero no.
—Vamos. Muévete.
Clark me golpea en la parte baja de la espalda con la culata de su arma.
No hará más de cinco segundos que conozco a este tipo, pero ya sé que no me cae nada bien.
Sin embargo, me alegro de que sea él y no Anton el encargado de acompañarme al edificio de las chicas que hay en el interior del complejo.
Habida cuenta de que por mi culpa se ha llevado una paliza que le ha dejado técnicamente al borde de la muerte, dudo que me tenga mucho cariño.
Se rumorea que tiene un brazo roto y que no puede ni caminar.
Si la suerte está de nuestro lado, cuando Anton pueda volver a mantenerse en pie, ya estaremos en otro estado.
Zeth, Alexis y yo, los tres estaremos ya muy lejos de aquí.
Dios… ¡Alexis! Cada vez que pienso en volver a verla, me da un vuelco el corazón.
Está a punto de ocurrir, y no estoy preparada.
Se va a poner como loca cuando me vea. Espero que pueda contenerse lo suficiente para disimular la sorpresa y no delatarme.
Nos jugamos mucho en esta primera reunión.
Si alguien percibe algún tipo de tensión entre nosotras, o se da cuenta de lo mucho que me parezco a mi hermana, quién sabe lo que nos harán…
Clark me da otro firme empujón para «animarme» y yo reacciono en consecuencia.
La casa de las chicas es un edificio grande, de dos plantas y de estilo mediterráneo, con un porche que lo rodea por completo.
Es bonito. Tal vez, el tipo de casa que una familia elegiría para veranear.
No hay nada en ella que grite «antro de iniquidad», eso seguro.
Es evidente que el mantenimiento de esta casa corre a cargo de una mujer, desde las flores del desierto y las suculentas que crecen en las macetas azules hasta los escalones de la entrada del porche, que está limpia y ordenada.
La planta de abajo está iluminada y arroja una suave luz hacia la oscuridad.
Dentro se oyen risas y voces femeninas. Vacilo.
¿Qué narices hago aquí? No puedo entrar ahí dentro.
¿Y si está enferma, o algo así? ¿Y si la han pegado?
¿Y si las han drogado a todas para que sean obedientes y mi hermana se ha convertido en una yonqui con marcas de pinchazos en los brazos?
Ya he visto todas esas cosas. No necesito recurrir a la imaginación para saber lo fácil que es llegar a eso. Dios, no puedo entrar ahí, yo…
—Me está esperando la comida dentro, tía. ¿Has acabado de mirar a la puerta o qué? —Clark escupe en el suelo y señala la puerta con la cabeza.
La indecisión me quema por dentro, aunque en realidad no es indecisión. Es cobardía. Me asusta en qué condiciones vaya a encontrarme a mi hermana. Y tengo miedo de no poder arreglar lo que le hayan podido hacer. Pero está viva. Debo aferrarme a eso. Pase lo que pase, todavía respira… Y me necesita.
—Vale, vale. Ya entro.
Subo los escalones y cruzo el umbral.