49 Sloane
Cuando nos despertamos, todo está oscuro.
Muy oscuro. Oscuro como si estuviéramos en mitad de la noche.
Llego tarde a algo. ¿Al trabajo? Joder, llego tardísimo.
Los turnos de noche te descolocan de una forma brutal.
A menudo me despierto cuando ya se ha puesto el sol, sin saber si voy o vengo.
Pero entonces me doy cuenta de que no estoy sola: hay alguien en la cama, conmigo. Eso sí que se sale de lo corriente.
Zeth Mayfair está tumbado bocarriba con un brazo tapándole la cara.
El otro está doblado sobre su cuerpo, con los dedos extendidos sobre la barriga, y tiene las sábanas enredadas en un nudo en la mitad inferior de su cuerpo.
Por culpa del ejercicio de alta intensidad que hemos practicado antes, la sábana bajera ha desaparecido en algún lado, y me quedé dormida desnuda y destapada sobre el colchón pelado.
—Oh…
No se me ocurre qué otra cosa decir. El reloj digital que hay sobre la mesita de noche marca las 18:42 en números rojos.
¿A qué hora vino Zeth a buscarme a la habitación?
No me acuerdo, pero debemos de haber dormido unas cuantas horas.
Me incorporo con cuidado de no hacer ruido y me encamino al baño adjunto de puntillas.
Y es al levantarme cuando siento algo pegajoso entre mis piernas y me invade la alarma.
Sin condón. Lo hicimos sin condón. ¡Otra vez!
Desde que metimos la pata en mi apartamento, con la consiguiente humillación de la píldora del día después, he estado tomando anticonceptivos, así que no corro el riesgo de quedarme embarazada…
Pero sigo siendo médica, ¡por el amor de Dios!
Y Zeth Mayfair es un guarro y un mujeriego.
Debería tener más sentido común. Si no cuidas tus partes íntimas, les pueden pasar cosas de lo más repugnantes.
Y a mí me gustan mis partes íntimas. No quiero que acaben infestadas de clamidia o de algo peor.
Zeth y yo tendremos que mantener una conversación al respecto.
Mientras tanto, me doy una ducha con agua caliente y me visto.
No me da tiempo a hacer mucho más que secarme el pelo con una toalla y ponerme un poco de maquillaje.
Se supone que he quedado con las chicas de Jacob a las siete y media para una sesión de acicalamiento, y creo que no me conviene llegar tarde.
A pesar de lo distraída que he estado con Zeth, no se me ha olvidado quién más está aquí.
Alexis está en este mismo complejo, y que me parta un rayo si no consigo verla, aunque no podremos sacarla de aquí hasta mañana por la noche.
Zeth me ha explicado antes que tendremos la oportunidad perfecta para marcharnos sin ser vistos cuando todo el mundo esté entretenido en la fiesta.
Pero, al margen del plan, estoy tan nerviosa que tengo ganas de vomitar.
Hace más de dos años que no veo a Lexi. He cambiado mucho desde entonces, y tengo el pálpito de que ella también.
Cuando salgo del baño, Zeth sigue dormido. Está exactamente en la misma posición en que lo he dejado: este hombre duerme como un muerto. Me meto en su lado de la cama y le pongo una mano en el pecho, riéndome para mis adentros porque sé lo frías que las tengo.
La reacción es automática. Y violenta.
—¡Me cago en la puta! —Está quieto como un muerto un segundo y al siguiente me tiene contra la pared, cogida del cuello, mientras su otro puño se acerca a toda velocidad hacia mí. Me giro justo a tiempo, evitando el golpe por poco, pero ya está cogiendo impulso para asestarme otro.
—¡Zeth! ¡Zeth, PARA! —Esta vez me está aplastando la tráquea de verdad. Me cuesta gritar.
—¿Sloane? —Está conmocionado. Me suelta de inmediato y yo me deslizo por la pared hasta derrumbarme a sus pies—. Mierda, mierda, yo… —Corre hacia la puerta y enciende la luz—. ¿Estás bien?
Lo miro insegura mientras me froto el esófago magullado.
—Ah, sí, estoy estupendamente. Pero acabas de intentar partirme la cara. Después de jurarme y perjurarme que jamás me harías daño, por cierto. Un poco desconsiderado por tu parte, ¿no?
—Lo siento. Me he quedado dormido. No debería haberlo hecho.
—¿Dormir te vuelve homicida?
Intenta hablar, pero se atraganta. Lo intenta un par de veces más antes de conseguir que le salga la voz.
—Despertarme en un lugar que no conozco… con alguien que me acecha en la oscuridad… me vuelve homicida.
Enarco una ceja. Pippa se frotaría las manos con esta confesión, pero yo no soy tan estúpida como para preguntarle a qué se debe.
Sospecho que eso tal vez sea lo único que Zeth Mayfair no esté dispuesto a explicarme.
No me hace falta ser psiquiatra para darme cuenta de cuándo alguien se ha cerrado en banda por completo.
Está tenso, desnudo y con la mirada perdida.
Es evidente que está esperando que le pregunte a qué coño ha venido eso.
Al ver que no lo hago, me tiende la mano para ayudarme a levantarme.
—Buscaré otro sitio donde dormir esta noche. Así no tienes que preocuparte por si te ataco a las tres de la madrugada.
Acepto su mano, agradecida por que el corazón se me haya despegado de la garganta y haya vuelto a ocupar el lugar que le corresponde, detrás del esternón. No me gusta la idea de dormir sola toda la noche, pero tiene razón. Tampoco me gusta la idea de morir estrangulada a primera hora de la mañana.
—Podría noquearte con la pistola.
Zeth se sienta en la cama y se queda mirando el suelo. ¿Habrá olvidado cómo se parpadea?
—Entonces, ¿no vas a decir nada? —pregunta.
—¿Quieres que lo haga?
—No.
Me encojo de hombros.
—Pues ya está.
Aprieta los dientes y arruga la nariz, sin mirarme.
—Tienes que decir algo.
—¿Qué quieres que diga?
Se frota los ojos, un gesto muy normal para una persona que de normal no tiene nada.
—Cualquier cosa. La pistola. ¿Por qué antes la has sacado de la bolsa, y no otra cosa?
Una distracción.
Eso es lo que necesita.
Me siento a su lado y luego me dejo caer sobre las sábanas arrugadas. Huelen a él. Un aroma delicioso.
—En fin, antes tenías razón. Me he pasado la vida conteniéndome, y tú no haces más que alentarme a que me libere. Pero tú tampoco eres tan libre como crees…
Me interrumpe con una brusca carcajada, un sonido áspero y duro.
Continúo de todos modos.
—Estás sexualmente liberado, eso sí. Pero nunca había conocido a nadie tan reprimido emocionalmente. Eres capaz de correr un maratón antes que permitirte sentir una sola emoción. Por eso la elegí. Cogí la pistola y te hice sentir algo.
Se me queda mirando con los ojos entornados, casi cerrados. La adrenalina provocada por su reacción al despertarse se ha esfumado.
—¿Y qué? ¿Acaso crees que porque has conseguido hacer que me cague de miedo, de repente ya estoy curado y me voy a enamorar de ti, o algo así?
Y con eso se gana una carcajada fría, esta vez de mi parte.
—Qué va, Zeth. De eso no tienes que preocuparte.
—¿Y eso?
—Para ti soy un juego. Un experimento. Un juguete roto con el que entretenerse hasta que consigas lo que quieres conseguir, momento en que doy por hecho que ya no te resultaré útil y te irás a buscar a otra que te caliente la cama.
Se vuelve para mirarme. Los músculos de su espalda se flexionan de forma hermosa mientras se mueve.
—Ahí fuera hay chicas mucho más rotas que tú, Sloane Romera. Y no tengo ningún interés en experimentar contigo.
—¿Ah, no? Entonces, ¿se puede saber qué haces conmigo?
—¿Es esta la típica conversación de «adónde crees que va esta relación»?
—¡Dios, no! ¿Relación? —Hasta yo puedo oír la amargura en mi propia voz—.
No sabemos nada el uno del otro. Eres el tío que se presenta en mi casa cuando le apetece y me folla hasta hacerme perder el sentido.
Y yo soy la chica lo bastante tonta como para dejar que lo hagas.
—Me atraganto con las palabras; las odio, pero sé que son ciertas.
La expresión de Zeth es inescrutable, como si tuviera el rostro esculpido en piedra.
Se pone de pie a toda prisa y se viste. Cuando levanta la vista para mirarme, el conflicto que veo en su mirada me pilla desprevenida.
—Sé bastantes cosas sobre ti, Sloane. Todo lo que necesito saber.
Que tú no sepas nada de mí es culpa tuya y de nadie más.
Lo único que tienes que hacer es preguntar.
Y no eres la chica lo bastante tonta como para dejarme hacer nada.
Eres la chica lo bastante tonta como para no ver lo que tiene delante.
Coge sus zapatos y se calza sin sentarse siquiera. Se marcha indignado, cerrando la puerta suavemente tras de sí. Habría sido preferible que diera un portazo. Al menos así no habría sabido el enorme esfuerzo que estaba haciendo para conservar la calma.
Pero ¿qué…?
¿Qué acaba de pasar? ¿Estaba… estaba realmente dolido?
¿Acaba de reconocer que cree que tenemos una relación? ¿Que quiere que tengamos una relación? No. Eso no puede ser cierto. Pero si ni siquiera deja que le bese, por el amor de Dios. Yo…
¡BAH!
Me dejo caer de nuevo en la cama. Estoy dolorida debido a nuestra actividad previa, pero ahora me duele también el corazón.
Porque tiene razón. Es cierto que soy la chica lo bastante tonta como para no ver lo que tiene delante.
Soy demasiado tonta como para entender algo al respecto.
Zeth es emocionalmente inmaduro, de eso no hay ninguna duda, pero resulta que yo también.
¿Cómo es posible que un hombre como él, un hombre al que la vida ha forjado para ser un arma de destrucción masiva, haya visto en lo nuestro más de lo que he sido capaz de ver yo?