Sangre y rosas 1 48 Sloane #4
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48 Sloane #4

En una de las clínicas gratuitas en las que trabajo como voluntaria hay una narcosala donde he visto a los adictos inyectarse, donde los he visto alcanzar el nirvana cuando las drogas se les disuelven en la sangre.

Ahora los entiendo. Se me cierran los ojos mientras me inundan oleadas sucesivas de placer.

Mi cuerpo se estira a su alrededor, se dilata para acomodarlo mientras él se adueña lánguidamente de él.

Me deja flotar unos segundos, devorándome con los ojos oscuros, contemplando cómo me estremezco, cómo intento respirar y fracaso…

Y entonces me folla. Me folla como si le fuese la vida en ello.

Me embiste de forma implacable una y otra vez, empalándome con su polla.

—¡Oh, Zeth! ¡Joder!

—¿Estás bien? —gruñe.

Asiento y le clavo los dedos en la espalda.

La punzada de dolor lo envalentona y sigue adelante, penetrándome con ímpetu, una vez tras otra.

Me aferro a sus hombros como si me fuera la vida en ello y él…

Él inclina la cabeza y me besa los dedos.

Todo se ralentiza. ¿Me ha… me ha besado los dedos?

Hostia puta. La sorpresa me eriza la piel, alimenta mi orgasmo, que es inminente.

Tiemblo descontroladamente mientras Zeth me penetra sin descanso; mis sinapsis arden como estrellas nacientes y mueren en un abrir y cerrar de ojos.

—¿Cuántas ganas tienes de correrte, Sloane? —me pregunta, jadeante.

—Dios mío, ¡por favor! —Si pretende hacerme pagar por lo de antes… Si me la saca y me deja así…

Pero Zeth tiene otra cosa en mente. Desliza una mano por mi cuerpo y no la detiene hasta llegar a mi cuello. Una vez ahí, me lo rodea con los dedos y aprieta, ejerciendo una suave presión, muy poca.

—¿Quieres que siga? —pregunta sin dejar de jadear.

El recuerdo del cinturón, aquella noche en el hotel, me deja sin fuerzas en las piernas. Me asustó, pero también me excitó muchísimo…

Aprieta un poquito más y entorna los ojos al mismo tiempo.

—Estás a salvo —me dice con voz ronca—. Haré que te guste. Estoy contigo.

La rendición. La pérdida de control. La vulnerabilidad. Todo eso despierta en mí las sensaciones más extrañas…

—Solo tienes que decirlo, Sloane, y pararé. Lo prometo.

«No hago daño a las mujeres. Y nunca te haré daño a ti».

Soy médica, así que sé lo peligroso que es esto. He visto todo tipo de daños causados por los juegos de asfixia. Daños en la columna cervical. Daños cerebrales. La muerte. Por el amor de Dios, ¿cómo es posible que me lo esté planteando siquiera? Sin embargo…

De eso se trata, ¿no? De que te juegas mucho. Está comprobando la solidez de nuestro vínculo, valorando si será capaz de soportar el peso de lo que pueda venir después.

Asiento. «Hazlo».

Zeth me enseña los dientes en una sonrisa victoriosa y entonces me agarra del cuello y me folla como si le fuera la vida en ello. Aplica la presión justa para que siga respirando.

—Vamos, fiera. Suéltate.

Deslizo las manos por su torso y me estremezco al notar esa barrera de calor y músculo bajo las palmas de mis manos.

Zeth enarca las cejas y sonríe con la boca abierta.

«¿Te gusta esto, Sloane Romera?», parece decir.

Me la clava en lo más hondo, restregándose con ímpetu contra mí para asegurarse de que sienta hasta el último centímetro de él, de que sienta todo el largo de su polla mientras entra y sale de mi coño.

Ya no tengo miedo. Estoy mareada, sí, pero es una sensación embriagadora.

Y parará. Solo tendría que darle unas palmaditas para ponerle fin.

Mis sentidos se activan al máximo, abrumados; los colores de la habitación son más vívidos, más brillantes.

Las caricias de Zeth dejan chispas a su paso, y yo me deleito en el caos.

Somos una única criatura carnal; nos movemos al unísono, danzamos juntos para llegar a un mismo final… que ya está cerca. Noto cómo crece, cómo me rodea el cuerpo, agrandándose y palpitando… Hasta que… Hasta que…

—Joder. ¡Joder! Dios m… ¡Me voy a correr, Zeth!

Me ha dicho que haría que me gustara, pero esto va más allá. Olvídate de los fuegos artificiales. Una puta bomba nuclear estalla en mi cabeza cuando llego al clímax. Intento contener el grito, pero no lo consigo. Zeth afloja, pero yo apenas emito sonido alguno.

—Joder, sí… Sigue, sigue. Córrete, Sloane, que yo lo vea. Córrete…

Por la tensión en su voz, sé que se está conteniendo, pero no dura mucho.

Yo me encargo de ello. Bajo la mano entre nuestros cuerpos hasta encontrar lo que estoy buscando.

Le cojo los huevos y aprieto suavemente, mientras con la otra mano le agarro del culo y lo empujo aún más hondo dentro de mí.

Después de mi orgasmo, soy como una cáscara vacía, pero consigo abrir los ojos el tiempo suficiente para ser testigo del suyo.

Es una imagen hermosa. Con los dientes apretados, me embiste y ruge.

Y un zumbido agudo resuena en la habitación.

Zeth permanece sobre mí un segundo antes de derrumbarse, jadeando, sin aliento.

Ha sido… Joder, no tengo palabras para describirlo. Nos quedamos ahí tumbados, con el pulso desbocado y los pechos agitándose con violencia. Nuestra piel empieza a enfriarse; nuestros corazones se acompasan y la respiración se va haciendo más profunda.

Y la habitación…

Se desvanece poco a poco.