Sangre y rosas 1 48 Sloane #3
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48 Sloane #3

—¿Alguna vez te he levantado la mano? ¿Alguna vez…? —Se interrumpe y exhala con brusquedad. Aparta la vista un segundo y, cuando se vuelve de nuevo hacia mí, me atraviesa con la mirada—. Yo no hago daño a personas que no pueden defenderse. No hago daño a las mujeres. Y nunca te haré daño a ti.

—Lo siento, no debería haberlo dicho. —Pero, incluso mientras pronuncio esa frase, la voz de Pippa vuelve a la carga: «¡Te tiene inmovilizada contra la cama, Sloane! ¡En este preciso momento! ¿Qué coño te pasa?»

. Y es casi como si Zeth también pudiera oír esa voz.

Se levanta un poco, aliviando la mayor parte de la presión que estaba ejerciendo sobre mí con su propio cuerpo.

No me suelta las muñecas, pero sí que afloja un poco.

Los dedos empiezan a palpitarme de forma dolorosa cuando vuelve a fluir la sangre a través de ellos.

—Puede que en alguna ocasión te ate en corto cuando se te vaya la olla, Sloane. Puede que te azote. Pero nunca te haría daño de ese modo. Pensaba que lo tenías claro.

He recuperado la compostura. No está muy enfadado por lo de la pistola —ya me he dado cuenta—, pero tampoco está muy contento conmigo.

—Solo pensaba que…

—¿Que te arrancaría la cabeza por haber amenazado con matarme?

Bueno… —Se mueve, aprisionándome de nuevo.

La sutil transferencia de peso parece despertar mi cuerpo.

Caigo en la cuenta de que estoy con las piernas abiertas, las rodillas flexionadas y los pies apoyados en el colchón, y que el cuerpo enorme y poderoso de Zeth está entre mis piernas.

Y está desnudo. No es tímido con su cuerpo, pero su seguridad en sí mismo no tiene nada que ver con el físico.

Es otra cosa. Algo que todavía no he logrado descifrar.

Sea lo que sea, sigue tumbado encima de mí, y las únicas barreras que quedan entre los dos son mis vaqueros y mi camiseta.

Zeth gruñe suavemente, como si hubiera estado esperando a que me percatara de lo enredados que estamos—.

No, que me amenazaras con matarme no era exactamente lo que esperaba…

Pero ni te imaginas lo sexi que estabas con una pistola en la mano. ¿Sabes cómo usarla?

—Sí.

—Pues eso aún me resulta más sexi. —Baja la cabeza y, para mi sorpresa, me acaricia el cuello con los dientes.

Su aliento cálido me eriza la piel de los brazos y las piernas, y la parte sensible debajo de la oreja.

Los pezones se me ponen duros al instante.

Ahora mismo, mi cuerpo va muy por delante de mi cabeza.

Todavía estoy tratando de sobreponerme al hecho de que acabo de apuntar a Zeth Mayfair con una pistola, y de que me ha gustado, y mi cuerpo ya ansía sus caricias.

Deseo sentirlo en todas partes a la vez.

Hace unos instantes, su peso me aplastaba y ahora…

ahora deseo que me asfixie con su cuerpo, que lo único que pueda respirar y ver y sentir y oler sea él.

Creo que estoy mal de la cabeza.

—¿Tienes más ideas sobre cómo vas a convertirme en tu perrito faldero? —Las palabras vibran a través de los músculos y los huesos de su pecho. Me estremezco.

—No.

—Bien. Porque mañana por la noche no podrás amenazarme con ningún arma. Y además… —Coge el borde de mi camiseta y me la sube con brusquedad—. Esto te gusta más, ¿verdad? Te gusta obedecerme. Te gusta sentirte indefensa. Te gusta ese miedo constante, te enciende. Te hace sentir viva.

Tiene razón. Siempre tiene puta razón. Odio que sea así, pero también nos ahorra muchos quebraderos de cabeza.

Me gusta mi trabajo. Pago mis facturas. Tengo mis cosas limpias y ordenadas…

Pero hace mucho tiempo que no he tenido que tomar una decisión importante.

Nada ha sido cuestión de vida o muerte. Pero decidir mantener lo que hay entre Zeth y yo, sea lo que sea, decidir seguirlo hasta Los Ángeles para encontrar a mi hermana, decidir que pueda tocarme, lamerme, chuparme y morderme la piel, decidir obedecerlo…

Todo eso ha significado para mí como decidir vivir.

Zeth me baja el sujetador negro, dejando uno de mis pechos al aire.

Devora con los ojos la piel pálida que ha quedado expuesta y se centra con avidez en la areola rosada.

Suelta ese gruñido delicioso que nace en lo más profundo de su garganta, como de animal hambriento, y entonces baja la cabeza y se mete mi pezón en la boca.

Al principio, lo rodea con la lengua una y otra vez, jugando con la punta erecta, pero luego usa los dientes y lo mordisquea con la fuerza suficiente para hacerme arquear la espalda por la combinación entre placer y dolor.

—¿Quieres tenerme dentro, fiera? —Me baja el otro lado del sujetador, liberando mi otro pecho, para recorrer con la lengua la carne y luego meterse el otro pezón en la boca. Se me escapa un suspiro que le alborota el pelo despeinado.

—Sí. Quiero… tenerte dentro.

Se ríe suavemente de mi aturdimiento y entonces se mueve hacia delante, frotándose contra mí.

Tiene la polla dura como el hierro, apretada contra la cara interna de mi muslo.

Respiro hondo y cierro los ojos. Lo deseo.

Deseo sentir su piel pegada a la mía. Deseo tanto sentir su polla restregándose contra mi clítoris que me inclino hacia él, que roto las caderas para ir a su encuentro.

—¿Tienes ganas, Sloane? ¿Tantas ganas tienes?

—Oh, esa sonrisa… lenta como la miel, sugerente como el pecado.

La adrenalina y las endorfinas colisionan en mi sangre, haciendo que la habitación me dé vueltas.

Necesito estar desnuda. Intento comunicárselo, pero lo único que sale de mi boca es un gemido de frustración.

A Zeth se le dilatan las pupilas; me mira fijamente.

Se muerde el labio inferior y se le corta el aliento, como si disfrutara al provocarme esas reacciones.

¿Lo disfruta? ¿Provoco en él el mismo anhelo que él enciende en mí?

Se aprieta contra mí y ahogo un grito. Se me ponen los ojos en blanco; la sensación que me provoca es increíble.

Estoy en llamas, desesperada por que me toque, pero…

¿por qué estoy vestida todavía? No tiene puto sentido.

Zeth aprieta los labios. Se echa hacia atrás, con la polla tan dura y tiesa que le roza el abdomen, y tira de las perneras de mis vaqueros sin molestarse siquiera en desabrochar el botón o bajar la cremallera.

Le cuesta un poco quitármelos, pero no está dispuesto a dejarse vencer por un puto par de pantalones.

—Hoy voy a probar algo distinto contigo, Sloane. Y te va a gustar.

A juzgar por el peligro que se desprende de su voz, esa información es más una advertencia que una frase tranquilizadora.

—¿Qué vas a hacer?

Me acaba de quitar los vaqueros de un tirón.

—Ahora lo verás. —Acto seguido la emprende con mi camiseta.

Me coge de las caderas y tira de mí hacia él, de forma que me incorpora y quedo sentada, para acabar de quitármela.

Y entonces se abalanza sobre mí como poseído.

Los tirantes de mi sujetador se me han resbalado hombros abajo y mis pechos siguen al aire; Zeth coge ambos, sujetándolos con sus fuertes manos.

Los pezones me palpitan al compás de mi pulso—.

Tienes unas tetas increíbles —susurra—. Pero las quiero ver aquí arriba.

Me coge y me sujeta como si yo no pesara nada.

Aún de rodillas, me coge de los muslos y se pone uno sobre la cadera, indicándome lo que quiere que haga.

Y yo obedezco de mil amores. Con su polla atrapada entre los dos, cada movimiento suyo es como una lengua de fuego que me lame la espina dorsal.

Besa y lame mis pechos, y me agarra con fuerza de la cintura para colocarse en una posición sentada, conmigo encima a horcajadas.

Todavía llevo las bragas puestas, pero eso no es ningún obstáculo para Zeth. Coge la tela con cuidado y tira de ella hacia arriba, de forma que el encaje ejerce una presión intensa sobre mi clítoris.

—¡Ah!

—Espero que no les tengas mucho cariño —dice, tirando de nuevo—. No van a durar mucho.

Inhalo y exhalo con fuerza. Me arden las mejillas.

Qué digo, me arde todo el cuerpo. Una parte primaria de mí, animal, toma las riendas, y empiezo a mecerme contra él, colocándome de manera que nuestras caderas queden alineadas para que nos frotemos, para que nos restreguemos.

Y con esas sensaciones, unidas a los tirones que da a mi ropa interior, tensándola mientras me muevo, la cabeza me empieza a dar vueltas.

Estoy sin aliento. Deliro. Y no exagero el grito que suelto cuando desliza los dedos por dentro de mis bragas y me acaricia el coño caliente y húmedo.

Estoy demasiado absorta en la situación para sentirme avergonzada por lo mojada que estoy.

Por lo mojada que él me ha puesto. Lo acepto y sigo restregándome contra su mano.

Zeth se apoya en un codo y se recuesta. Me mira de arriba abajo mientras yo dejo mi cuerpo en libertad, mientras le permito hacer lo que le plazca.

Me inclino hacia delante y coloco las manos sobre su pecho, acariciando con las puntas de los dedos los tatuajes oscuros que le cubren los hombros y los pectorales.

La cicatriz amoratada que tiene justo debajo de la clavícula, de cuando le dispararon hace ya dos meses.

Las líneas firmes y gráciles de sus fuertes músculos.

Estoy aprendiéndome hasta el último de sus recovecos; memorizo su cuerpo y disfruto inmensamente de cada segundo del proceso.

Estoy borracha de él. Y no es una borrachera de cerveza, sino de puto tequila.

Estoy cegada, perdida, de lo mucho que lo necesito.

—Eres increíble —dice con voz ronca, y se me llenan los oídos del rugido de mi sangre, de nuestros jadeos. Y, joder, Zeth parece tan borracho como yo.

Me mete un dedo, pero yo ya estoy al límite.

No me sirve. No tengo bastante con sus dedos.

Lo quiero todo, quiero que se entierre en mí hasta las pelotas, que me embista hasta que se me nuble la vista.

Bajo la mano, y cuando la cierro alrededor de su polla hinchada, se enciende otro fuego en mi interior.

La tiene enorme, tiesa y suave como mármol caliente.

Es como una vara de hierro envuelta en seda.

La recorro con la mano una y otra vez, arriba y abajo.

—Joder, Sloane. —Se le tensa el cuerpo mientras los músculos le vibran del esfuerzo por debajo de la piel—. ¡Joder!

Él tampoco puede esperar más. Me coge y se lanza hacia delante, de modo que quedo tumbada bocarriba, y de repente lo tengo ya encima de mí, penetrándome despacio, tomándose todo el tiempo del mundo para hacerme suya.