Sangre y rosas 1 48 Sloane #2
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48 Sloane #2

Se endereza con movimientos lentos como la miel, sin dejar de mirarme. Cuando se ha apartado, me incorporo y bajo de la cama, intentando que los nervios no se apoderen de mí. Puedo hacerlo. Solo he de seguir mostrándome decidida. No puedo ponerme a pensar en el precio que me tocará pagar después.

La cremallera de la bolsa ya está abierta, así que la abro un poco más para ver qué hay dentro…

y estoy a punto de desmayarme. En mi vida había visto nada igual.

Su contenido está a medio camino entre un sex shop y una ferretería.

Solo Dios sabe si las cintas metálicas o los cuchillos envainados son para jugar o para trabajar, y, francamente, me da miedo saberlo.

También hay otras cosas: mordazas de bola, esposas, cuerdas, un vibrador de bala plateado y brillante, todavía metido dentro de su caja…

Y al lado de todo esto, hay un puño americano, una pistola y una táser.

Y un rollo de cinta adhesiva que, para mí, es la guinda del pastel.

Un recordatorio muy claro de que Zeth no es un puto boy scout.

Es peligroso. «Y nunca ha fingido ser otra cosa», me recuerda una vocecilla en mi mente.

Levanto la vista y lo descubro observándome con atención, con los puños apretados.

Es casi como si lo hubiera hecho a propósito.

Me ha hecho mirar dentro de su bolsa negra.

Me ha obligado a ver quién es. Debe de pensar que saldré corriendo.

Debe de estar esperando a que lo haga. Pero yo ya no soy la Sloane tímida y reservada que era antes.

Aunque encuentre a Alexis y la lleve de vuelta a casa, para mí será imposible volver atrás.

Saco la pistola de la bolsa.

—Ponte de pie.

Zeth no estaría más sorprendido si le hubiera disparado ya con la maldita cosa.

—Sloane…

—He dicho que te pongas de pie. —Compruebo que el cargador esté bien puesto, le quito el seguro y apunto a su pecho.

Todavía estoy colorada, todavía estoy jadeando como loca, pero algo ha cambiado en mi interior.

Ya no estoy nerviosa. No con esta arma en la mano.

Zeth se pone de pie despacio, sin quitarme la vista de encima.

—Cuando te he dicho que sacaras algo de la bolsa…

—Sí, ya lo sé. No te esperabas que eligiera esto. Ahora quítate la camiseta.

Me obedece. Se desliza la prenda por la cabeza en un abrir y cerrar de ojos, como si no quisiera dejar de vigilarme ni un solo segundo.

Me gustaría tomarme unos instantes para apreciar la belleza del hombre medio desnudo que tengo delante, pero no puedo permitir que sepa lo mucho que me afecta.

En cambio, apunto a sus pantalones y enarco las cejas.

Entiende lo que le quiero decir: «eso también».

Se quita los zapatos y los pantalones, sin apartar la vista de mí en ningún momento.

—¿Y ahora qué? —pregunta.

—Cállate. Ven aquí. —Rodea la cama y se acerca a mí, vestido solo con los bóxeres.

Está tratando de intimidarme con su envergadura, pero no lo va a conseguir.

Esta vez no. Eso debe de resultarle muy inesperado.

Tengo la impresión de que lleva mucho tiempo confiando en que los demás se caguen de miedo con su estatura…

y yo estoy a punto de robarle esa ventaja—. Arrodíllate.

No me obedece de inmediato, así que le clavo el cañón de la pistola en el pecho, presionando lo bastante para hundir la piel y el músculo. Él lo pilla enseguida y se pone de rodillas.

—Ahora ponte las manos detrás de la espalda.

Me obedece también en eso. Lo rodeo sin dejar de apuntarlo con la pistola para llegar hasta la bolsa y saco la cinta adhesiva.

Con el corazón latiéndome desbocado y las manos temblándome como una hoja, encuentro el extremo, tiro de él y le ato las muñecas.

Estoy convencida de que en algún momento se dará la vuelta y me agarrará, pero no.

Me deja hacer, aunque se le ha acelerado la respiración, que ahora es más rápida y superficial.

Me detengo detrás de él, quieta. Necesito unos instantes para recomponerme.

Sé exactamente lo que voy a hacer con él, y es una perspectiva emocionante a la vez que aterradora.

Hundo los dedos en el pelo de su nuca, se lo agarro y le empujo la cabeza hacia delante.

Suelta un gruñido, pero no reacciona, no hasta que presiono el cañón de la pistola contra su cabeza.

Se le corta la respiración. Sé que tiene los ojos abiertos porque desde este ángulo atisbo sus pestañas largas y oscuras, pero no parpadea.

No se mueve. Se limita a mirar al suelo fijamente, conteniendo el aliento.

—Dime lo que sientes —ordeno.

Zeth expulsa una enorme bocanada de aire por la nariz.

—¿En serio? ¿Vamos a hablar de nuestros sentimientos ahora? Venga ya, Sloane.

Amartillo el arma.

—¡Joder! —exclama—. Vale, vale. Supongo que se podría decir que me estoy preguntando si me vas a volar la cabeza. ¿Contenta?

—No. Eso es lo que piensas, no lo que sientes. ¿Cómo te sientes?

—Pero ¿qué co…?

—Estás arrodillado en el suelo con una pistola en la nuca, preguntándote si estás a punto de morir. No me digas que no sientes nada, hostia.

—Vale, vale. Estoy cagado de miedo. Me estoy subiendo por las paredes. ¿Era eso lo que querías oír?

—Sí.

Se ríe con amargura.

—Estupendo. Me alegra ver que no soy el único sádico en esta relación.

—No soy una sádica. Y tú tampoco.

—Entonces, ¿qué coño estás haciendo, Sloane? —Parece exasperado.

Vuelvo a meter la pistola en la bolsa, sin olvidarme de ponerle el seguro, y me arrodillo detrás de él.

Acaricio con las puntas de los dedos los músculos definidos de sus omóplatos, deleitándome al ver cómo se estremece cuando lo rozo.

Desde ahí, alargo los brazos por entre los suyos para tocarle el pecho y el abdomen.

Estoy muy cerca de él, con el pecho pegado a su espalda.

Su piel huele al exterior, y a esas notas de sudor masculino.

No puedo evitarlo. Presiono los labios contra su omóplato y cierro los ojos.

—Dios, Sloane… —susurra. Nada más. No pregunta nada más.

Se limita a temblar mientras recorro con los dedos la piel de su vientre y más abajo, hasta llegar al principio de sus muslos.

Le beso los hombros, recorriendo su piel caliente con la lengua; le lamo y le muerdo, esta vez con suavidad.

No lo hago fuerte, como antes. Me duelen las rodillas de estar en esta postura, pero merece la pena, aunque solo sea por ver cómo su cuerpo cobra vida pegado al mío, reaccionando con un espasmo a cada una de mis delicadas caricias.

La ira que sentía hace unos instantes se acaba convirtiendo en algo más embriagador, más sexual, más básico.

El poder que tengo sobre él es increíble.

Podría hacerle lo que me diera la gana y…

Y, si soy realista, probablemente podría detenerme si quisiera.

Si sigue arrodillado donde yo le he dicho, es porque quiere, no porque yo lo esté obligando. Y sin embargo…

Bajo más las manos, y más aún, hasta que encuentro lo que estaba buscando.

Su polla erecta, rígida bajo los calzoncillos.

Él coge aire con fuerza cuando se la cojo con la mano y aprieto, tal como hizo él en su apartamento la segunda vez que nos acostamos.

No, no me acosté con él. Tenía razón en lo que ha dicho antes. Me lo follé.

—¿Me deseas? —susurro, arañándole la oreja con los dientes.

—Sí.

—¿Te vas a portar bien si te dejo venir a la cama a jugar conmigo?

Zeth suelta un gemido grave, gutural. Su respiración es rápida y desacompasada.

Nunca lo había visto así conmigo. El control es muy importante para él.

Siempre es él quien tiene la sartén por el mango, quien decide lo que ocurre entre los dos…

pero ahora no. Y no creo que se haya dado cuenta todavía.

Me pongo de pie y dejo que también él lo haga.

Tiene los ojos entrecerrados, los párpados medio bajados.

Cojo el cuchillo de la bolsa y corto la cinta para liberar sus manos; quiero que pueda participar en lo que tengo pensado hacer ahora.

Él se mete los dos pulgares por la cinturilla de los calzoncillos y se los quita sin que yo se lo pida.

Y entonces, dos segundos después de pensar que por fin se está entregando a mí, me doy cuenta de mi error.

Suelto un grito cuando se abalanza sobre mí y me agarra de la cintura.

—¡Zeth!

Su expresión perezosa y sexual ha desaparecido en un instante. Está encendido, efervescente de furia.

—Estás mal de la puta cabeza, ¿lo sabes?

—Me ha levantado del suelo, casi cargándome sobre su hombro.

Da tres zancadas y me lanza a la cama. Aterrizo sobre el colchón con un poco femenino «¡uf!»

, ya que de golpe me quedo sin oxígeno. Pataleo, tratando de levantarme de la cama y alejarme de él, pero no sirve de nada.

Soy toda brazos y piernas, presa del pánico, y Zeth es un depredador experto.

Me inmoviliza las manos sobre la cabeza antes de que logre bajar de la cama—. Deja de resistirte.

Oh, es lo que quiero, pero mi instinto me advierte de que no confíe en un hombre que guarda una Desert Eagle junto a sus juguetes sexuales. Él resopla con impaciencia y se tumba sobre mí, aplastándome contra la cama.

—Sloane, deja de retorcerte.

—¡Quítate de encima y pararé! —Cómo me arrepiento de haber sacado la pistola.

Me arrepiento muchísimo. No tengo ni idea de qué clase de castigo me va a infligir, pero estoy segura de que no me va a gustar—.

¡Has sido tú quien me ha pedido que lo haga, Zeth!

¡No puedes hacerme daño por hacer lo que tú me has pedido!

Se despega un poco de mí y retrocede para mirarme. La ira de su rostro se ha convertido en otra cosa.

—¿Hacerte daño?

—¡Por lo de la pistola! —Necesito que se quite de encima. Lo necesito. Me retuerzo contra él, pero el muy cabrón no se mueve ni un centímetro. Es como un peso muerto encima de mí.

—¿Qué quieres decir con eso de hacerte daño? —Su voz es fría. Distante.

—Yo no… Yo… —Por fin comprendo la incredulidad que hay en su expresión. No parece que quiera matarme. En todo caso, parece horrorizado.

—Yo nunca te haría daño, Sloane. ¿De verdad crees que lo haría?

Una vocecilla en mi mente responde que sí al instante, pero no me pertenece a mí. Pertenece a esa traicionera imitadora de Pippa que vive dentro de mi cabeza. El pánico remite, y me quedo exhausta bajo él. Dejo de resistirme.

—No, yo…

Pero Zeth percibe un destello de duda en mi mirada antes de que me dé tiempo a ocultárselo. Aprieta los dientes.