Sangre y rosas 1 48 Sloane
77%

48 Sloane

—¿En qué coño estabas pensando?

Más tarde, cuando Zeth vuelve a la habitación, no parece muy contento.

Es más, está furioso. Ha tenido casi ocho horas para calmarse desde lo ocurrido en el despacho de Jacob esta mañana, pero a juzgar por la nube de tormenta que lleva encima de la cabeza, estaba deseando echarme la bronca.

Entra en la habitación y se queda delante de mí, que estoy tumbada en la cama bocabajo con mi móvil nuevo en la mano.

Se inclina hacia delante, colocando las manos a los lados de mi cuerpo, y me fulmina con la mirada con tanta intensidad que se me pone la carne de gallina.

—¿Qué estás haciendo, Sloane?

—Estoy escribiendo a mi padre para asegurarme de que tu amiga sigue viva. ¿Te parece bien?

La ira desaparece momentáneamente de sus ojos.

—¿Y lo está?

—Sí.

—Dame el teléfono.

—¿Qué?

—Que me des el teléfono.

Intenta quitármelo, pero yo me incorporo y lo abrazo contra mi pecho con gesto protector.

—Creo que no. Ya estoy harta de que me robes el móvil.

—Sloane… —Se detiene. Se frota la cara con las manos y luego la cabeza, y gruñe entre dientes—. Dime lo que ha estado haciendo, ¿quieres?

—Está ayudando a mi padre a preparar el campamento juvenil de su iglesia.

Zeth se queda de piedra. Creo que le acabo de romper el cerebro.

—Perdona, ¿qué?

—Campamento. Juvenil. Iglesia. —Creo que esas son las tres palabras clave. Todavía no le he dicho que mi padre tiene pensado llevarse consigo a Lacey al campamento. No sé cómo se lo va a tomar.

—¿Y a ella le parece bien? —pregunta.

—En el mensaje que me ha mandado dice que sí.

—¡Por el amor de Dios, dame el puto teléfono!

—Se lanza de nuevo a por él y esta vez dejo que lo coja.

Parece sinceramente preocupado por la chica, y que yo me comporte así solo está contribuyendo a empeorar las cosas.

No debería picarlo así. Debería hacer todo lo posible por calmarlo después de mi actitud de esta mañana, pero lo que me apetece es chincharlo.

Cabrearlo un poco más. Ver lo lejos que puedo llegar.

El problema es que sigo enfadada con él.

Porque esta mañana me ha mostrado una faceta suya que no creía que existiera.

Una faceta dulce y vulnerable que se me ha clavado en el corazón.

«Me confundes». Eso es lo que ha dicho mientras dejaba que le acariciara la espalda y el pelo.

Mientras me abrazaba, todavía dentro de mí, después de que hubiéramos follado como dos salvajes enfurecidos.

Y luego ha arrastrado ese lado suyo a esa mazmorra húmeda y oscura donde la tiene encerrada y se ha vuelto a poner en modo cabrón.

Pero yo sé que no me lo he imaginado. Zeth Mayfair tiene un lado vulnerable.

Lo observo leer mis mensajes con Lacey y con mi padre y analizo sus reacciones. Sé lo que está leyendo.

Lacey:

Te gustaba mucho el rosa, ¿eh?

Yo:

Pues sí. También me gustaban NSYNC y los petos.

Lacey:

Ya. Tu madre me ha enseñado fotos.

Yo:

¡No me va a dejar olvidarlo nunca! Voy a quemar esas fotos.

Lacey:

No lo hagas. La dejarías hecha polvo. Es muy maja. Y tu padre también. Me ha tenido todo el día montando las tiendas.

Yo:

No dejes que te explote, Lace. Si te quieres ir, dímelo y mandaré a alguien a rescatarte, ¿vale?

Lacey:

Está bien, me gusta. Es divertido. ¿Saludarás a Zee de mi parte?

Y luego, por supuesto, están los mensajes de mi padre:

Doctor Sloane:

Tu madre la ha pillado llorando en el baño esta mañana. No me lo has contado, así que no me quiero inmiscuir, pero me da la sensación de que esta chica no está bien.

Yo:

No, no del todo. Pero no intentes arreglarla. Ya está viendo a alguien para eso.

Doctor Sloane:

Pues ese alguien no está haciendo un buen trabajo.

Yo:

Tú encárgate de mantenerla ocupada, ¿vale?

Doctor Sloane:

Ya estoy en ello, cariño.

Agradezco al cielo que Lacey no haya escrito «saluda a mi hermano de mi parte» en lugar de «Zee».

Habría sido una manera muy brusca para él de descubrir la verdad, que la joven a la que ha estado cuidando durante seis meses es en realidad de su misma sangre.

Su hermana. Zeth tiene un aspecto adorable mientras mira mi móvil con el ceño fruncido y relee los mensajes. Adorable en plan aterrador.

—¿Va a intentar convertirla? —pregunta.

Me encojo de hombros.

—Es posible que le pregunte en qué cree. Pero no insistirá. No es de esos.

Zeth se limita a asentir. No sé lo que está pensando. Se ha retraído a un lugar muy profundo dentro de sí mismo, un lugar en el que me costaría alcanzarlo. Y luego, igual de rápido, parece recordar lo que ha ocurrido y el Zeth de antes vuelve a resurgir. Me lanza el móvil y dice:

—No has contestado a mi otra pregunta. ¿Qué narices pensabas que estabas haciendo esta mañana?

Estoy empezando a pensar que este chico es bipolar.

Cambia de actitud a una velocidad delirante.

Al principio no me fijé. Simplemente, tenía la impresión de que era un arrogante y de que estaba cabreado todo el rato, pero he empezado a darme cuenta de una cosa: sus emociones negativas son lo que le ancla.

Lo que evita que se retraiga a un lugar al que no quiere ir.

Quizá, al que se ha retraído hace un instante.

¿Será consciente de que ha desarrollado ese mecanismo? Lo dudo.

—Jacob sabía que yo no era una idiota sin neuronas, Zeth. No tenía sentido mentirle.

—¿Y has decidido que era mejor mentirle sobre mí? ¡Me conoce! Sabe que yo nunca… —Empieza a pasearse de un lado a otro, decidido a agujerear el suelo de madera pulida.

—¿Que tú nunca qué?

—Que yo nunca me sometería a una mujer. No de ese modo.

—Eso es mentira. Me dijiste que te dominara la primera vez que…

Zeth me mira con una ceja enarcada y una expresión divertida.

—¿La primera vez que follamos? ¿Ves? No puedes ni decirlo.

Por eso te dije que me dominaras. Porque ver cómo lo intentabas era demasiado excitante.

Te sientes muy incómoda en tu propia piel, Sloane.

Solo quería que te liberases de eso. Si te proponía un juego para que lograras hacerlo…

—Esta vez le toca a él encogerse de hombros.

Lo fulmino con la mirada. Estoy empezando a sentirme acalorada.

—Yo no estoy incómoda en mi propia piel. De los dos, eres tú el que no se siente cómodo en su propio cuerpo.

Una sonrisa de oreja a oreja se despliega en su hermoso e increíblemente irritante rostro.

—Pero ¿tú me has visto, cariño? —Estira los brazos—. Parezco un puto modelo de Abercrombie and Fitch.

Uf, mira que se lo tiene creído, el muy cabrón.

—¡Pues no! ¡Lo que pareces es un puto criminal! De hecho, ¡eres un puto criminal!

—¿Un criminal que trabaja de modelo para Abercrombie and Fitch?

—¡Bah! —Contemplo la posibilidad de tirarle el móvil a la cara, pero me lo pienso mejor y opto por lanzarle un cojín, que le da en la cabeza.

Es mucho menos satisfactorio de lo que habría sido atizarle con el móvil, pero él está demasiado ocupado riéndose de mí como para que me importe.

Y de repente me doy cuenta de lo que está haciendo: se está riendo.

Se está riendo de verdad, como una persona normal.

Y así, sin más, mi rabia se esfuma. Me quedo en silencio, perpleja por lo mucho que me sorprende.

Él recoge el cojín que está a sus pies, todavía riéndose suavemente, y lo tira en la cama, ajeno a la reacción que ha provocado en mí.

—Bueno, al margen de cuál haya sido la razón, nos has metido en una situación muy incómoda, Sloane Romera. Tendrías que habérmela chupado y punto, joder.

—¿Qué?

Se dirige al vestidor donde ha guardado la bolsa negra esta mañana y, sorpresa, sorpresa, la vuelve a sacar. Solo de verla me empiezan a sudar las manos.

—Ahora tenemos que pensar un modo de conseguir que Jacob se crea que tienes tantas pelotas como le has dicho que tienes o, de lo contrario, estaremos metidos en un lío de cojones, ¿no te parece?

Ya sospecha de mí. Sobre todo ahora que sabe que si Michael está aquí, no es porque Charlie lo haya mandado para espiarme.

—Espera, ¿qué? ¿Michael está aquí? ¿Tu Michael?

Zeth resopla, lleva la bolsa negra a la cama y la abre.

—Está en una habitación en este mismo pasillo, pavoneándose como si fuese el dueño de la villa.

—No lo entiendo.

—Ni falta que hace. —Zeth ya no parece de tan buen humor como antes. Cuando termina de rebuscar en su bolsa de juguetes, se vuelve hacia mí—. Lo único que tienes que hacer es elegir algo de esta bolsa y usarlo conmigo. Y hacer que se lo crea.

—Pero…

—Ahora mismo.

—Yo… no puedo. No es tan sencillo, Zeth. No puedo simplemente decidir…

Se abalanza sobre mí y me tapa la boca con la mano.

—Cállate. —Se sube a la cama y se pone encima de mí, dejando el rostro a un par de centímetros del mío—. Menos hablar y más hacer.

A pesar de su orden, veo en sus ojos que está convencido de que voy a fracasar en esta tarea.

Esto es exactamente lo mismo que cuando me dijo que lo dominara.

Se cree que me sentiré demasiado cohibida para hacerlo.

Pues vale. O sea, que «menos hablar y más hacer», ¿no?

Pues le voy a dar lo que quiere y no le va a gustar.

Todavía me tiene la boca tapada con la mano, así que me giro y le muerdo el dedo índice.

—Sloane.

Le muerdo más fuerte mientras le miro a los ojos. Aprieta los labios, pero no dice nada más. Lo siguiente que tengo pensado requiere que lo suelte. Cuando aparta la mano, veo el círculo enrojecido que han dejado las marcas de mis dientes. Me alegro. Ya era hora de que le dejase marcas yo a él.

—Quítate de encima —le ordeno.

Él entorna los ojos.

—¿Por qué?

—No hagas preguntas y obedece.

Esboza una sonrisa lobuna y peligrosa. Se la borro de inmediato con un bofetón. Un bofetón bien fuerte.

—¿Te lo tengo que repetir? —pregunto. Me arden las mejillas; debo de estar ridícula, acalorada y roja como un tomate, sobre todo teniendo en cuenta lo rápido que me sube y me baja el pecho.

Pero Zeth no me está mirando ni el pecho ni las mejillas.

Me está mirando a los ojos, y está hipnotizado.

Veo que no sabe cómo reaccionar a lo que acabo de hacer, que se siente confuso.

Odia que le abofetee, lo sé porque ya he sufrido las consecuencias.

Y, sin embargo, esto se lo ha buscado él. Él me ha ordenado que lo haga.