47 Sloane #3
—¿Y no se lo comentaste a Anton cuando te trajo aquí abajo? —Jacob se ha puesto de un enfermizo color verdoso. Además, está sudando, lo que indica que no se encuentra nada bien.
—No me lo preguntó. —Michael se encoge de hombros y enarca las cejas al mismo tiempo; la viva imagen de la indiferencia—. Parecía más interesado en darme puñetazos. No ha habido mucho tiempo para charlar.
Yo estoy siendo testigo de toda la conversación desde el borde de mi asiento.
Michael es un auténtico descerebrado si se ha inventado una mentira como esta, porque ahora llega el momento de que Jacob llame a Rebel y le pregunte si les ha mandado a su primo.
¿Y cuál será la respuesta de Rebel? «No, claro que no. Cárgate a ese puto mentiroso».
Y Rebel no es alguien a quien quieras cabrear.
Es de esa clase de hombres que hacen que tipos como Jacob tiemblen como una hoja.
Tiene el poder suficiente para hundir a cualquier organización que le venga en gana.
Es el jefe de la banda de moteros más grande de California, Washington y Nuevo México, y, casualmente, también es el mismo hijo de puta que intentó comprar una noche con Sloane hace dos años.
Es un cabrón violento que tiene debilidad por las chicas que son víctimas de la trata de personas.
Chicas que tienden a desaparecer después de pasar la noche con él.
Esa es la razón por la que intervine cuando me enteré de que Eli le iba a vender a Sloane.
Y Michael acaba de decir que está emparentado con ese tipo…
Jacob no parece saber qué hacer. Se inclina hacia atrás, se rasca la barriga y se vuelve a echar hacia delante con el ceño fruncido.
—¿Y cómo se supone que tengo que verificar esto que me cuentas?
Porque lo que dices es una puta locura. Si me estás mintiendo, sabes que ahora ya no valdrá solo con matarte, ¿no?
Tendré que dejar que mis muchachos te muelan a palos.
Y luego tendrán que traerte de entre los muertos para que Rebel te pueda matar otra vez con sus propias manos por haberte atrevido a mentar su nombre.
Tiene toda la razón. Rebel querrá matarlo con sus propias manos. Pero Michael ni se inmuta al oír lo que le pasará si lo pillan en una mentira. Está más tranquilo que nunca, el muy cabrón.
—¿Sabes qué, Jacob? —Michael adereza su tono de voz con la falta de respeto suficiente para que yo me estremezca—. ¿Por qué no le haces una foto a mi cara bonita y se la mandas a mi primo? Y que él mismo te diga si tenemos o no la misma sangre.
Los engranajes del cerebro de Jacob parecen rechinar del esfuerzo mientras trata de decidir qué hacer. Al final, le hace la foto y escribe rápidamente un mensaje. Su teléfono anuncia con un pitido que el mensaje se ha enviado.
Los siguientes minutos son insoportables.
Jacob tiene el móvil encima de la rodilla y la mirada fija en Michael.
Puede que sus años de gloria hayan quedado atrás, pero la amenaza que subyace en su mirada es inconfundible.
Siempre he sabido que tendré una muerte horrible —al fin y al cabo, no te vas a pasar la vida esquivando las balas decididas a destrozarte los órganos vitales; nadie tiene tanta suerte—, pero he de admitir que jamás pensé que sería en un burdel de los Black Talons.
Y nunca pensé que tendría tanto miedo por la seguridad de la mujer que dejaré sola entre ellos si…
Una luz blanca y brillante ilumina la pantalla del móvil de Jacob, y casi se le cae de la rodilla cuando empieza a vibrar. Está llamando. Rebel está llamando, joder. Con un mensaje habría bastado, pero no. Una llamada. ¿Qué coño significa esto?
Michael mira el móvil y arquea una ceja.
—Si conoces a mi primo, sabrás que no le gusta nada que lo hagan esperar.
Una sospecha empieza a abrirse paso en el fondo de mi mente. No es posible que Michael esté tan seguro de sí mismo en un momento como este. A no ser que… A no ser que…
—Rebel, amigo mío. —Jacob responde a la llamada con recelo, como si estuviese llegando a la misma conclusión que yo—. Gracias por llamar. Perdona que te moleste con este…
La voz áspera al otro lado de la línea lo interrumpe. A Jacob se le van abriendo los ojos mientras escucha; con los dedos de la mano que tiene libre, tamborilea distraídamente en un lado de su silla.
—Bueno, yo no lo he ordenado, eso te lo aseguro.
Yo… —Jacob exhala y se pellizca el puente de la nariz—.
Ya lo sé. Yo… —No parece que Rebel esté de humor para dejar que Jacob abra la boca.
El jefe de los Black Talons va empalideciendo a medida que escucha lo que el hombre que tiene al teléfono está diciendo, sea lo que sea—.
Sí, estoy de acuerdo. Estoy totalmente de acuerdo. Es inacepta…
Se oye una especie de rugido en el móvil y luego… nada más. Jacob se aparta el aparato de la oreja y se queda mirando la pantalla. No está acostumbrado a que la gente le cuelgue, así que la expresión de su cara es desternillante.
—¿Cómo está mi primo, Jacob? —pregunta Michael.
O sea que es cierto. No me puedo creer que Michael me haya ocultado este pequeño detalle durante tanto tiempo.
Y ¿por qué cojones ha estado trabajando para mí cuando podría ser un pez gordo en la puta organización de su primo?
El cabrón arrogante se las arregla para disimular la sonrisa de suficiencia, pero su voz trasluce demasiada satisfacción como para que logre ocultarla.
Y Jacob es justo el tipo de persona capaz de matar a alguien por mostrarse como un capullo arrogante, pero a Michael no lo mata.
Deja el móvil a un lado con una expresión pensativa.
—No le ha hecho mucha gracia ver un moratón en la cara de su único primo —contesta despacio mientras mira a Michael a los ojos—. He de disculparme por el maltrato que has sufrido a manos de mis hombres. Si lo hubiera sabido, yo…
Michael se limita a asentir.
—Solo ha sido un malentendido. —Levanta las manos y señala las esposas con la barbilla—. Pero supongo que ahora no tendrás inconveniente en quitarme esto, ¿no? Me aprietan un poco.
Jacob adquiere un color morado, no sé si de horror, de vergüenza o de furia. Sin embargo, le hace señas a Clark.
—Suéltalo.
Clark, obediente empleado, hace lo que le piden. Michael se masajea las muñecas, todavía con esa arrogancia escrita en la cara.
—Me estaba preguntando si no tendrás un cuarto de baño que pueda usar… —dice Michael—. Llevo tres días aquí encerrado. No me vendría nada mal una ducha.
La mayoría de los hombres huirían despavoridos después de escapar de una situación como esta en el sótano de Jacob Dixon, pero no el mío.
A juzgar por la chispa que veo en su mirada, Michael parece tener la intención de quedarse por aquí.
A Jacob le tiembla la papada. Está cabreado como una mona, pero ¿qué va a decir?
—Por supuesto, amigo mío. Por supuesto. —Se pone de pie y señala la puerta, todavía temblando por lo que solo puedo suponer que siente como un agravio.
Michael se dispone a salir, pero antes se vuelve hacia mí y me ofrece la mano.
—Siento oír que tienes problemas, tío. Si necesitas ayuda con ese tal Charlie Holsan, házmelo saber. Seguro que puedo tirar de algunos hilos.
Qué poca vergüenza tiene el cabrón. Me dan ganas de cruzarle la cara de una bofetada.
Si hubiera sabido que era el primo de Rebel, quizá le habría pedido que tirase de esos hilos hace tiempo.
O quizá no. Tratar con Rebel es como tratar con el diablo; no me gustaría deberle nada a ese tipo.
Le estrecho la mano a Michael apretando mucho más de lo necesario.
A cambio, él me dedica una sonrisa santurrona y sale del matadero de Jacob pavoneándose como si viniese de disfrutar de un fin de semana a todo lujo en el Ritz.