47 Sloane #2
Pasamos por más puertas abiertas hasta que llegamos a la que se encuentra al final del pasillo, que está cerrada.
Ya sé quién está dentro de esa habitación.
Estoy rezándole a todo lo sagrado por que Michael siga vivo, porque, si no, voy a mandar mi tapadera a tomar viento y me voy a cargar hasta al último hijo de puta al que le ponga las manos encima.
O me moriré intentándolo, más bien, y entonces sí que se irá todo a la mierda…
Porque también está Sloane. Si estoy muerto, no podré protegerla.
—Clark, abre la puerta —le ordena Jacob al otro guardia, al que estaba con Anton cuando llegué al complejo.
Pero Clark no es como Anton. Hace lo que le dicen sin dar su puta opinión sobre cualquier chorrada.
Y no parece odiarme tanto como Anton. Se limita a hacer su trabajo y a mantener la boca cerrada.
Quizá eso lo haga parecer menos amenazante, pero es más bien lo contrario.
Anton me ha enseñado sus cartas. Sé lo que le ronda por la cabeza a ese imbécil cada puta vez que lo miro…
pero no tengo ni idea de lo que rumia Clark. Es un desconocido. Una amenaza.
Va al grano y abre la puerta, y yo me preparo para lo que tal vez me esté esperando al otro lado. Al principio, la envergadura del cuerpo de Jacob me tapa la vista, pero no tardo en descubrir lo que hay en el interior.
Michael está sentado en un sillón, con las manos esposadas delante de él, viendo la televisión. En la habitación no hay nada aparte del sillón y la tele, que está encima de una caja de madera astillada. Mi segundo al mando no levanta la mirada cuando entramos. Sigue concentrado en la pantalla.
En las fotos que los hombres de Jacob le habían hecho poco después de capturarle, salía con un ojo morado y el labio partido, así que daba por hecho que a estas alturas estaría en peores condiciones…
pero parece que estaba equivocado. Está bien.
Vale, no bien bien, pero no le han dejado mucho más magullado.
El moratón que tiene debajo del ojo derecho es de un intenso color púrpura que destaca sobre su piel marrón, pero los bordes están empezando a amarillear y la herida del labio ya se le ha secado.
Jacob entra en la habitación y se detiene un momento para mirar la televisión.
—¿America’s Next Top Model? ¿Es que eres gay, capullo? —pregunta Jacob en tono despreocupado.
Michael, mi hombre, mi mano derecha, esboza una sonrisa de suficiencia y enarca una ceja.
—Sí, por eso estaba espiando a las chicas que tenéis aquí encerradas. Porque soy gay.
Jacob se ríe por la nariz y asiente despacio.
Por fin Michael aparta los ojos de la tele y dirige su mirada de indiferencia hacia nosotros.
Su expresión permanece igual de impertérrita cuando me ve a mí, y en mi fuero interno le aplaudo como un puto idiota.
En serio. A la mayoría de la gente se le notaría algo, darían alguna muestra de haberme reconocido, por mínima que fuera, pero no Michael.
—En fin —dice Jacob—. Supongo que te ayuda a entender cómo piensan las tías. ¿Has aprendido algo interesante?
—¿Lo despiadadas y competitivas que son todas?
—Michael se frota la nariz con el dorso de la mano.
Parece sentirse cómodo aquí. Habrá estado así desde que lo han bajado, una actitud que no me cabe duda de que habrá sacado a todos de sus casillas.
El problema es que un pervertido cualquiera al que hubieran pillado espiando a las tías mientras se duchaban no reaccionaría con tanta serenidad.
Seguramente se estaría cagando en los pantalones.
Tal vez los Talons no sepan nada sobre Michael, pero su actitud ya les da a entender lo suficiente.
No es un pervertido cualquiera. Es alguien, alguien a quien tarde o temprano otro alguien echará de menos.
Jacob se acerca al sillón y coge el mando a distancia. Apaga la televisión y Michael suspira cansado y se vuelve, por fin, hacia nosotros.
Cuando nuestras miradas se encuentran durante una fracción de segundo, sigo sin ver nada en la suya. Ninguna advertencia. Ni una chispa que delate que me conoce. Nada. Me muero de ganas de transmitirle algún mensaje, pero no puedo. Si lo hago, estamos los dos muertos.
—Veo que te has traído a la artillería pesada —comenta.
Jacob chasquea los dedos y Clark sale de la estancia a toda prisa.
—Sí, colega, he traído a los pesos pesados especialmente para ti. Te hemos concedido un poco de tiempo para pensar en lo que has hecho y por qué estamos aquí, y ahora hemos venido a charlar contigo. ¿Te gustaría hablar de algo en concreto, capullo?
Clark reaparece con un taburete de madera en cada mano y los coloca delante de Michael. Jacob se sienta en uno. Parece que el otro es para mí, así que me siento mientras intento deducir por dónde van a ir los tiros. Me temo que tiene mala pinta. Muy mala pinta.
—Pues la verdad es que no —responde Michael, dejando caer la cabeza hacia un lado.
Tiene la camisa mugrienta, llena de sangre. No es suya. No es posible que el labio le haya sangrado tanto, y tiene la nariz intacta, de manera que esa sangre debe de ser de otra persona. Qué subidón. Mi hombre es muy peligroso cuando tiene que serlo, joder.
Pero Jacob no está muy impresionado con este numerito de indiferencia. Se inclina hacia delante, haciendo crujir el taburete bajo su peso.
—Ahora mismo no tengo tiempo de torturar a nadie. Te voy a hacer dos preguntas, y después lo que usaremos no serán palabras. ¿Me has entendido?
Michael mira a Jacob, luego a mí y después a Clark, como si estuviese sopesando sus opciones. Hasta yo sé que ahora mismo pinta todo de pena. Pero Michael también sabe que yo le cubro las espaldas. Que no dejaré que lleguen demasiado lejos sin antes intervenir.
—Claro —contesta—. Pregunta.
—¿Ves a este hombre que tengo al lado? —Jacob señala a su derecha. A mí, joder. Michael asiente, y Jacob añade una sonrisa desquiciada a su expresión arrogante—. Estupendo. ¿Lo habías visto antes?
—Pues no.
—¿Estás seguro? ¿No te suena de nada el nombre de Zeth Mayfair?
—Qué va. —Michael es como un puto muro de cemento.
Niega categóricamente que me conozca. Hace casi ocho años que somos amigos y socios, casi ocho años que nos vamos de copas juntos, pero mirando a Michael a los ojos, nunca, jamás, sospecharías que miente.
Podrías conectarlo a un detector de mentiras y sería capaz de engatusar a la máquina. Pero Jacob es un cabrón muy insistente.
—¿Te suena de algo el nombre de Charlie Holsan?
—No.
—Entonces, ¿no te ha contratado nadie que se llame así? ¿Nadie con ese nombre te ha pedido que sigas a este hombre hasta mi casa? ¿Que perturbes nuestra paz?
Hostia puta. ¿Jacob sospecha que Charlie ha mandado a Michael aquí a espiarme a mí?
Supongo que, para él, eso es lo único que tiene sentido.
No se me había ocurrido que podía llegar a esa conclusión.
He estado demasiado absorto preocupándome por mis verdaderas razones como para pensar en eso.
Jacob no tiene motivo alguno para sospechar que he venido aquí a robarle a una de sus chicas.
¿Por qué iba a pensar algo así? Sería una estupidez hacerlo. Un puto suicidio.
—Ya te lo he dicho. No conozco a este tío ni tampoco conozco esos nombres.
Me despidieron de mi trabajo y me dieron un finiquito de puta madre.
—Michael pone los ojos en blanco, como si estuviese harto de contar esta historia—.
Mi primo me había hablado de este sitio.
Me dijo que aquí tenéis coños de categoría, así que pensé en haceros una visita.
Y quería ver a las chicas antes. No es ningún crimen, ¿no?
¿Por qué debería malgastar mi dinero si el producto no es como lo publicitan?
Mierda. Entonces llevaba dinero cuando lo pillaron.
Mucho dinero. Y sé que es mucho porque yo mismo se lo di para que se lo entregase a Rick.
Demasiado como para que un ciudadano de a pie lo lleve en su bolsillo, pero suficiente si piensas pagar por una o dos chicas de Jacob Dixon.
El único problema es que la gente que conoce este sitio también sabe que no puedes presentarte aquí sin más, pensando en comprarte a una de estas chicas sin invitación. Eso también es un suicidio.
Clark frunce el ceño, juntando las cejas como si estuviese pensando lo mismo que yo. Jacob asiente, valorando la mentira de Michael. Puede que no se la crea, pero no me cabe duda de que la está tomando en consideración.
—¿Y quién es ese primo tuyo? ¿Es alguien que venga aquí a menudo?
Una pregunta importante. Si Michael no le dice a Jacob cómo se llama su primo, está muerto.
Si Michael se inventa un nombre falso y Jacob sabe que está mintiendo, está muerto.
No tengo ni idea de cómo va a salir de esta.
Me pongo recto en el taburete, preparado para actuar.
Si veo que Jacob o Clark echan mano de sus armas, estaré levantado y disparando antes de que puedan hacerlo ellos.
O eso espero.
Michael sigue tan tranquilo. Joder, he de admitirlo: sabía que Michael era frío como un témpano, pero si me fijo en el pulso que le late firmemente en el cuello, casi ni lo aprecio.
Hasta yo estaría sudando un poco si estuviese aquí abajo esposado, obligado a ver reposiciones de America’s Next Top Model.
—Mi primo es uno de tus clientes habituales, te lo aseguro. Te podría dar su verdadero nombre, pero no se pondría muy contento.
El que no está contento es Jacob.
—No es momento de andarse con gilipolleces, amigo. A ver si me entiendes. Estás a esto de que te arranquemos la piel a tiras y te dejemos tirado en el desierto para que te coman los buitres. Te recomiendo que actúes en consecuencia.
Michael sonríe con suficiencia.
—En fin, entonces tendré que seguir tus recomendaciones. No me corresponde a mí decirte cuál es el nombre de pila de mi primo, pero habrás oído hablar de Rebel, ¿verdad?
Jacob suelta un silbido de golpe, como si Michael le acabase de dar un puñetazo. Clark da un paso al frente y carraspea, nervioso. Quiere disparar a Michael, o al menos quiere saber si Jacob quiere que dispare a Michael. Jacob le hace un gesto, moviendo la muñeca con rapidez: que recule.
—¿Eres el primo de Rebel?
Michael sonríe con la astucia del gato que se comió al ratón.
—Y su padre es mi padrino, por si con eso no te basta.