Sangre y rosas 1 47 Sloane
73%

47 Sloane

No veo a Zeth en lo que queda de día. No veo a nadie.

Ni a las chicas, ni a los guardias… Absolutamente a nadie.

La gente parece haber desaparecido. La villa parece el Mary Celeste, con los platos de comida a medio comer, abandonados sobre las encimeras de la cocina, y los televisores encendidos y emitiendo telenovelas cursis para un público invisible.

Algo pasa, y no tengo un buen presentimiento.

Salgo a la zona de la piscina y me pongo a leer, como he dicho que haría, pero mis ojos se deslizan sobre las páginas sin rumbo y las palabras impresas se emborronan, porque no hago más que pensar en las últimas veinticuatro horas.

He escapado de mi hogar. Me he enfrentado al momento de ver a mi padre por primera vez en doce meses.

Me han amenazado a punta de pistola, he sufrido la ira de un furioso…

¿qué? ¿Novio? ¿Socio? Me ha azotado sin piedad por mi desobediencia y ahora, por si todo eso fuera poco, he informado al jefe de los Black Talons de que en mi relación con Zeth Mayfair soy yo la que tiene la sartén por el mango.

Y nada podría estar más lejos de la realidad.

Jacob debe de haber sido consciente de que estaba mintiendo como una bellaca.

A ver, solo hace falta mirar a Zeth para darse cuenta de que no es la clase de hombre que se inclina ante nadie, y menos aún ante alguien tan inferior físicamente. Yo. Una mujer.

Cuando veo a otro ser humano, ya son más de las cuatro de la tarde.

Es una mujer alta y grácil con el pelo del color del cobre y la canela.

Cruza el patio a paso ligero y contoneando las caderas, directa hacia mí, con los ojos escondidos tras unas gafas de sol enormes y oscuras.

Lleva un bañador, pero con unas aberturas laterales que dejan expuesta la mayor parte de su cuerpo, y tiene unas tetas como las que se ven en los videoclips, esas que te gusta pensar que son operadas aunque sabes perfectamente que son naturales.

Se mueven de forma hipnótica con cada paso que da hacia mí.

Cuando la tengo delante, pone los brazos en jarras y ladea una pierna, adoptando una postura clásica de supermodelo.

Me mira con una expresión que es a la vez intimidante e inescrutable, sobre todo debido a las enormes gafas que le ocultan los ojos.

—Maria Dela Rosa —dice.

—¿Maria Dela Rosa?

—Sí. —La pelirroja se sienta en la tumbona que tengo delante con la elegancia de una grulla plegándose suavemente en su propio cuerpo—.

La madre de Jacob. Fue actriz en los años cincuenta.

Cantaba ópera, ¿te lo puedes creer? Su interpretación de Casta Diva era la mejor en aquella época.

Y fue la última persona que cabreó a Jacob como lo has cabreado tú esta mañana.

—Saca un cigarrillo del bolsito que lleva en la cadera y se lo enciende, formando una «o» perfecta con los labios—.

Eso pasó hace siete años. Todavía se enfada cuando lo piensa.

—¿Y qué hizo la cantante de ópera Maria Dela Rosa para enfadar a Jacob de ese modo?

—Morirse, claro. —La pelirroja da una calada al cigarrillo, se traga el humo unos instantes, se vuelve para que el sol le acaricie la cara y lo exhala.

Unos delicados hilos de humo rizados salen de su boca y de su nariz, como si una mano fantasmal le acariciara el rostro—.

Jacob quería mucho a esa vieja bruja. Creo que quería que viviera eternamente.

Y, ahora que lo pienso, probablemente ella también.

—Suelta un gruñido y esboza una fugaz sonrisa—.

Supongo que el universo los decepcionó a los dos.

Sufrió un fulminante ataque al corazón una mañana, durante el desayuno, y acabó con la cara aplastada contra las tostadas francesas.

—Prorrumpe en carcajadas, unas carcajadas tan perfectas y femeninas que, una vez más, me da la sensación de que son falsas.

Me regaño a mí misma por ser tan poco generosa.

Al fin y al cabo, la mujer es amable, si bien un poco brusca.

Desliza las gafas de sol por el puente de la nariz, revelando unos ojos azul oscuro ligeramente rasgados.

Ojos de gato. Y de un color muy extraño para alguien con un pelo tan rojo—. Supongo que no sabes quién soy.

—Por desgracia, no.

¿Debería darle un apretón de manos? ¿Es algo habitual entre las trabajadoras sexuales?

¿Es acaso una trabajadora sexual? Jacob ha dado a entender que las chicas del complejo no eran precisamente librepensadoras, pero esta mujer parece inteligente y muy lúcida.

Ladea la cabeza y me observa de arriba abajo.

—Soy Alaska, la amante de Jacob. Y supongo que tú eres la intrusa loca que apareció en mitad de la noche pidiendo a gritos que la mataran, ¿no?

Yo también me echo a reír y me encojo de hombros, quizá tratando de restarle importancia a uno de los momentos más aterradores de mi vida.

—Sí, esa soy yo. Encantada de conocerte.

Esa pequeña muestra de educación parece sorprenderla.

—¿De verdad?

—Por supuesto. Desde que he llegado, eres la única persona que no me ha gritado, no me ha puesto una pistola en la cara o me ha pedido que realice prácticas sexuales delante de él.

Alaska no se ríe, pero esboza una sonrisa sardónica. Da otra calada al cigarrillo y exhala el humo hacia mí.

—Ay, cariño…, dame tiempo. —Hace una mueca, mira con asco el cigarrillo que lleva en la mano y lo tira a la piscina, donde sisea al entrar en contacto con el agua y se apaga—.

Hace demasiado calor para fumar. —Se pone de pie y se vuelve a subir las gafas de sol, escondiendo los inteligentes ojos de gata—.

Jacob dice que, debido a tu acuerdo con Zee, eres libre de rechazar la invitación, pero las otras chicas y yo vamos a empezar a prepararnos para la fiesta de mañana.

Si no te portas con ellas como una cabrona, serán majas.

Depende de ti. —El cambio en su tono de voz es muy sutil, pero no se me escapa.

Ella no está encantada de conocerme, y mi acuerdo con Zee no le hace ninguna gracia.

Quizá se haya enterado de que esta mañana he reivindicado que me pertenece, o quizá piensa que no soy más que el trozo de carne con el que se acuesta.

En cualquier caso, soy lo bastante lista para darme cuenta de que no le gusto—.

Nos reuniremos en la casa de las chicas después de cenar.

Pero antes de ir, diles a los guardias que Jacob está de acuerdo o, de lo contrario, te dispararán.

Antes de que pueda contestar, se acerca a la piscina y se sumerge, curvando el cuerpo en un arco perfecto para no salpicar.

Recojo mi libro y vuelvo al interior de la villa antes de que salga por el otro lado de la piscina.

Hay algo en ella que no me gusta. Me da la sensación de que todavía no he conocido a la verdadera Alaska, y dudo mucho que la auténtica sea una mejora respecto a la versión que acabo de conocer.

Al fin y al cabo, ella misma me lo ha dicho: «Ay, cariño…, dame tiempo».

Y lo cierto es que me puedo imaginar perfectamente a la pelirroja Alaska con un arma en la mano.

ZETH

Hay pocas cosas en esta vida que me dejen descolocado.

A estas alturas, solo espero mierda de gente de mierda, de manera que nunca me sorprendo cuando uno de los hombres de Charlie, e incluso alguno de los míos, me hace alguna putada.

Pero ¿Sloane? Joder, Sloane no deja de sorprenderme.

A veces de un modo muy entretenido, de un modo que me pone a cien.

Y otras veces, de un modo desesperadamente estúpido e idiota.

Todavía no tengo claro en qué categoría englobar su numerito de esta mañana, pero, cuando lo haga, me voy a encargar de que sufra las consecuencias.

Tiene que entender de una vez que aquí no puede venir con estas salidas de tono, al menos si quiere sobrevivir.

Y puede que yo no sea gran cosa, y que no tenga gran cosa, pero siento bastante apego por mi propia vida.

Y me gustaría conservarla durante la mayor cantidad de tiempo posible.

No le voy a contar cómo ha reaccionado Jacob cuando ha salido de su despacho esta mañana.

Si lo hago, pensará que le puede hablar así, y no puede, ni de coña.

No puedo yo. No puede Alaska ni puede Charlie.

En ese momento he pensado que iba a sacar la pipa y le iba a pegar un tiro en la nuca directamente, y sin embargo se ha descojonado, el muy cabrón.

Me ha dicho que entendía por qué me la estaba follando y unas cuantas cosas más.

—Tío, si te cansas de ella, me la mandas, ¿vale? No me importaría que un coñito peleón como ese jugara un poco conmigo.

Resulta que Sloane era solo la mitad del problema que tenía Jacob, de modo que una vez ha decidido que no era ninguna amenaza, ha pasado directamente a su otra preocupación: Charlie.

—Hoy te voy a necesitar a mi lado, Zeth. Necesito que me expliques exactamente por qué has salido huyendo de Seattle como un perro con el rabo entre las piernas. Además, tu ayuda no me vendría mal… Tengo un negocio del que ocuparme.

No había gran cosa que pudiera hacer o decir para negarme. De haberlo hecho, solo habría conseguido parecer culpable.

—Vale. Te ayudo encantado. —«Y encantado te metería un balazo en la nuca. Encantado le prendería fuego a tu puto complejo y danzaría ante el infierno como un pirado»—. ¿Qué tipo de negocio?

—¿Hay más de un tipo? —ha contestado encogiéndose de hombros.

Y así es como hemos terminado en su sótano.

Nunca había estado aquí abajo. El sótano es donde uno esconde la mierda más turbia que tiene.

Si acabas en un sitio así, o formas parte del círculo de confianza o estás bien jodido.

Albergo la esperanza de que sea lo primero, pero, a decir verdad, es bastante más probable que sea lo segundo.

Lo que ocurre aquí abajo es evidente. En la planta subterránea del complejo hay una serie de habitaciones pequeñas, cubículos de cemento sin muebles y con bombillas desnudas colgadas del techo.

En el suelo agrietado de cada celda hay unas rejillas de desagüe.

Así es más fácil deshacerse de los restos.

En la tercera habitación por la que pasamos hay una cama de hospital en la que descansa Anton Medina, con un gotero puesto y el brazo derecho en cabestrillo.

Está viendo la tele con cara de pocos amigos.

Está claro que sigue cabreadísimo por la paliza que le he dado.

No sabía que le había roto el brazo. Eso me pone más feliz que una perdiz, joder.

El muy capullo no tendría que haberse atrevido a ponerle las manos encima a Sloane.

Anton nos ve pasar e intenta incorporarse, pero es demasiado tarde. Ya no estamos.