Sangre y rosas 1 46 Sloane
72%

46 Sloane

Jacob Dixon es un asesino.

Puede que, cuando nos reunimos en su estudio, se prodigue en sonrisas y charlas insustanciales, pero yo veo lo que es claro como el agua.

Quizá se deba a todo el tiempo que he pasado con Zeth —puedo leer a Zeth con la misma facilidad que las páginas de un libro—, pero ahora reconozco las señales.

Sin embargo, los dos hombres están hechos de una pasta distinta.

Zeth es peligroso de un modo primario e instintivo; esos son sus cimientos, lo que lo convierte en quien es.

Jacob, en cambio, no es peligroso de forma innata.

Ha elegido serlo. Se ha ganado el miedo de quienes lo rodean y lleva ese personaje amenazador como una capa, como si pudiera quitárselo y volver a ponérselo cuando le plazca.

No sé quién debería preocuparme más: el hombre que nació en la violencia o el que eligió sumergirse en ella.

—¿Y cómo has dicho que te ganas la vida, Naomi? —Jacob acaricia la superficie lustrada del escritorio con su gruesa mano para limpiar un polvo inexistente. Enarca una ceja con aire escéptico mientras espera a que le responda.

—Oh… Yo…

—Porque salta a la vista que no eres una puta —añade, señalándome con gestos perezosos—. No llevas ni el culo ni las tetas al aire… Y no he conocido a muchas scorts o estríperes que se llamen Naomi Hawthorne. —Pronuncia mi nombre falso como si supiera que eso es exactamente lo que es.

Mierda. Cuando me ha preguntado mi apellido, le he dicho el primero que se me ha venido a la cabeza. Debería haber dicho Sparkles o algo así. Lovelace. Symphony. Me he puesto nombre de dentista, joder.

—No —respondo—. No soy puta. Soy…

—Naomi es médica —interrumpe Zeth. Mueve lentamente el cuello para otear la habitación, como si estar allí le aburriese soberanamente. ¿Cómo es posible que esté tan tranquilo? Yo estoy sudando sin parar; tengo toda la frente mo­jada.

Y encima le ha dicho la verdad. ¡Por el amor de Dios!

Como si para un hombre como Jacob Dixon no fuese fácil averiguar en qué hospital trabajo.

Hasta yo, que me muevo en los círculos más inofensivos del mundo, he oído hablar de él.

He leído cosas sobre los Black Talons en los periódicos.

Si Jacob investiga un poco y descubre que no soy quien digo ser, no se lo pensará dos veces.

Me matará y me enterrará en una tumba poco profunda en mitad del desierto. Jamás encontrarán mi cadáver.

—¿Médica? —Jacob parece impresionado y confundido a la vez—. ¿Qué clase de médica?

—De urgencias —contesto, esta vez sin dudar. No tiene sentido seguir mintiendo.

—Vaya. Interesante.

Zeth resopla.

—Ah, ¿sí?

Jacob le dirige una mirada penetrante.

—Pues claro. Las mujeres que terminan aquí no suelen…

—¿Estar alfabetizadas? —Zeth está de mal humor.

Mientras nos dirigíamos al despacho, esa tensión nerviosa que cargaba sobre los hombros se ha esfumado y ahora parece estar, simplemente, cabreado.

Y aburrido. Y no sé si es de verdad o lo está fingiendo, pero si es lo segundo, está haciendo un buen trabajo.

Sin embargo, su comentario mordaz le arranca una carcajada a Jacob.

—Exacto. No suelen ser de tu… llamémoslo calibre, Naomi. ¿Y cómo coño has terminado en la cama de este cabrón? ¿Le pasó algo traumático a su polla, o algo así?

Zeth resopla otra vez, pero no dice nada. Esta recae solo en mí. Una oportunidad de oro para convencer a Jacob de que no he venido aquí con malas intenciones.

—Se podría decir que sí. —Esbozo una sonrisa coqueta y miro a Zeth de reojo, como si me dispusiera a contar un secreto suyo muy jugoso—.

Me invitaron a una de las fiestas de Zeth, y nada más verlo supe cuál era el tratamiento que necesitaba.

Y sí, su polla también estuvo implicada…

aunque creo que la que sufrió el traumatismo fui yo.

Santo Dios.

Pero ¿de dónde he sacado esto? Toda la sangre me sube a las mejillas, que de repente están ardiendo.

Solo espero que Jacob se lo atribuya a la historia que acabo de contar y no piense que es por vergüenza.

Atisbo una chispa de verdadera diversión en los ojos de Zeth.

De repente, caigo en la cuenta de que podría pensar que lo que acabo de contar es la verdad.

Porque es verdad que fui a una de sus fiestas y que me acosté con él allí.

Y, si soy sincera, me folló duro de verdad.

Intento con todas mis fuerzas no estremecerme.

Me da la sensación de que Zeth está disfrutando con esta situación.

Ha encontrado un palillo en alguna parte y se lo está paseando por el labio inferior mientras me mira de reojo. Me parece que ya no está tan aburrido.

—Suena intrigante… ¿Se la chupaste?

Giro la cabeza para mirar a Jacob. Los ojos de Zeth se despegan poco a poco de mí para dirigirse también al tipo del acento sureño, al que se queda mirando fijamente.

Tiene el palillo en la mano, presionado contra su labio.

Y yo noto un calor que me sube por el cuello y que sin duda me va a teñir las mejillas de rojo.

—¿Disculpe?

—¿Le chupaste la polla? —Jacob me hace la pregunta riéndose, como si no tuviera importancia. Como si no fuera raro de cojones que me haya preguntado eso.

—Bueno… ¡pues claro! —El papel de seductora divertida no me sale tan bien como habría querido.

Parezco más una colegiala acalorada que una chica que se acuesta con Zeth Mayfair y es capaz de seguirle el ritmo.

Pero ¿cómo se me ha ocurrido que sería capaz de hacer esto?

Y la mirada de suficiencia en los ojos de Jacob me lo confirma.

Zeth se arrellana en su silla, echa la cabeza hacia atrás para mirar al techo y empieza a jugar con el palillo otra vez.

—¿Te queda mucho? No me importaría ir a por una copa. La cabeza me está matando.

—Te voy a decir lo que viene bien para la resaca, hermano —responde Jacob, volviéndose hacia Zeth—: que te chupen la polla.

Zeth vuelve a mirar al frente. No parece muy contento. Por suerte, Jacob está demasiado ocupado observando la reacción de Zeth para reparar en la mía. ¿Quiere que haga eso? ¿Ahora? ¿Delante de él? Esto es una prueba, está claro. Zeth sonríe, y el gesto es una amenaza envuelta en seda.

—Me la he follado hace dos segundos. ¿No lo has oído? —Señala hacia atrás con el palillo, un gesto que no solo hace referencia al pasillo, sino al pasado reciente, a cuando me tenía inclinada en su regazo y me estaba azotando el culo hasta dejármelo en carne viva.

Jacob se encoge de hombros.

—Sí, parecía que la estuvieses matando. Pero aquí está esta muñeca, sentada en mi despacho, enrollándose el bonito pelo en sus bonitos dedos, así que está claro que no la has matado.

—Sonríe y se inclina sobre la mesa—. ¿Qué pasa, tío?

¿No se te va a poner dura tan pronto? Ya sé que por timidez no es.

Te he visto follarte a muchas tías bajo este techo.

Aprieto los puños de forma involuntaria; me arden las puntas de las orejas. ¿En serio va a ser eso lo que me moleste en lugar de que un criminal hijo de puta quiera que me arrodille delante de Zeth y se la chupe delante de él? Hace falta ser estúpida.

Zeth asiente con aire pensativo.

—Supongo. Pero ya hace tiempo de eso. Últimamente estoy un poco más contenido.

—¡Y una mierda! —Jacob se ríe, pero se está poniendo muy rojo; la telaraña de capilares rotos de sus mejillas está cada vez más oscura. Salta a la vista que es un hombre que bebe demasiado, que se enfada demasiado, que, probablemente, también se sale demasiado con la suya. Pero no hoy.

—Lo siento, señor Dixon, pero no le voy a dar un espectáculo privado esta mañana.

Usted mismo lo ha dicho: no soy como sus otras chicas.

Si lo que le apetece es entretenimiento barato, adelante, no se corte.

Traiga a una de sus chicas. Pero yo no soy un poni de exhibición que quiera que la miren unos desconocidos.

Creo que me iré a leer junto a la piscina.

Me estoy poniendo de pie. No sé cuándo lo he hecho, pero estoy de pie.

Me aliso la camiseta, intentando mostrar lo que espero que sea una actitud tranquila ante los dos sorprendidos hombres.

Zeth me mira como si le acabase de tirar encima un cubo de agua fría.

Jacob está boquiabierto y con los ojos entornados en una expresión confundida, como si las palabras que acabo de pronunciar estuviesen en un idioma extranjero y no hubiese entendido ni una sola de ellas.

El pánico no tarda en adueñarse de mí. Ni siquiera Zeth, que no le tiene miedo a nadie, se atreve a contradecir los deseos de Jacob con tanta vehemencia.

Este último carraspea y baja la vista hacia la mesa un instante, mientras yo intento evitar sucumbir a la alarma estruendosa que está sonando dentro de mi pecho.

—Entonces, ¿no te importaría que le pidiera a otra mujer que entrase a hacerlo, Naomi? —pregunta Jacob despacio, mostrando una contención considerable.

—Por supuesto que no. ¿Por qué me iba a importar?

—A pesar de lo que me sudan las manos y de que sigo ruborizándome, sé que esta vez lo he clavado.

He conseguido transmitir una sensación de completa indiferencia hacia Zeth con tanto éxito que me felicito interiormente, aunque la única expresión que muestro es una ceja enarcada—.

Me temo que está confundido con la dinámica de mi relación con Zeth, señor Dixon.

No soy yo la que está de rodillas, suplicando pedacitos de su atención. Es más bien al revés.

Zeth tose con violencia una sola vez. Lo he sorprendido con el comentario tanto como me he sorprendido a mí misma.

Intento salir tranquilamente de la estancia sin reaccionar.

Apenas se ha cerrado la puerta cuando me dejo caer contra la pared del pasillo.

El pulso me palpita en los oídos, estruen­doso como los disparos de un arma.

Mierda, mierda, mierda. Esta reunión no tendría que haber acabado así, pero es que ese cerdo ha hecho que me hierva la sangre.

Es evidente que desprecia a las mujeres.

Y cuando me ha sugerido como si nada que me degradase así delante de él…

Eso no podía consentirlo bajo ningún concepto.

Pero mi temperamento nos ha creado un problema.

Se suponía que tenía que hacerle creer a Jacob que estaba desesperada porque Zeth me prestara atención…

y he acabado dándole a entender que es Zeth quien bebe los vientos por mí.