Sangre y rosas 1 44 Sloane #4
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44 Sloane #4

Veo el subibaja de su espalda cuando se ríe, sin dejar de torturarme con la lengua. Meneo las piernas sobre la cama, desesperada por escapar de las intensas acometidas posteriores al orgasmo. Él se incorpora y me mira con una ceja enarcada.

—Ahora voy a quitarte la pinza y a follarte.

¿Vas a ser educada? —¿Educada? Estoy medio muerta, joder.

Estoy desplomada, flácida, sobre la cama.

Él me quita la pinza y me da un beso entre las piernas—.

Y sí. El único sitio que pueden tocar tus labios es mi polla.

Pero al menos los míos sí pueden rozar otros labios…

Me siento el cuerpo pesado, como de plomo.

Él observa unos instantes mi estado, aletargado y lánguido.

Parece bastante orgulloso de sí mismo. De nuevo con la polla en la mano, se acerca a mí y me la roza con suavidad contra los labios.

No puedo evitarlo… Deseo saborearlo. Deseo sentir que me llena de todas las formas posibles, hasta en mi boca.

Dejo que mi lengua juegue con su miembro, con la dureza de la punta, y gimo en voz baja al paladear su sabor limpio. Él no me toca.

Volvemos a estar en el punto de partida, solo que esta vez no le muerdo. Esta vez le lamo, le chupo y le acaricio, y justo cuando siento que está a punto de correrse, paro.

—Eso no es muy educado —me informa él, sin aliento.

Le dedico una media sonrisa.

—¿No decías que ibas a follarme? —Esta vez soy yo quien le plantea el desafío: «Llévame al orgasmo otra vez. Hazme gritar».

Los labios se le curvan hacia arriba.

—Tú lo has querido.

Me abre las piernas de golpe, gruñendo de esa forma tan cruda, tan animal, como hizo cuando me volvió a follar en Seattle, y me penetra.

Me embiste una y otra vez con una fuerza atroz, como si no tuviera suficiente con introducirla hasta las caderas.

Yo le clavo las uñas en las nalgas mientras me acomete, acercándolo más a mí.

Necesito más de él. Más duro. Más profundo.

Nos corremos a la vez. Se le tensa todo el cuerpo; tiene los músculos duros, los ojos en llamas. Me inmoviliza con las manos para embestirme una última vez.

—¡JODEEER! —ruge, como si esa fuera su última palabra antes de la muerte y el mundo entero tuviera que oírla, y entonces se queda flácido, relajado, con la cabeza apoyada en mi pecho.

Durante unos instantes permanecemos tumbados, jadeantes, tratando de recuperar el resuello.

Qué extraño. Así, con él encima de mí, con mis brazos alrededor de su cuerpo, es casi como si lo estuviera acunando.

Se me pone la carne de gallina cuando me doy cuenta de que las lentas caricias que me prodiga con el dedo índice son intencionadas.

Me acaricia la piel, suave como un susurro, mientras contiene el aliento, y mi corazón empieza a latir desbocado otra vez.

¿Qué es esto?

Vacilante, levanto una mano y le acaricio la nuca con las puntas de los dedos.

Él no se mueve. No emite ningún sonido. Ni siquiera respira.

Se queda muy quieto, pero yo sigo acariciándolo; quiero ver hasta dónde llega esto.

Me aventuro a subir un poco más, rozando con los dedos el pelo rapado, y luego bajo de nuevo la mano para recorrer las líneas de su espalda musculosa y sus clavículas.

Su aliento caliente me acaricia los pechos.

—Me confundes. —Lo susurra tan bajito que, por un segundo, me pregunto si me lo habré imaginado.

Dudo mucho que quisiera que oyese estas palabras.

¿Qué me dijo el día que dejó a Lacey conmigo?

«Puedes confiar en mí. Te entregaste a mí el día que viniste a mi apartamento y, a cambio, yo me entregué a ti. Puede que no quisiera, Sloane, pero no tuve elección. Eso significa que ahora nos pertenecemos el uno al otro».

He intentado una y otra vez no pensar demasiado en esas palabras, pero ahora…

¿Estará él tan confundido como yo?

Se supone que esto solo es sexo. Sexo duro, dominación. ¿No? Eso es lo único que yo soy para él. Y sin embargo, ahora que lo tengo aquí, tumbado en mi pecho…

¡PUM, PUM, PUM, PUM!

Unos golpes explosivos casi arrancan la puerta de las bisagras. Zeth se levanta de un salto, se pasa las manos por el pelo y se aclara la garganta, y el momento se desvanece en un abrir y cerrar de ojos. No me mira.

—¿Qué pasa? —grita, paseándose de un lado a otro con un porte increíble, feroz. Se frota la cara y la cabeza con las manos de forma frenética, como si estuviese tratando de despertarse.

—Jacob dice que salgas —contesta una voz masculina—. Ahora mismo.

—Ya. —Zeth se pasea unos segundos más, luego asiente y, por fin, me mira—. En fin. Supongo que ha llegado la hora de convencer al jefe de los Black Talons de que no eres más que la tía a la que me estoy follando este mes.

Y ahí lo tenemos. No está confundido en absoluto. Nunca me ha mentido. Nunca me ha contado milongas de que va a cuidar de mí y me va a tratar bien. Nunca me ha dicho que vaya a ser su única chica ni que sienta ningún tipo de afecto por mí.

Zeth Mayfair no me ve como alguien de quien enamorarse. Soy la tía a la que se está follando este mes, y necesita que todos los que están en este maldito complejo me vean también de ese modo.

«¿Sabes qué, colega? —pienso—. ¿Quieres minimizarme? ¿Quieres que me comporte como si solo estuviera contigo por el sexo? Pues te vas a enterar».