44 Sloane #3
Me quedo paralizada: he entendido de golpe cómo funciona.
Si me muevo, la pinza tira de mí. Con un brazo, Zeth me coge de la cama, se sienta y me coloca encima de sus piernas.
Yo le rodeo el cuello con los brazos por instinto, para mantener el equilibrio.
Tiene el rostro a dos o tres centímetros del mío y noto el calor abrasador de su piel, la dureza de su erección tentándome entre las piernas.
Con el semblante totalmente serio, me pregunta:
—¿Qué prefieres? ¿Mi mano o el cinturón?
—¿Qué?
Me mira como dándome a entender que no me moleste en hacer ningún numerito.
—¿Mi mano o el cinturón, Sloane? Tú eliges.
—Mete una mano entre mis piernas hasta que sus dedos se topan con el punto en que el metal se encuentra con mi clítoris.
Me lo frota con suavidad, masajeando los puntos del contacto y, esta vez, regalándome más placer que dolor.
Con una sonrisa pícara, levanta los dedos para que vea lo mojados que están, para que me enfrente a las pruebas de que no estoy detestando esto tanto como finjo.
Y entonces, no por primera vez, se los mete en la boca y los chupa hasta dejarlos limpios, respirando de forma rápida y entrecortada—.
Decídete o elegiré yo por ti. —Dios, qué ronca tiene la voz.
—La mano —susurro—. Usa la mano. —Quizá, si utiliza la mano, el castigo será un poco menos duro.
Quizá así también se haga daño él. En un abrir y cerrar de ojos, me da la vuelta sobre sus piernas de forma que me quedo mirando al suelo, doblada sobre sus rodillas, con el culo en pompa.
Me acaricia las nalgas con la mano, estrujándolas.
—Perfecta… —observa sin aliento. Coge la cadenita de la pinza que tengo entre las piernas y tira con suavidad, un pequeño recordatorio del poder que ostenta sobre mí, y el fuego se acumula en mi vientre, arrancándome un profundo gemido.
Es… es increíble. Y me aterra. Y me duele.
Y muchas otras cosas a la vez, tantas, que no logro encajar todo lo que estoy…
¡Plas!
Se me queda la mente en blanco.
Una oleada de dolor y sorpresa me sobreviene de repente, golpeándome en lo más hondo.
Zeth vuelve a azotarme en las nalgas con la palma de la mano y veo las estrellas.
Siempre había pensado que eso no era más que una expresión, pero no.
Unos puntos blancos y brillantes me nublan la vista mientras trato de comprender lo que acaba de hacer.
La tercera vez que su mano desciende en picado contra mi piel sensible, lo hace con todas sus ganas.
Sí, él también se debe de estar haciendo daño en la mano, pero eso no lo disuade.
Me propina dos dolorosos azotes más, conteniendo el aliento cada vez.
Yo no me muevo. No reacciono. Atempera el dolor deslizando los dedos entre mis piernas y acariciándome el clítoris, arrastrándolos cada vez más hacia atrás, de forma que mi humedad se extiende hasta el ano.
Luego masajea mis doloridas nalgas y me susurra palabras de aliento.
—Esa es mi chica… Qué valiente. ¿Ahora te vas a portar bien? ¿Has aprendido la lección?
Es humillante. Estoy al borde de las lágrimas, pero también tan ansiosa de él que no puedo evitar girarme y lanzarme a sus brazos. Se me escapa un gemido ronco cuando me coge en brazos para depositarme de nuevo sobre la cama.
—Han sido cinco —me recuerda, como si el dolor hubiese anulado mi capacidad de contar—. La próxima vez serán diez. ¿Preparada?
Espera una respuesta, así que asiento una sola vez. Zeth me toca suavemente la cara interna de la pierna, una caricia tranquilizadora, de disculpa.
—Buena chica —dice.
Se inclina y se coloca entre mis piernas, apoyándose en un codo, y por fin, ¡por fin!
, desliza la lengua caliente entre los labios de mi coño, deteniéndose un instante para acariciar con la punta mi clítoris hipersensible.
El placer me acomete en oleadas desde las piernas hasta el pecho, endureciendo mis pezones hasta que me duelen.
—¡Ah!
Zeth murmura su aprobación en mi carne mientras sigue lamiéndome la entrepierna.
Tira con suavidad de la pinza, pero la sensación que me provoca ha cambiado.
Ya no duele. O sí, sí me duele, pero, combinado con el éxtasis de su boca, el dolor se convierte en algo embriagador, pues lo intensifica todo hasta que me siento ebria de él.
Suelto las sábanas, pero no para detenerlo. Le clavo los dedos en la nuca y me lo acerco más y más. Zeth responde con el mismo ímpetu, mordisqueándome el clítoris.
—Lo que te mereces —gruñe, y sigue chupándome.
Arqueo la espalda en la cama con la boca abierta a causa de la intensidad de las sensaciones.
¿A qué respondo, a la punzada de dolor, al tsunami de placer?
Ahora mismo me parecen lo mismo. Sin embargo, cuando Zeth me penetra con los dedos, metiéndomelos y sacándomelos despacio de mi interior, la respuesta a mi disyuntiva queda más que clara.
Esto es lo que se siente con el verdadero placer.
No es solo la suavidad de un beso, no son las caricias delicadas de las manos sobre los pechos o de las lenguas sobre la piel.
Es la punzada de dolor, la amenaza del peligro.
El riesgo que implica bailar con el diablo.
Me corro con todas mis fuerzas contra la boca de Zeth, que se abandona aún más a mí, que gruñe, me chupa y me lame mientras grito, con las manos firmemente aferradas a mis caderas para presionarme contra su cara.
—¡Joder, Zeth! ¡Para! ¡Para, por favor!