Sangre y rosas 1 44 Sloane #2
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44 Sloane #2

Se detiene un segundo solo para alzar las caderas, flexionando con fuerza los abdominales, meter los pulgares en la cintura de los bóxeres y bajárselos despacio.

Su polla salta, libre, y se apoya con todo su peso sobre su vientre mientras él se termina de quitar la ropa interior.

Verlo ahí tumbado, desnudo, sin ninguna vergüenza —¿por qué debería avergonzarse?

Es magnífico, y lo sabe—, me corta la respiración.

Retoma las cosas donde las había dejado y vuelve a tocarse con la mano derecha, recorriendo despacio la carne dura y tensa, de arriba abajo y de abajo arriba.

Y, mientras lo hace, me mira a los ojos sin asomo alguno de vergüenza.

Su mirada no se aparta de la mía en ningún momento.

—Estás mal de la cabeza, ¿lo sabes? —Me cruzo de brazos—. ¿Adónde narices quieres ir a parar con esto? ¿Esperas que me quite la ropa como Jim Carrey en Como Dios y me abalance sobre esa cosa solo porque te la has sacado?

Una pequeña sonrisa asoma en su expresión seria, curvando la comisura de su boca.

—No. Espero que te quites la ropa despacio. Y luego espero que te subas a esta cama a cuatro patas, que cojas esta cosa… —Se la aprieta y se estremece ligeramente— y te la metas en la boca. Y luego espero que me la chupes hasta que yo te diga que puedes parar.

—¡Ja! —Me desplazo hacia el otro lado de la habitación y echo un vistazo a la silla con la que tiene trabada la puerta.

Estupendo. La ha enganchado muy bien. La empujo con toda la fuerza de la que soy capaz y, ¡tachán!

, la saco—. Creo que no he conocido nunca a un tío que delire más que tú —gruño, volviéndome para mirarlo.

Zeth se encoge de hombros y creo que hace un mohín. Puede. O puede que no. Como si me importara.

—¿Adónde te crees que vas, fiera? ¿Te has olvidado de dónde estás?

En eso tiene razón. ¡Qué rabia! Golpeo la puerta cerrada y hago una mueca.

—Vale. Muy bien. Pues no saldré de la habitación. Pero no te voy a obedecer solo porque tú lo digas.

—¿Preferirías obedecerme porque temes por tu vida? —pregunta como si nada. ¿Era eso una amenaza? Maldita sea, no lo sé. Parece estar preguntándomelo de verdad.

—A ver qué te parece esto. Me niego a obedecerte, sea cual sea la razón. —Vuelvo al sillón en el que he dormido y me dejo caer en él. Me pongo a mirar por la ventana con la intención de ignorarlo. Miraré adonde sea menos a él y lo que se está haciendo.

—No me parece mal. —No le importa. No se disculpa.

Noto el peso de su mirada sobre mi piel.

Se hace un silencio. No se oye nada salvo el sonido de la palma de su mano deslizándose por su polla y su respiración cada vez más entrecortada.

No sé cómo puede estar ahí tirado, cascándosela, desnudo y sin inmutarse, cuando la mujer a la que está intentando excitar parece más repugnada que interesada.

Menudo psicópata. Lo miro por el rabillo del ojo.

Su cuerpo es una puta obra de arte, sobre todo así, tenso, más duro cada vez que mueve la mano por su erección.

Se aprieta con más fuerza, coge aire y se ríe bajito cuando me pilla mirándolo.

Maldiciendo, vuelvo a mirar a la ventana.

«No juegues a esto, hostia. No juegues con él».

Pero cuando no ha pasado ni un minuto, vuelvo a mirarlo.

Suelta un gemido grave que nace en lo más profundo de su pecho, y creo que es el sonido más sexi que he oído en la vida.

Me empiezan a temblar las piernas, y la sensación húmeda y caliente que se está formando entre ellas es cada vez más intensa.

Qué cabrón. ¿Cómo? ¿Cómo coño lo hace? Me muevo, luchando contra mi propio cuerpo y tratando de obligarlo a obedecerme a mí y no a él.

Pero lo que quiere mi cuerpo es mirarlo.

Dios, quiero mirarlo. Y esta vez, cuando me pilla contemplándolo, no se ríe.

Se limita a bajar la vista y mirarse con una expresión cargada de sexo, con una invitación.

Y entonces cierra los ojos, echa la cabeza hacia atrás y me deja sola para que sea yo quien tome la decisión.

Acelera los movimientos de su mano; su respiración también se acelera.

Y yo me quedo ahí, preguntándome qué narices quiero hacer.

Pero no es la primera vez que tengo esta conversación conmigo misma, ¿no?

Qué listo es. Me demuestra lo que podría conseguir de mí si quisiera y luego le da la vuelta a la tortilla para que me dé cuenta de lo mucho que deseo que lo consiga.

Lo odio. Por principios, esta vez no quiero sucumbir a su manipulación.

Tiene que saber que no es tan listo como cree.

Solo que… sí lo es. Es un puto genio del mal.

Me pongo de pie.

Al oír el movimiento, se le dibuja en la cara una enorme sonrisa, pero no abre los ojos, supongo que para salvar lo poco que queda de mi frágil orgullo.

No me puedo creer lo que estoy haciendo.

Cada vez que hacemos esto, soy yo quien cede a sus condiciones.

Soy patética. Me quito la ropa despacio, aunque no pueda verme, para concederme el tiempo suficiente para cambiar de opinión.

Pero no lo hago. Me subo a la cama a cuatro patas, tal como él quería, y me acerco a Zeth mientras sigue masturbándose, arriba y abajo.

Tiene la polla enorme, hinchada y… es bonita.

Exhalo, y mi aliento le acaricia la piel y lo hace estremecer.

—Quiero sentir esos labios, Sloane —me dice con voz ronca.

—Ah, vale. A ver si lo he entendido bien. Los puedo poner en tu polla, pero no en tu boca.

Se pone rígido al notar mi tono mordaz, pero no se digna a responder a mi pulla.

El muy cabrón. Pero se me ha ocurrido una idea para darle una lección.

Me agacho, con los labios palpitantes, y me meto su polla en la boca.

Esto solo se lo había hecho una vez. Y esa vez estaba tumbada bocarriba y él se alzaba ante mí como un gigante, como una presencia amenazadora en aquella oscura habitación de hotel.

Entonces enredó los dedos en mi pelo y guio los movimientos de mi cabeza.

Ahora, en cambio, Zeth ni siquiera me toca.

Con el primer contacto de mis labios, despliega los dedos sobre las sábanas y presiona el colchón con todas sus fuerzas.

Está enorme, caliente; ya tiene un sabor almizclado. Muevo la cabeza, metiéndomela más.

—Dios, Sloane… —Su grave gemido me resulta bastante gratificante. Le gusta. Le gusta, y, técnicamente, ahora soy yo la que tiene el control. Es hora de devolvérsela.

Agacho más la cabeza, metiéndomela todavía más, hasta el fondo… Y entonces le muerdo. No muy fuerte, lo justo para que se entere de que todavía no ha ganado este asalto.

La reacción es instantánea.

Me aparta tan rápido que casi no veo ni el techo antes de encontrarme bocarriba y luego resbalar de la cama hasta caer al suelo.

—Ah, no, no, no, Sloane —gruñe mientras viene hacia mí—.

Una bofetada es una cosa, pero esto… Te vas a arrepentir de esto.

—Tiene el rostro inexpresivo. No es buena señal.

Teniendo en cuenta la postura en la que me encuentro, tirada en el suelo con las piernas mitad sobre la cama y mitad sobre mi cabeza, tendría que estar cagada de miedo, pero debo de haberme vuelto loca porque me estoy riendo.

Pero la risa no me dura más de diez segundos, porque se levanta de la cama y se desplaza al otro lado de la habitación para abrir la puerta del vestidor.

Se me borra la sonrisa en cuanto lo veo sacar su bolsa negra.

Miedo, deseo. Miedo, deseo. Las emociones aparecen por turnos, cargándome de electricidad.

Tira la bolsa a los pies de la cama y le abre la cremallera.

—Súbete a la cama, Sloane.

—No.

Se detiene, me mira e, inclinándose hacia mí, dice:

—¿De verdad es necesario que volvamos a tener esta conversación?

Recoges lo que siembras, Sloane. Es hora de que aprendas a comportarte.

—Enarca las cejas en un gesto desafiante.

Me ha concedido una pequeña cantidad de poder y yo he abusado de él.

Ahora me toca sufrir las consecuencias. Y aun así, creo que en el fondo yo estaba esperando que ocurriera exactamente esto…

Y que lo estaba deseando. Vuelvo a la cama con toda la cautela posible.

Zeth asiente y termina de abrir la bolsa—. Ábrete de piernas.

Obedezco. Oh, maldita sea la oscuridad de aquella habitación de hotel… Cuando se sube encima de mí, Zeth tiene la venganza escrita en el rostro.

—Esta vez no te voy a atar —me avisa—, pero debes saber que si vuelves a hacer algo en lo que estén involucrados tanto tus dientes como mi polla, me las pagarás. ¿Lo has entendido?

Asiento, preguntándome qué será lo que tiene en mente. Es entonces cuando veo un objeto estrecho y pequeño en su mano, parecido a unas tenacillas.

—¿Qué es eso?

Zeth agarra el instrumento con tal nivel de placer que empiezo de nuevo a retorcerme sobre mi espalda, arrepentida de haber cedido tan fácilmente.

—Esto es lo que te mereces por haber sido tan mala —responde.

Me estremezco cuando me acaricia la cara interna de los muslos y se detiene justo para lamer la piel sensible que hay antes de llegar al coño.

Desliza los labios y la lengua por la piel caliente, lamiéndola una y otra vez, pero lo único que quiere es provocarme, porque ni siquiera se acerca al punto en el que verdaderamente necesito su lengua.

Estoy empezando a sentirme frustrada, a arquear las caderas hacia él, a abrirme más de piernas…

y entonces noto el frío del metal justo en el vértice de mis muslos.

Me echo a temblar de repente, nerviosa, pero Zeth me sujeta de las caderas con la mano que tiene libre y, desde abajo, me dirige una mirada de advertencia.

—Te recomiendo que te quedes muy muy quieta, Sloane.

Resulta que ese instrumento de metal es una pinza. Y lo sé porque, con un rápido movimiento, me lo engancha en el clítoris, haciéndome brincar del impacto. Y cuando le da un golpecito al metal frío, un placer teñido de dolor me recorre todo el cuerpo como una descarga eléctrica.

—¡Zeth! —Mi grito rebota en las paredes—. ¡Dios mío! ¡No vuelvas a hacer eso!

Pero vuelve a hacerlo, con una expresión maliciosa en la cara. Las piernas se me mueven de forma espasmódica, tratando de flexionarse para protegerme —un movimiento que no puedo evitar—, y Zeth niega con la cabeza, en un gesto burlón de desaprobación.

—Ay, cariño —dice en voz baja—. ¿No te he dicho que no te muevas? Ahora voy a tener que castigarte…

Agarra la pinza y noto un estallido de calor entre las piernas cuando intento apartarme de él.