44 Sloane
Al final, no hablamos con Jacob. Pidió que nos presentaran, pero después de que Zeth estuviera a punto de matar a su lacayo de una paliza, ese hombre enorme con acento sureño se esfumó.
Zeth me arrastró por los pasillos de la villa de estilo mediterráneo hasta llevarme a una habitación que olía a él por los cuatro costados.
Me metió de un empujón, me siguió, cerró la puerta y luego puso una silla debajo de la manija, como en las películas.
Después, se desnudó hasta quedarse en calzoncillos, lanzó la ropa al suelo con rabia, se metió en la cama enorme que ocupaba el centro de la habitación y se echó a dormir.
Resulta que estaba enfadado conmigo.
Yo he dormido —a duras penas— en el sillón que hay junto a la ventana y me he despertado al amanecer por culpa de la brillante luz que entra a través de las cortinas.
Y desde entonces estoy esperando, tensa y congelada, a que Zeth se despierte.
Y temiendo lo que vaya a pasar entonces.
Con los ojos cerrados, respira lento y profundo, y parece tan vulnerable…
El vientre, el pecho, los brazos y la espalda son musculosos, pero ahora los músculos están relajados.
Tiene los nudillos de ambas manos ensangrentados, pero, por primera vez, me parece, no está apretando los puños.
Estoy demasiado nerviosa para despertarlo, así que me quedo sentada, con la esperanza de que se despierte de mejor humor que cuando se ha ido a dormir.
También espero que Lacey esté bien. Ya se imaginaba que no iba a traérmela conmigo, Dios sabe por qué: cuando le dije que iba a pasar la noche, o dos noches como mucho, en casa de mis padres, ni se inmutó.
En realidad, cuando le dije que no era seguro que viniera conmigo, el alivio en su rostro fue evidente.
Solo mostró preocupación cuando vio toda la parafernalia religiosa que hay en las paredes de casa de mis padres, los crucifijos, la iconografía de la Virgen María, los retratos de un Jesús con cara de querubín bendiciendo a las masas…
Se quedó blanca, sentada en el sofá de mis padres, observándolos con recelo mientras se mordía las uñas.
No sé qué le habrá pasado para reaccionar así, pero debió de ser malo.
Espero que cuando la recoja no esté más traumatizada que cuando la dejé.
Sigo pensando en ella cuando, a las siete y media de la mañana, Zeth se incorpora de golpe con un grito ahogado.
Mira a su alrededor, me ve, y acto seguido solo sé que me está levantando por los aires y lanzándome a la cama.
Suelto un grito cuando veo que su mano, apretada en un puño con los nudillos ensangrentados, baja en picado hacia mi cara.
De repente contiene un grito y se detiene a escasos centímetros de golpearme.
—¡JODER!
Se mueve de golpe, haciendo temblar la cama, y se aparta de mí rodando.
Dios.
«Respira».
Me pongo las manos sobre el corazón, tratando de ralentizar sus latidos.
No queda ni una gota de oxígeno en la habitación.
Empiezo a temblar, y Zeth cruza la habitación y apoya la espalda en la pared.
Se tapa la cara con las manos un segundo; su aliento jadeante y sibilante se filtra por entre sus dedos.
—Joder. —Esta vez, maldice en voz más baja. Al final, baja las manos y me mira fijamente con cara de pocos amigos—. Eres lo peor que podría haber pasado —gruñe.
Me parece tan irónico que estoy a punto de atragantarme.
—¡Mira quién habla! ¡Que te follen, Zeth Mayfair!
—Sí, que me follen —coincide. Se aparta de la pared y viene hacia la cama caminando como una bestia enjaulada. Yo retrocedo, pateando las sábanas arrugadas, para mantener una distancia de seguridad—. No tienes ni idea de hasta qué punto has complicado las cosas. ¿Por qué coño has venido?
Me empiezan a escocer los ojos. Qué ridícula soy. Traicionada por mi propio cuerpo.
—Tampoco es que tuviera elección. Tus amiguitos, los hombres de Charlie, se metieron en mi casa e intentaron secuestrar a tu…
—Me interrumpo justo a tiempo. Zeth ha llegado hasta la cama y se ha encaramado a ella a cuatro patas.
Está cada vez más cerca. Me mira con el ceño fruncido—.
Intentaron secuestrar a Lacey —termino—.
Y no puedo ir a trabajar con toda esta mierda sobre mis hombros.
Ese trabajo lo significa todo para mí. Dejaste tirada a Lacey conmigo y desapareciste; he arriesgado todo lo que tengo para llevarla a un lugar seguro y encontrarte, ¡y encima te enfadas conmigo!
—Una lágrima de frustración me rueda por la mejilla y cae en mi rodilla flexionada.
Zeth se sienta sobre sus talones. Solo lleva puestos los bóxeres y los tatuajes se le mueven cuando flexiona los músculos; ni siquiera parece ser consciente de estar tensándolos.
Este hombre tiene la complexión de una estatua, no parece real.
Es un retrato de lo que debería ser la perfección.
Lo odio por ser tan guapo, sabiendo, como sé, que yo tengo unas pintas horribles.
Y encima estoy llorando, joder. Se acaricia la barbilla con la mano, aún con el ceño fruncido.
Hace un segundo parecía decidido a castigarme por haber venido, pero ahora se le ve confuso.
—No hagas eso —dice con voz inexpresiva.
—¿Hacer qué? ¿Enfadarme contigo? Pues claro que estoy…
—Llorar —me interrumpe—. No llores. Es un truco engañoso y barato.
—¿Un truco? —Dios Todopoderoso, ¡qué morro tiene este hombre!
Me han apuntado con una pistola, me han amenazado, he cruzado tres estados en coche, me han disparado y amenazado un poco más, ¡y cree que estoy llorando para hacerle sentir mal!
¡Será cabrón! Me vuelvo a tirar en la cama, me tapo la cara con un cojín y chillo.
Y no me corto ni un pelo. Debe de parecer que me están asesinando, incluso con el cojín.
Una mano enorme y poderosa me agarra del tobillo derecho y de repente me arrastra por las sábanas.
Me quita el cojín de las manos. Hago una pausa, lo fulmino con la mirada, desafiante…
y vuelvo a chillar. Él se tumba encima de mí y me tapa la boca con la mano.
Pone su cara a un centímetro de la mía; es la viva imagen de la seriedad, del pecado.
—Cállate —me ordena entre dientes—. Por todo lo sagrado, Sloane, por favor, cállate. Me vas a partir la cabeza en dos.
Como no lo obedezco, toma medidas y me clava los nudillos en las costillas.
—¡Ah! ¡Cabrón! —Le estampo un bofetón con tanta fuerza que el impacto se me propaga por todo el brazo, aunque le doy tan fuerte que le giro la cara. Soy consciente de lo que he hecho cuando se vuelve a mirarme. Sus ojos oscuros parecen capaces de matar.
—Ese tipo de cosas las devuelvo —gruñe—. Y, con la resaca que tengo, eso ha valido por dos.
Mierda. Intento zafarme de él, pero sería más fácil librarme de la fuerza de la gravedad y salir flotando al espacio exterior.
—Zeth… —Intento probar con un tono de voz razonable. Como si él fuese una persona con sentido común y fuese a reaccionar como tal. Aprieta los dientes; la suave línea de su barbilla se torna de acero. Se inclina sobre mí y me coge de las dos manos.
—A estas alturas, ya deberías saberlo, Sloane. Eres una fiera, sí, pero yo también lo soy. Y si tienes pensado castigarme, más te vale estar preparada para cuando llegue tu turno.
Y es entonces cuando se prende la primera chispa de pánico.
Me retuerzo contra él, todavía tratando de liberarme, y una sonrisa de curiosidad se abre paso en su expresión severa.
No le molesta que me esté retorciendo. En todo caso, mis intentos de soltarme parecen hacer la situación aún más placentera para él.
O, al menos, eso es lo que sugiere esa dureza creciente que me presiona la cara interna del muslo.
Y, sin embargo, asiente, mirándome con los ojos entornados, y me suelta.
Se vuelve a sentar sobre sus talones, y aun así me saca una cabeza.
Me quedo paralizada. Debería salir corriendo, pero sé lo que conseguiría con eso: una persecución por la habitación, un montón de muebles rotos y posiblemente también huesos rotos, a juego con los muebles.
Me vuelvo a llevar las manos sobre el pecho mientras lucho por no mirar la prominente erección que asoma por debajo de sus calzoncillos grises.
Él sonríe con suficiencia y se inclina un poco hacia atrás, postura con la cual acerca más la polla a mis manos. Pongo los ojos en blanco; de repente, tengo menos miedo.
—Estarás de coña.
Él niega con la cabeza, todavía con el semblante serio.
—No estoy de coña, Sloane. Acabas de despertar a toda la villa cuando lo más conveniente sería pasar desapercibidos.
—Su voz es áspera como la gravilla, profunda, eterna, plagada de deseos que guerrean entre sí.
Está cabreado conmigo, pero también quiere follarme hasta hacerme perder el sentido—.
Eres una imprudente —me acusa—. Por presentarte aquí así, sin tener ni idea de en qué te estás metiendo, o en qué me estás metiendo a mí…
—Alarga una mano y me toca un pecho por encima de la ropa.
Luego lo aprieta y yo ahogo un grito—. Ayer ya estuve muy cerca de que me mandaran al otro barrio, y las probabilidades de que eso ocurra hoy son aún más altas…
Te has puesto en riesgo cuando te he pedido explícitamente que no lo hagas.
Y luego te pones a chillar como si te estuvieran matando antes siquiera de que acabe de salir el sol, recordándole a todo el mundo que estamos aquí y que somos un puto problema para ellos.
Así que si vas a gritar, Sloane, te voy a dar una razón para hacerlo.
Mientras me toca un pecho con una mano, con la otra se agarra la erección por encima de los calzoncillos.
Trago saliva e, incapaz de contenerme, observo cómo se recorre la polla con la mano de arriba abajo, apretándosela con la misma fuerza que aplica sobre mí.
¿Debería preocuparme? Hace unos instantes estaba furioso y ahora quiere follarme…
La posibilidad de que esos dos hechos estén relacionados es un poco inquietante.
—No me voy a acostar contigo —le aviso en voz baja.
Zeth esboza una sonrisa torcida, una inconfundible mueca de arrogancia.
—Ya lo creo que sí, fiera.
—¡Que no!
Me retuerzo inútilmente, sin suerte. Pero no tendría que haberme molestado, porque entonces Zeth hace algo que me confunde todavía más: deja de tocarme, se aparta de mí y se apoya en los cojines.
¿Me ha soltado? ¡Me ha soltado! Doy un brinco, me giro y lo miro incrédula.
Continúa igual de serio que antes. Sigue con la mano en la polla.