43 Sloane #2
Por eso debe de haberme estado sonando el móvil toda la puta tarde; Rick ha debido de intentar avisarme de que venía hacia aquí.
Durante un segundo, deseo que esos idiotas aprieten el gatillo; sin embargo, en ese momento la figura que hay delante del coche se mueve y distingo por fin su cuerpo esbelto.
Estaba equivocado. No es Lowell, ni ninguna otra policía. Es una médica.
Hostia puta. Es Sloane.
Echo a correr hacia la puerta como una exhalación, apartando de mi camino a los pistoleros a empujones.
Lo único que veo es la expresión de su rostro: está petrificada.
Se ha quedado inmóvil, con los brazos extendidos hacia delante, como si pretendiera parar las putas balas con las palmas de las manos.
Cuando llego a la puerta, no me queda más remedio que pararme.
Está cerrada. Aporreo los barrotes de hierro corrugado y rujo con tanta fuerza que noto el sabor de la sangre.
—¡PERO QUÉ COJONES! —No puedo ni pensar, hostia.
Tengo la mano como si me hubieran dado un martillazo, pero ni siquiera siento el dolor.
No debería estar aquí. Urdí un plan. Me aseguré de que no se viera envuelta en todo esto.
De que no estuviera en peligro. ¡No debería estar aquí!
—. ¿Qué cojones haces aquí? —le pregunto, esta vez gruñendo, entre dientes, tratando de contenerme.
Sloane empieza a temblar y deja caer los brazos.
—Te podrían haber disparado —gimotea.
Distraído, echo un vistazo a la hilera de M16 que hay detrás de mí. Veo el cuerpo orondo y oscuro de Jacob abriéndose paso entre el mar de cañones y cargadores, con una ceja tan arqueada que casi le llega a las entradas, que son cada vez más pronunciadas.
—¿La conoces, Zee?
Mierda, está cabreado.
—Sí. —«¡Piensa!»—. Esta es… Esta es Naomi. Es mi invitada. —Vuelvo a mirar a Sloane, tratando de prenderle fuego con la intensidad de mi ira—. Y no debería estar aquí.
—Es lo más razonable que has dicho en tu vida —replica él.
En su voz no se aprecian en absoluto los efectos del alcohol, igual que en la mía.
Estoy enfadado con Sloane, pero Jacob está furioso conmigo.
Es gracioso que la ira más intensa pueda tener ese efecto—.
¿Le has dado a una puta la dirección de mi complejo?
La bilis se me arremolina en el estómago cuando llama puta a Sloane. Tengo ganas de reventarle la cara de un puñetazo, pero en cambio me limito a contestar:
—Lo siento, Jake. Error mío. Tenía que ir a recogerla, ¿recuerdas? Debe de haber venido a buscarme.
Jacob me mira con la boca abierta y niega con la cabeza.
—Eso no ha sido muy prudente.
—Lo sé, hermano, perdóname. No lo he pensado bien.
—Ni de coña se lo traga. Sabe que no soy tan irremediable, increíble y absolutamente estúpido.
Esta dirección no se le puede dar a nadie, y menos aún a una tía a la que te quieres follar.
Les vendas los ojos y las traes en el maletero de tu puto coche después de haber conducido un rato en círculos para confundirlas.
Anton aparece detrás de Jacob con la nariz arrugada, pero parece que el jefe ha tomado una decisión.
—Que entre —ordena con voz inexpresiva, mirándome fijamente a los ojos—. Tráela al despacho, Zeth. Ahora sería de mala educación que no me la presentaras.
—Pero ¡Jake!
Jacob, que ya se ve venir las objeciones de Anton, se vuelve hacia él y le clava un dedo en el pecho.
—Abre la puta puerta, Anton.
Anton retrocede como si le acabaran de dar un puñetazo, pero obedece. En cuanto la puerta se abre, salgo, agarro a Sloane del brazo y tiro de ella hasta el coche enorme y polvoriento con el que se ha presentado aquí.
—Ya la llevo yo —aviso, y luego me vuelvo hacia ella y añado en voz baja—: Entra en el maldito coche.
Está blanca como el papel, pero abre la puerta y entra. Yo me siento en el lado del conductor y me permito el lujo de darle un puñetazo al volante antes de arrancar.
Sloane da un brinco y ahoga un grito.
—Tienes que dejar que te lo expl… —empieza a decir, pero revoluciono el motor hasta que sofoca su voz. Ella lo pilla y cierra la boca.
—No tengo que hacer nada, Sloane. Escúchame.
Escúchame bien, hostia. Eres mi invitada para asistir a un encuentro que se producirá dentro de dos días.
Eres una cabeza hueca estúpida que no sabe nada sobre mis negocios.
No sabes nada sobre Charlie. No sabes nada sobre tu hermana.
No sabes nada sobre Lacey. Lo único que sabes es que te gusta follar conmigo.
¿Lo has entendido? —Abre la boca; veo una chispa de indignación en su mirada.
Sin embargo, no le doy tiempo a contestar.
Meto el coche en el complejo y lo aparco al lado del Camaro.
Los demás no han llegado todavía adonde estamos, pero lo harán en unos segundos—.
Te estoy hablando en serio, Sloane. Si quieres que los dos salgamos de aquí con vida, tienes que hacer lo que yo te diga.
—No soy ninguna put… —empieza a decir.
—No, tienes razón. No lo eres. A una puta le pagaría por estar aquí, y tú lo estás haciendo por gusto. Si no haces lo que te digo, estamos los dos muertos.
Las mejillas se le tiñen de un pálido color gris.
—Está bien.
Casi ni me da tiempo a suspirar de alivio.
Las puertas del coche se abren y veo a Jacob esperándome en el lado del conductor, con los labios apretados en una fina línea.
Anton coge a Sloane, clavándole los dedos en el brazo, y la saca por el lado del copiloto.
Veo sus sucias manos pasearse por todo su cuerpo mientras ella se pone recta: por las piernas, las caderas, el vientre, los brazos.
La cachea de arriba abajo, rozándole las tetas a propósito con las palmas de las manos.
Se me nubla la vista de rabia. No se habrá atrevido a…
Pero sí.
Por encima de mi puto cadáver.
Me abalanzo hacia el otro lado del coche, sin poder aguantarme más.
—Así que has sacado a la chica a rastras del coche, ¿eh?
—grito. Anton se lleva la mano a la pistola, pero no es lo bastante rápido.
Oigo un satisfactorio crujido cuando mi puño impacta contra su pómulo.
Se oyen gritos por todas partes y todos los hombres se arraciman a nuestro alrededor.
De poco sirve. Anton se desploma como un saco lleno de piedras y yo me lanzo encima de él y le arreo un puñetazo tras otro, por la izquierda, por la derecha, lo más fuerte que puedo.
Necesito seguir pegándole. No puedo parar.
Unas manos me agarran para separarme de él, pero no lo consiguen.
Estrello la cabeza de Anton contra la tierra.
—¡Zeth! —El grito de indignación por fin consigue que me detenga. Jacob está al lado de Sloane, observándome boquiabierto—. ¡La mujer está bien! ¿Vas a matar a uno de mis mejores hombres por un puto moratón?
—Lo mataré si se atreve a respirar el mismo aire que ella respira —replico, jadeando—. Lo mataré si no me gusta cómo la mira.
Jacob se limita a negar con la cabeza, perplejo. Indica con un gesto a sus hombres que se encarguen de Anton.
—Llevadlo al sótano.
Se da la vuelta y empieza a dirigirse despacio al interior de la villa, dejándonos a Sloane y a mí fuera, solos con doce hombres de los Black Talons armados y cabreados.