43 Sloane
Alquilar un coche con mi verdadero nombre no es buena idea, pero soy una residente de urgencias, no una delincuente experta.
No tengo ni idea de cómo sobornar a alguien, y el tipo que está detrás del mostrador de Hertz tampoco parece tener mucha experiencia saltándose la legalidad.
Fotocopia mi carné de identidad y me hace rellenar una montaña de papeles.
Me sorprende que no me haga firmar un compromiso para entregarle a mi primogénito.
Cuando me pregunta si quiero mejorar mi reserva para llevarme un coche más llamativo, rechazo su oferta educadamente y le digo que preferimos un sedán.
Poco después, volvemos a estar en la carretera.
Lacey se pasa las siguientes diez horas que yo dedico a conducir de buen humor.
Sin embargo, a mí la culpa me corroe las entrañas, aunque tampoco puedo hacer nada por evitarlo.
No puedo llevar a Lacey a este complejo y pretender que mi conciencia siga limpia.
Zeth quería mantenerme tanto a mí como a su hermana (aunque él no sabe que es su hermana) lejos de allí, y tiene razón.
Lacey no debería exponerse a ese tipo de ambientes.
Está demasiado herida y podría pasarle cualquier cosa.
Técnicamente, también podría pasarme cualquier cosa a mí, pero yo no pienso en eso.
Voy a entrar ahí dentro, voy a echarle a Zeth la bronca del siglo por haberme jodido la vida entera en unas pocas semanas y luego voy a coger a mi hermana y me voy a largar.
En mi mente, no hay lugar para nada que me desvíe de este plan.
Cuando empieza a caer la noche, giramos hacia Dana Point, que está a al menos una hora de nuestro destino, dirección noroeste.
Lacey ni se inmuta. He de seguir con atención las indicaciones del GPS.
Debería saberme de memoria cómo llegar a la encantadora casita frente al mar desde la salida de la autopista, pero en mi defensa diré que solo he venido de visita tres o cuatro veces.
Entre la carrera y la residencia, no he tenido mucho tiempo de venir.
Paro frente a la casa, apago el motor y espero a que Lacey se dé cuenta de que no estamos donde tendríamos que estar.
Va sentada en el asiento de atrás, mirando por la ventanilla, y aunque el coche ya no está en marcha, ni siquiera parpadea.
Salgo del coche preguntándome qué hará ahora. Pero, sin pensárselo dos veces, sale también del coche, cogiendo la ropa que le compré en Walmart.
—¿Estás bien, Lace? —le pregunto con cautela.
Frunce el ceño.
—Claro. ¿Por qué no iba a estarlo?
Se me ocurren mil razones diferentes; la primera, que es posible que ayer matase a un hombre con un pedrusco enorme.
Pero cierro el pico. En lugar de responderle, recorro el camino que lleva a la casita y llamo a la puerta.
Estoy nerviosa, y se me nota. Solo Dios sabe cómo saldrá todo esto…
Si tengo suerte, irá bien. Si no, tendré que buscar otro sitio donde dejar a la hermana de Zeth, que ahora mismo está a mi lado con una tímida sonrisa en el rostro.
La puerta se abre y un hombre alto y delgado aparece al otro lado.
Al verme, pone los ojos como platos, pero su expresión de sorpresa no tarda en suavizarse.
Parece mayor que la última vez que lo vi. Cansado.
—¡Sloane! —Esboza una sonrisa radiante, como si descubrirme toda desaliñada y hecha un desastre en su puerta fuese lo mejor que le ha ocurrido en años.
Respiro hondo y le devuelvo la sonrisa.
—Hola, papá.
ZETH
El móvil suena como si se hubiera vuelto loco dentro de mi bolsillo.
Solo hay cinco personas que conocen ese número, así que sé que la llamada tiene que ser la hostia de importante.
Pero ¿puedo responder? Pues no, claro que no puedo.
Porque estoy atrapado en un complejo lleno de miembros de los Black Talons que sospechan de mí y que tienen pinta de querer molerme a palos.
Soy un hijo de puta arrogante, sí, pero si tengo tanto ego es por una razón.
Es porque me lo he ganado, joder. Yo no soy simplemente violento, estoy entrenado.
Cuando la situación lo requiere, soy capaz de hacer daño a mucha gente en un corto periodo de tiempo.
Sin embargo, aquí no estoy en condiciones de hacerle daño a nadie.
Hay tres excelentes razones que lo justifican, y son las siguientes:
La número uno: son demasiados.
La número dos: todos llevan semiautomáticas.
Y la número tres: estoy borracho como una cuba.
Cuando Jacob me ha anunciado que quería tomarse unas birras al sol, lo que en realidad quería decir es que tenía intención de beber una caja entera de cervezas al sol, tres botellas de ron cubano y luego seguir trincando hasta que se pusiera el sol y ninguno de los dos pudiera mantenerse en pie.
Lo único que me alivia un poco es que Jacob va tan ciego como yo, y que el cabrón sudoroso al final no ha llamado a las chicas.
Ni de coña se le podría poner dura con tanto ron Havana fluyendo por sus venas.
Seguramente yo sí que podría rendir si lo intentara, pero ni de coña.
En lo único en lo que puedo pensar es en Sloane y en las ganas que tengo de matar al puto Callum por no haber vigilado su casa como yo le ordené.
De vez en cuando, la precaria situación en la que se encuentra Michael se abre paso a través de la neblina ebria de mi mente, pero lo conozco bien.
Es capaz de soportar una paliza cuando es necesario.
A veces hasta le gustan, pero esa es otra historia.
Cuando consiga descubrir dónde lo retienen, que seguramente será mañana, puede que tenga algunas costillas rotas y un ojo morado, pero Jacob no permitirá que sus hombres le hagan mucho más daño.
No tan pronto. Primero querrán sacarle información, y tardarán un poco en darse cuenta de que es un cabrón tozudo que no va a soltar prenda.
Y sobra decir que después de esto tendré que subirle el sueldo un buen pico.
—Tú y yo… mira que somos perros, ¿eh? —dice Jacob, hipando sin parar. Me cuesta un gran esfuerzo deslizar la mirada hacia ese mastodonte de hombre, medio recostado medio tirado en la tumbona.
—Habla por ti, tío —gruño.
Eso le hace reír.
—Sí, eres un puto perro. ¡Y yo también! No tiene…
No tiene nada de malo saber lo que eres.
Naciste en la mierda, igual que yo. Pero que…
—Hace una pausa y se presiona el esternón con un puño.
Espera unos minutos antes de continuar. Tiene los ojos vidriosos—.
Que hayamos nacido en la mierda no significa que tengamos que seguir viviendo en ella.
Somos pirañas que nadan junto a los demás peces, que parecen igual que los demás…
hasta que ¡BAM! —grita—. Nos llevamos el mejor bocado de todos. ¡Somos los putos reyes!
Hago una mueca.
—Yo no soy ninguna piraña. Yo soy un tiburón blanco.
—Lo que tú digas, tío. No tienes ni idea. ¿Has visto cómo esas cabronas…? —Le vuelve a dar ardor—. ¿Has visto cómo esas cabronas arrancan la carne del hueso? Es fascinante, joder. Son una puta pesadilla.
Me bebo otro chupito de ron y tuerzo la boca.
—Las pirañas van en grupo. En bancos de peces. Los tiburones blancos son los que mandan en el mar. No los pillarás en un banco de peces… son lobos solitarios.
Jacob echa la cabeza hacia atrás y aúlla como un lobo.
—En fin, ya no sé ni qué animales somos, capullo. Lo único que sé es que tú y yo somos iguales. Salimos de la mierda en la que nacimos luchando con uñas y dientes y nos construimos un reino. Aunque mi reino es un poco más grande que el tuyo, ¿eh?
Asiento con gesto apesadumbrado y alzo mi vaso hacia él.
—Ajá. Y tampoco tienes que responder ante nadie, ¿verdad?
Jacob rellena los dos vasos de alcohol con mano temblorosa y me sonríe. Pero luego borra la sonrisa y añade:
—Por lo que tengo entendido, ahora mismo tú tampoco estás obedeciendo órdenes… —Me ofrece el vaso. Tiene los ojos más lúcidos que hace un minuto.
En fin, me cago en todo. Con ese comentario se me ha pasado la borrachera de golpe. ¿Sabe que me he largado de Seattle dejando a Charlie en la estacada? Carraspeo. Me juego mucho con lo siguiente que salga de mi boca.
—A veces, Charlie es un verdadero grano en el culo, Jake.
Nos estamos tomando un descanso. Seguro que la semana que viene ya se habrá olvidado.
—Muevo el brazo torpemente señalando hacia Seattle.
Es mejor que parezca que es él quien está enfadado conmigo, y no al revés.
Puede que Jacob sienta algo de simpatía por un tío que está en nómina y ha cabreado a su jefe.
Pero un tío que está en nómina, se ha rebelado y ha decidido tomarse la justicia por su mano, haría saltar todas sus alarmas.
Todos esos pensamientos se estructuran a través de la bruma del alcohol.
—Ya veo. —Jacob se termina la copa y alarga un brazo por encima de la mesa para cogerme del hombro con firmeza.
Me da un apretón—. Hoy te he defendido, Zeth.
He decidido darte el beneficio de la duda cuando mis hombres habrían preferido que te matase.
Y lo he hecho porque somos unos putos perros, tú y yo, y cuando te veo… me veo a mí mismo.
«Ya, más te gustaría, gilipollas». Igual es el alcohol, pero me hace gracia, teniendo en cuenta que le saco más de veinte centímetros, que soy diez años más joven y que peso unos cincuenta kilos menos que el saco de grasa que está despatarrado delante de mí.
¿Será momento de darle las gracias? Respiro hondo, con la esperanza de que el aire fresco me ayude a encontrar las palabras adecuadas para transmitirle algo parecido a la gratitud.
Pero, tristemente, lo único que se me ocurre es:
—Gracias.
Él se encoge de hombros.
—No me decep…
Fuego.
El complejo cobra vida.
¡BANG! ¡Bang, bang, bang!
Jacob se pone de pie.
—¡Me cago en la puta! —grita, lanzando su vaso al suelo.
Me levanto de un salto; la adrenalina se abre paso a través del alcohol.
Mierda… Me siento como si estuviera subido en un puto tiovivo.
Sigo a Jacob hacia la entrada de la villa.
Fuera, sus guardias están tensos, apuntando a través de la valla a un vehículo que está al otro lado con los faros encendidos.
—¡Métete en el puto coche, zorra!
—¡Dispara! —grita uno de los Black Talons—. ¡Dispara de una puta vez!
Jacob observa la escena con los ojos inyectados en sangre.
—¿Qué cojones pasa? —Su grito no sirve para que los pistoleros se calmen, aunque uno de ellos le contesta:
—Acaba de aparecer una zorra en el puto desierto. ¡Es una poli, joder!
¿Una policía? Ni de coña. Solo puede ser esa maldita mujer de la DEA, Lowell.