42 Sloane
Cuando me despierto, Lacey no está en la habitación del motel. Es un lugar bastante decadente; tiene un aire de abandono que me pone los pelos de punta.
«¿Dónde narices está?». Siento que algo me oprime el pecho.
Me levanto a toda prisa y camino descalza por la moqueta hortera y llena de manchas para mirar en el baño.
Esperaba encontrármela flotando en una bañera llena de agua teñida de sangre, pero cuando las desagradables luces fluorescentes se encienden e iluminan los azulejos descascarillados y la bañera amarillenta, no veo nada color rojo.
No hay sangre. El corazón se me tranquiliza un poco…
hasta que caigo en la cuenta de que el motel está al lado de una carretera por la que pasan coches constantemente y que alguien que se ha propuesto suicidarse tiene más de una forma de llevar a cabo sus planes.
—¿Lacey? ¡Lace! —Fuera, el cielo está teñido de un precioso azul. Lacey está en el aparcamiento, hablando por teléfono en una cabina. Me acerco a ella, no sin antes asegurarme de que me oiga.
—… noche. Dos. —Me hace un gesto con la cabeza al ver que me acerco—.
Sí, ya lo sé. Lo haré, lo prometo, pero ahora mismo necesito la dirección.
—Se muerde el labio, tensa, mientras espera a que quienquiera que esté al otro lado de la línea le responda.
Entonces cierra los ojos un segundo, relajando un poco el cuerpo, exhala y se pone a buscar un papel en el bolsillo.
Anota unos números en el dorso de un tique de compra con un bolígrafo del hotel—.
Gracias, Georgio. Iré a verte pronto, lo prometo.
—Cuelga y me tiende el papel arrugado con un gesto triunfal—.
La tengo. Tengo la dirección del complejo en el que Zeth está ahora mismo.
La cojo del brazo para que se quede quieta y entorno los ojos para leer la información que acaba de apuntar.
—Ahí solo hay números, Lacey. —Por dentro estoy gritando.
¿Un puto complejo? Lo de «complejo» suena peligroso.
¿Y por qué Lacey sabe dónde está Zeth y yo no?
Lleva seis meses viviendo con él; es evidente que les une un fuerte vínculo.
Sé que es irracional que me cabree por esto, pero qué le voy a hacer.
Debo de ser una criatura irracional. Trato de no pensar en la punzada de celos e intento concentrarme en lo que nos ocupa.
Lacey chasquea la lengua, se apoya el tique en la rodilla para añadirle unas comas y, de repente, la información pasa de ser una retahíla de números a convertirse en unas coordenadas.
—Está en mitad del desierto —me informa mientras me lo tiende.
—¿Quién te ha dado esto? ¿Cómo sabemos que está allí?
—Porque Zee me ha hablado de este sitio varias veces. Nunca me dio detalles, pero mi exnovio se mueve en los mismos círculos que él. Más o menos. Ha caído enseguida en cuál era el sitio del que le estaba hablando.
—Dios, Lacey… —Miro las coordenadas hasta que los números empiezan a mezclarse—. No será el único complejo que hay en el desierto; debe de haber cientos de ellos…
—No muchos en los que te cobren quince mil dólares por noche y en los que solo se pueda entrar con invitación —replica ella.
¿Dónde está la chica aterrorizada que le abrió la cabeza a un tipo con una roca?
Apenas reconozco a la Lacey que tengo delante.
Muestra una chispa de seguridad en los ojos, e incluso su voz suena más firme—.
Es la dirección correcta. —Asiente con vehemencia, como si así diera más veracidad a su afirmación—.
Zeth está allí. No te preocupes. Llegaremos hasta él y lo arreglará todo.
Es lo que hace, Sloane. Él siempre lo arregla todo.