41 Sloane
Menos mal que he cogido mi bolso. Cuando llegamos a la autopista, el depósito de gasolina ya está en las últimas.
¿Cómo no se les ocurre llenar el depósito si tienen planeado un secuestro?
Salgo de los límites de la ciudad y me descubro en la I-5 Sur sin ni siquiera haberlo decidido de forma consciente.
La carretera se alarga y se alarga, una extensión interminable de asfalto que nos llevará en la misma dirección durante unas diecisiete horas, hasta que lleguemos a Los Ángeles.
Podría haber ido al hospital. También podría haber recurrido a Pip, pero no pienso ni contemplar la posibilidad de llevarle estos problemas a la puerta de casa.
Lo mismo ocurre con mi lugar de trabajo.
Lo único que sé es que es muy probable que la única persona capaz de mantenernos a salvo se cabree al vernos.
Y no tengo ni idea de cómo encontrarlo cuando llegue a Los Ángeles.
Al cabo de un rato, después de haber parado en una gasolinera para comprarle un refresco demasiado dulce y un par de barritas energéticas, Lacey se queda dormida.
Un amanecer nublado pinta el cielo de rosa pálido.
Unas horas después, veo un cartel que anuncia un Walmart y cojo la salida de la autopista.
Dejo a Lacey durmiendo en el coche y entro para comprarnos un par de mudas de ropa.
La cajera ve el moratón de color púrpura que el tío de la cicatriz me ha hecho en el antebrazo al agarrarme, y niega con la cabeza, como si el estado en que me encuentro, la hora temprana y las camisetas, los vaqueros y los zapatos que he elegido a toda prisa contaran una historia.
Es evidente que cree que estoy huyendo de un novio maltratador, o algo así.
Pero es increíble la importancia que tienen un par de vaqueros y unas bailarinas cuando estás huyendo de algo. Ya me siento menos vulnerable de lo que me sentía en pijama.
Lacey se despierta ocho horas después. Está consciente el tiempo justo para decirme que no sabe conducir, hasta que decido que ya es suficiente y que tenemos que librarnos de este coche.
Paramos en Jackson County, Oregón, abandonamos el vehículo en el estacionamiento de una licorería, con las llaves en el contacto —alguien lo robará tarde o temprano—.
y caminamos cinco manzanas hasta un motel, donde nos registramos con un nombre falso y nos quedamos fritas.
ZETH
—¿Qué coño quieres decir con que «estaba vacía»?
—Callum, uno de mis hombres, elige las palabras con cuidado, consciente de que está de mierda hasta el cuello.
Le encomendé la tarea de vigilar la casa de Sloane durante la noche y el muy cabrón no me ha llamado hasta ahora, a las once de la puta mañana, para decirme que cuando ha llegado la casa estaba vacía—. ¿Cuándo fuiste por última vez?
Guarda silencio unos largos segundos. Y entonces confiesa:
—A medianoche. —Casi puedo oír la mueca de miedo en su voz.
Y espero que él pueda oír las ganas de asesinar en la mía.
—¿Me lo puedes repetir? Porque juraría que acabas de decir que a medianoche, cuando yo te dije que fueses cada dos putas horas.
—Ya lo sé, Zee. ¡Pero está en mitad de la nada, tío! ¡Tardé una hora solo en encontrarlo! Di por hecho que nadie iba a aventurarse por esa carretera de mierda por la noche. ¡Es un peligro, joder!
—¿Sabes qué es un peligro? —gruño—. Yo. Yo soy un puto peligro. Y ahora mismo estoy muy tentado de volar a Seattle para partirte las piernas con mis propias manos. ¿Te queda claro?
—¡Lo siento, Zee! ¡En serio, las voy a encontrar, te lo juro!
—Tú no vas a hacer nada. Me vas a decir lo que encontraste al llegar. —Con cada palabra que pronuncio, mi voz se va tornando más grave y queda. Cualquiera que tenga media neurona sabría que no es buena señal.
—Bueno… Su móvil estaba arriba, en la mesita de noche.
—¡¿QUÉ?!
Me sigue contando lo ocurrido; lo más probable es que le dé miedo darme la oportunidad de hablar.
—Y había marcas de neumáticos fuera, aunque no del coche de la doctora, porque todavía estaba ahí aparcado… Tenía las ruedas destrozadas. Y había muchas huellas y marcas de resbalones en el barro. Parecía como si hubieran arrastrado a alguien, o alguna mierda así.
—¿Arrastrado a alguien o alguna mierda así? Me estás transmitiendo energía positiva de cojones, Callum. ¿Tienes idea de lo que se siente cuando te rompen los dedos uno a uno? Porque con cada segundo que pasa, más ganas tengo de enseñártelo. ¿¿Dónde están??
—No lo sé, jefe. Pero lo voy a descubrir. ¡Ahora mismo!
Cuelga. Aprieto los dientes, cierro los ojos con fuerza y estrujo el móvil hasta que se rompe de la presión. Me tomo un momento. Trago saliva. Respiro hondo.
El día no ha empezado bien.
He sabido que algo pasaba cuando Sloane no ha contestado al teléfono. Lo sabía, joder.
Tengo el estómago en un puño, me sudan las manos, me va el corazón a cien por hora. ¿Qué cojones me pasa? Me pongo de pie y el suelo se inclina como si estuviese en la cubierta de un barco en medio de un puto maremoto.
«Respira, hostia —me digo—. Respira».
Pero respirar no me sirve de nada. La última vez que me sentí así, un carcelero de mierda acababa de cerrar la puerta de mi celda y mi nueva realidad se había abatido sobre mí como una losa.
Estaba en Chino, de entre todos los lugares posibles.
Jodido de todas las maneras concebibles.
Por la voluntad de otro hombre. No había vivido así desde que hui de mi tío.
Esa primera noche, sentí pánico. Fue lo único que me permití sentir antes de cerrarme en banda.
Me decían cuándo tenía que comer, y cuándo tenía que cagar, y cuándo tenía que limpiar, y cuándo tenía que trabajar, pero jamás podrían volver a decirme cómo me tenía que sentir al respecto. Recuperé el control sobre mí mismo.
Ahora no hay ningún control. Tengo las entrañas destrozadas. Los pulmones, llenos de agujeros.
Es inaceptable, hostia.
No sé dónde están.
No sé dónde está.
No sé cómo llegar hasta ellas.
No hay nada que pueda hacer.
Pero necesito hacer algo. Tengo que hacerlo. Cojo mi chaqueta y la sopeso para comprobar que todavía estén dentro las llaves del Camaro. Conduciré todo el día y toda la noche si es necesario, pero voy a encontrar a esas chicas. Mis chicas. Mi chica, joder.
Al otro lado de la puerta del cuarto, Jake y uno de los guardias que estaba anoche en la entrada vienen por el pasillo con una cara seria de cojones.
Y una cara seria en el jefe de una organización criminal es muy mala señal.
Cuando Jacob se siente amenazado, se comporta como si sintiera lo contrario y sonríe.
Cuando sospecha que alguien lo está tomando por tonto, actuando por su cuenta, espiándole y metiendo las narices en asuntos en los que no tiene derecho a meterse… la sonrisa desaparece.
—¿Ibas a algún lado, Mayfair? —pregunta.
Ya no me llama «hermano». El numerito de amistad que ha representado cuando he llegado ha dado paso a un desprecio sin disimulo.
El segurata que va con él lleva una pistola sujeta en la cintura.
Se engancha el pulgar en el cinturón, como si quisiera destacar el detalle.
Me encojo de hombros como si nada.
—Ya sabes, tío, voy a recoger a una amiga. Me dijiste que tengo que traer a alguien al evento, ¿no? —El evento en cuestión no es hasta dentro de dos días, pero a la mierda. Es la primera excusa que se me ha ocurrido.
—Sí, claro. —Jacob se rasca la barbilla y me mira de arriba abajo—. Pero antes de irte, baja a la piscina, ¿eh? Que vamos a charlar un rato.
No es la clase de petición a la que uno pueda negarse, aunque el hecho de que haya disfrazado la orden de petición me permite albergar alguna esperanza de que no sepa tanto como creo que sabe.
Todavía no, al menos. Asiento y lo miro con los ojos entornados.
Jacob señala al frente para indicarme que pase yo primero.
Tras dos días paseándome entre estas paredes con la esperanza de cruzarme casualmente con Alexis, tengo una idea bastante buena de la distribución del complejo, así que voy directo hacia la piscina.
Fuera nos espera una bandeja de fruta cortada, zumo recién exprimido y cerveza.
Jacob se sienta en su tumbona y el guardia adopta su posición de pie detrás de él.
Se me escapa una risita al ver la actitud del matón ridículo, que parece cabreadísimo porque yo no me estoy cagando de miedo en los pantalones.
—Al final te vas a disparar en la polla con esa cosa —le advierto, mirando su pistola con las cejas enarcadas. Me meto una fresa en la boca y la mastico despacio mientras le dedico una sonrisa amenazadora.
Jacob chasquea la lengua.
—Vamos, Zeth. Pórtate bien con mis amigos. Yo siempre me porto bien con los tuyos, ¿no?
Me como otro pedazo de fruta y muevo la cabeza de un lado a otro, un gesto que no me compromete mucho, aunque respondo:
—Cierto.
—No te voy a entretener mucho rato. Solo quería preguntarte una cosa.
—Le hace un gesto al guardia, que le tiende un sobre marrón que tenía metido también en la cintura del pantalón.
Jacob saca de dentro un papel y lo pone bocabajo sobre la mesa que hay entre los dos—.
Se me ha olvidado el motivo que te ha traído aquí con nosotros, al sur de California…
Habías dicho que ibas a ver unos amigos antes de visitar a tu familia… ¿verdad?
—Exacto —contesto, sin inmutarme ante la pregunta o ante el papel que ha dejado sobre la mesa.
—Ya veo. ¿Y qué clase de amigos tienes aquí en Los Ángeles, Zeth?
—De toda clase. —Cojo otro trozo de fruta.
Señalo el cubo de hielo lleno de cervezas y le dirijo una mirada interrogante.
Él asiente, dándome permiso. Le quito el tapón a una de las botellas y doy un largo trago.
Jacob hace lo mismo, aunque él da un sorbo mucho más corto—.
Ayer me reuní con un viejo colega del instituto.
Fuimos a comer —le cuento. Me aseguré de que no me siguiera nadie, pero, joder.
Qué sibilinos pueden llegar a ser estos hijos de puta.
Es posible que Jake me mandara seguir cuando quedé con Rick.
Es mejor que admita que lo he visto antes de que tenga que enfrentarme a las pruebas fotográficas, si es que es eso lo que hay en el papel.
—Ajá. —Jacob reposa una mano en la gruesa barriga, en la que se ha apoyado también la cerveza—. Y este amigo tuyo… ¿tiene nombre?
Lo miro con la mejor expresión confundida que soy capaz de poner.
—Sí, se llama Rick, ¿por?
—Porque ayer pillamos a un tipo haciendo fotos de las chicas desde fuera del complejo. No quiere decirnos cómo se llama ni por qué está aquí. Y se nos ha ocurrido que tal vez sea amigo tuyo…
Mierda. ¿Un tipo haciendo fotos de las chicas? Está claro que lo conozco, pero no es Rick. Es Michael. Niego con la cabeza y esbozo una sonrisa de disculpa.
—Lo siento, tío, no tengo ni idea. Será algún pervertido tratando de meterla en caliente, ¿no?
El guardia, que me mira con el ceño fruncido, gruñe con escepticismo.
—¿De verdad te vas a tragar eso, jefe? Es una trola.
—Cierra el pico, Anton —le espeta Jacob.
Le tiemblan los carrillos por el arrebato de ira.
Jacob vuelve hacia mí el rostro enrojecido, casi púrpura, y me mira de un modo que haría flaquear a hombres peores que yo.
Pero no a mí. Yo he lidiado con gente mucho peor que él y he salido airoso, oliendo a putas flores, mientras que el otro tío suele acabar apestando a sudor y con los pantalones meados.
Y Jacob sabe perfectamente esto de mí—.
No te estoy acusando de nada, Zeth —me tranquiliza—.
Solo quiero asegurarme de que este hombre no sea amigo tuyo antes de dejar que Anton y sus camaradas le hagan preguntas de un modo más persuasivo.
Me sabría mal que uno de tus empleados acabase herido.
Si Michael está en algún lugar de este complejo, sé que no abrirá la boca.
Es una de las razones por las que lo contraté.
No tienen ninguna razón para sospechar que es uno de mis hombres.
El problema es el matón este, Anton, el que acaba de llamarme mentiroso.
Es él quien le está comiendo la oreja a Jake, quien le dice que yo tengo algo que ver con esto.
—Lo siento, tío. Ya te lo he dicho, no puedo ayudarte. De todos modos, no tiene sentido. ¿Para qué querría a alguien vigilando si ya estoy dentro del complejo?
«Para que os hiciera fotos a vosotros mientras yo no estoy, cabrones. Porque desde donde estaba escondido veía la parte del complejo donde tenéis a las chicas. Porque mientras esté aquí, tengo que hacer como si esto no fuera conmigo para que no me pilléis merodeando por ahí como un puto espía».
Y aún hay más razones, pero esas son las principales.
Los ojos oscuros de Jacob se me clavan como un láser; debe de estar tratando de discernir si le estoy diciendo la verdad. Asiente con gesto pensativo.
—Hum… Es lo que pensaba. Aunque ya sabes cómo son las cosas con Charlie, ¿no? Ahora somos amigos, pero no siempre ha sido así. Y yo soy un hombre cauteloso, Zeth. Me gusta actuar siempre con cautela.
—Y a mí también.
Jacob levanta el papel de la mesa, le da la vuelta y lo observa unos instantes.
Cuando lo vuelve a dejar, está del derecho, y soy testigo entonces de los daños que ya le han infligido a mi segundo al mando.
Los vaqueros sucios y la camiseta blanca manchada de sangre están en las antípodas de los trajes inmaculados con los que suele vestir.
Sus músculos están tensos, pues está tirando de las cuerdas que le atan las manos detrás de la espalda, y tiene la frente, la sien y el hombro manchados de sangre, que le sale también de la boca. Le han dado ya una buena paliza.
Me limito a mirar la foto sin inmutarme.
No puedo preocuparme ahora por él; no es nuevo en esto.
Sabe cuidar de sí mismo. Esa certeza no evita que me hierva la sangre, pero lanzo una manta sobre las llamas de furia que arden en mi pecho.
Así, al menos, las contendré durante un rato.
Esbozo una sonrisilla y miro con una ceja enarcada a Anton, que todavía está acariciando la pistola con el pulgar. Qué nervioso está el muy cabrón.
—Me sabe mal por ti, colega. Ni acariciándotela en público consigues que se te ponga dura… Lo pillo. Supongo que necesitas sentirte duro recurriendo a otros métodos.
—¿Qué coño estás insinuando?
—Estoy insinuando que la polla no se te pone dura. —La manta no ha servido para apagar el fuego. Vaya por Dios.
Anton da un paso hacia mí con el rostro deformado de rabia.
Pero Jacob alza una mano con impaciencia para detener a su esbirro.
—De verdad me gustaría que fuerais más amables, muchachos —protesta—.
Anton, ve a ver si ese tipo ha decidido ya contarnos qué hace aquí.
Y ya sé que has dicho que ibas a buscar a una amiga, pero quizá querrías hacerme el honor de pasar la tarde conmigo.
He pensado que las chicas nos pueden entretener un rato mientras nos bebemos unas birras al sol…
Me cago en la puta. No quiere perderme de vista. Tal vez no crea en las teorías conspirativas de Anton, pero tampoco tiene pinta de creerme a mí. Compongo en el rostro mi mejor imitación de una disculpa.
—Lo siento, Jake, pero tengo que ir a por esta tía. Igual mañana…
Me pone una mano en el hombro con firmeza, obligándome a sentarme de nuevo en la tumbona.
—No irás a dejarme bebiendo solo, ¿no? Ni hablar, Zeth. Yo no bebo solo. Me temo que debo insistir.