40 Sloane
Me despierto con un mal presentimiento. Es una sensación sofocante, que se extiende sobre mí con el peso de una manta mientras estoy tumbada en la cama.
La casa se asienta, cruje y suspira; un viento inquietante hace temblar las cristaleras y yo contengo el aliento.
El corazón me late desbocado. La luz de la luna entra por las cortinas abiertas al otro lado de la habitación, y fuera baña también la línea de árboles que marca los límites de mi propiedad, tiñendo las ramas y las hojas de color plateado.
Lo veo todo con nitidez. La puerta del armario.
La cómoda. El pequeño baúl de madera de castaño que tengo a los pies de la cama.
Todo está bien iluminado y donde debe estar. No hay nada fuera de lugar.
Quizá la presencia de Lacey, que duerme en la habitación de invitados, sea suficiente para tenerme nerviosa.
Siempre he sido capaz de sentir cuando no estoy sola, incluso en una casa tan grande como esta.
Nunca duermo bien cuando tengo invitados.
Pero… no. No es eso. Es una sensación diferente.
Incómoda, tensa. No voy a ser capaz de volver a dormirme.
Tengo la garganta tan seca como el desierto del Sáhara. Iré a llenarme un vaso de agua.
Aparto el edredón y cruzo la habitación de puntillas. No voy a despertar a Lacey solo porque esté inquieta…
Me quedo paralizada con una mano en el pomo, mirando boquiabierta a los intrusos que hay en el pasillo. Son dos. Dos hombres, vestidos con pantalones y camisetas negras. Su sorpresa es un reflejo de la mía: ellos también se han quedado de piedra al verme.
Me miran.
Los miro.
Y miro también a la chica que tienen sujeta entre los dos.
El que está más cerca de las escaleras —que tiene una cicatriz horrible que le deforma el labio inferior— la lleva aferrada de las piernas, y el otro —un cabrón altísimo con la cabeza rapada— le sujeta los brazos sobre el torso y le está tapando la boca con una mano.
No haría falta: ni siquiera está intentando gritar; está tiesa como un palo.
Me mira a los ojos y el absoluto terror que atisbo en ellos me impulsa a entrar en acción.
—¿Qué coño estáis haciendo? —Es una pregunta estúpida, porque la respuesta salta a la vista: están secuestrando a Lacey. La chica que Zeth dejó a mi cargo. La chica que prometí cuidar.
El tipo de la cicatriz niega con la cabeza muy despacio.
—Date la vuelta y vuelve a la cama. Es mejor que no te metas en esto.
Me tiembla la voz de rabia.
—Soltadla. Y largo de mi casa.
Los dos hombres resoplan al unísono. ¿Acaso yo no era parte del plan? Debían de saber que estaba aquí.
—¿Quieres morir esta misma noche? —pregunta el de la cabeza rapada.
El otro gruñe. No me gusta el brillo malévolo que veo en sus ojos.
—A la mierda ya. Nos ha visto. Tendremos que encargarnos de ella.
Hasta ahora, Lacey no había movido ni un músculo.
O estaba paralizada por el miedo o se estaba haciendo la muerta, pero lo último que ha oído parece prender una chispa en ella.
Se retuerce y consigue soltarse de una pierna, y eso distrae a los intrusos un segundo, que yo aprovecho para entrar en acción mientras intentan recuperar el control sobre ella.
Lacey me dirige una mirada suplicante y yo corro a mi habitación y cierro de un portazo.
Pongo el pestillo.
«No te estoy abandonando. Te lo prometo, no te estoy abandonando. Aguanta».
Lacey no sabe leer el pensamiento, pero espero que sepa que no la estoy dejando tirada.
Lo que pasa es que no puedo ayudarla si estoy desarmada.
La única arma de que dispongo —el bate de béisbol que tengo al lado de la puerta principal— está fuera de mi alcance, a no ser que me cruce con los secuestradores, así que voy a por mi siguiente opción: mi maletín de suministros médicos.
Lo guardo siempre aquí, en el baño de mi habitación, debajo del lavabo.
—¡Abre la puta puerta, zorra! —Aporrean la puerta con todas sus fuerzas. Me tiemblan las manos descontroladamente.
«Vamos, vamos, vamos. Muévete, Sloane».
¡Pum!
¡Pum!
¡Pum!
Tengo el pulso descontrolado.
Cuando consigo abrir la cremallera, vuelco el contenido del maletín en el suelo del baño.
Tengo blísteres de varios medicamentos, pequeños viales de cristal, jeringas, vendas, depresores linguales…
Todo se desparrama sobre los azulejos. Cojo una jeringa y el primer vial que encuentro y corro a la puerta, pero no a la que da el pasillo, sino a la que conecta con el tercer dormitorio. Contengo el aliento y presto atención.
—… volvemos a por ella. Pero tenemos que meter a esta en el coche.
—¿Qué dices? ¡Se escapará!
—¿Y? —El tipo de la voz más grave, el de la cicatriz, parece cabreado—.
No puede ir a ninguna parte, les hemos rajado las ruedas del coche.
No puede llamar a la policía porque no hay cobertura y hemos cortado el cable del teléfono fijo.
Hemos cortado internet. ¿Qué va a hacer, mandar putas señales de humo?
Vamos. La podemos dejar ahí, será un minuto.
Hace unos años, alguien me preguntó cómo creía que me comportaría si de repente me encontrase en una zona de guerra. ¿Lucharía o me derrumbaría bajo la presión? Entonces no supe qué contestar. Pero ahora sí lo sé.
Espero un minuto y recupero el resuello mientras esos cabrones bajan a Lacey por las escaleras, gruñendo y resoplando.
Y entonces me pongo en marcha.
«Gracias a Dios que soy cirujana de urgencias».
Eso es lo que se me pasa por la cabeza mientras corro por el rellano y bajo las escaleras. De no ser por la cirugía de urgencias, no sería capaz de sacar una jeringuilla del paquete, meter la aguja en un vial y cargarla de medicación mientras corro como si me hubieran prendido fuego a los pies.
Los hombres están saliendo por la puerta principal con Lacey, que por fin está chillando y retorciéndose, a pesar de que le estén tapando la boca con la mano.
¿Qué vial he cogido?
Diclofenaco.
Estupendo.
Veinticinco miligramos si tienes fuertes dolores menstruales, doscientos si quieres mandar a un secuestrador al otro barrio.
Cargo la jeringuilla y echo a correr.
Está lloviendo.
La gravilla se me clava en las plantas de los pies.
El tío que lleva a Lacey por los pies me ve venir.
«Demasiado tarde, hijo de puta».
Clavo la jeringuilla en el cuello de su compinche.
Y el tío de la cabeza rapada se desploma como si le hubiese disparado. Bien. Cae al suelo con los brazos y las piernas flácidos, y Lacey cae con él y aterriza en su pecho.
—¡Zorra! ¿Qué le has hecho? —grita el de la cicatriz—. ¡Lo has matado!
Puede. O puede que no. Ahora mismo no tengo tiempo de comprobar si tiene pulso porque el otro viene a por mí y, de repente, empuña una pistola.
—Entra en el puto coche —me ordena, furioso, señalándolo con la cabeza. El sedán negro que nos ha seguido esta mañana está aparcado a su derecha con la puerta de atrás abierta, preparada para Lacey. El agua de lluvia se acumula en el cuero del interior, empapando los asientos.
Es entonces cuando siento por fin la acometida del pánico. Solo tenía una jeringuilla, y ahora está clavada en el cuello del cabrón que está tirado en la entrada de mi casa.
Mierda. Tendría que haber cogido el bate de béisbol al pasar por delante de la puerta. No creo que me sirviera de gran cosa contra una pistola, pero aun así.
—¿Es que eres sorda además de imbécil? —me espeta el tipo de la cicatriz—. ¡Que entres en el puto coche!
Siempre me ha encantado vivir en mitad de la nada.
No hay nadie que te moleste, no se oyen los coches a todas horas, no hay vecinos cotillas que te espíen desde detrás de las cortinas…
Sin embargo, ahora, vivir tan alejada de la ciudad no me parece tan inteligente.
No hay nadie que pueda venir a rescatarte, ningún coche que puedas parar para pedir ayuda, ningún vecino cotilla que sea testigo de que hay un cabrón apuntándote con una pistola y pueda llamar a la policía. Mierda.
Este tío me podría haber disparado ya. No sé por qué no lo ha hecho. Lo que sí sé es que si entro en ese coche estoy muerta.
—No. No voy a entrar en el coche.
—¿Ah, no? —Al tío se le deforma el rostro de incredulidad—.
Has visto que llevo una pistola en la mano, ¿verdad?
—La levanta de lado para que la vea mejor, sin quitar el dedo del gatillo.
Da un paso al frente, harto ya de esperar.
Me va a meter en el coche a la fuerza, consciente o inconsciente, viva o muerta.
No tengo opción. No puedo llegar más lejos solo con chulería. Cuando me coge, mi demostración de fuerza se desintegra, se esfuma como el vapor.
Zeth. Necesito a Zeth. Siempre está cuando no lo necesito, complicándome la vida, pero ahora que su inclinación por la violencia me sería útil, está a más de mil putos kilómetros de distancia. Por supuesto.
El tío de la boca deformada tira de mi muñeca como si me la quisiera romper.
Está a punto de golpearme con la pistola cuando se mueve de forma repentina y errática y se tropieza conmigo.
Sin soltarme la muñeca, se desliza hacia abajo con la mirada perdida.
Sin embargo, ya no está tirando de mí: está intentando no perder el equilibrio.
Contengo un grito cuando por fin me suelta y se desploma en el suelo mojado convulsionando. Los brazos y las piernas se le mueven de forma espasmódica; los tendones de su cuello se le marcan bajo la piel cuando echa la cabeza violentamente hacia atrás.
Lacey está tras él con una roca gigantesca apretujada contra el pecho. Es tan grande que tiene que usar ambas manos para sujetarla. Hay una sustancia oscura y pegajosa en un lado: sangre.
—¿Acabas de…? —me interrumpo. ¿Para qué se lo pregunto?
Lacey da un respingo, como si acabase de recuperar la conciencia. Suelta la roca, que cae a sus pies con un golpe sordo y se hunde varios centímetros en el barro. Me mira como si no tuviese ni idea de lo que acaba de hacer.
—Es que… No te soltaba y… —gimotea—. ¿Está… está muerto?
—Mira el pecho, todavía se mueve. Respira.
Se pondrá bien, Lacey, pero tenemos que salir de aquí ahora mismo.
—¿Le estoy diciendo la verdad? No lo sé.
Sí, todavía respira, pero a saber durante cuánto tiempo lo seguirá haciendo.
Aunque me importa una mierda. No tengo pensado ponerme en contacto con el tío que me ha atacado para averiguar si está bien—.
Entra en el coche, Lace. —Señalo el sedán para que sepa a cuál me refiero.
Al fin y al cabo, no nos podemos llevar el Volvo.
Los he oído decir alto y claro que le han rajado las ruedas.
Lacey obedece y, abrazándose a sí misma, entra en el asiento de atrás.
¿Atrás? ¿Qué narices hace? Pero entonces recuerdo lo que me dijo Zeth cuando la metió en mi coche: «No puede. Ahí no».
Bueno, pues vale. Mientras esté dentro del coche…
Me siento en el lado del conductor y entonces me sobreviene otra oleada de pánico.
No he cogido absolutamente nada.
«Piensa, Sloane. Traumatismo por objeto contundente. Diclofenaco. ¿Están muertos? ¿Cuánto tiempo tienes? ¿Tienes tiempo acaso?».
No puedo subir corriendo a la planta de arriba y hacer la maleta; eso ni me lo planteo. Pero tampoco podemos llegar muy lejos sin dinero, ¿no? Mi bolso. Está en la mesita del correo, en el recibidor. Con mis tarjetas y mi carné de identidad dentro. Con eso tendrá que bastar.
—Quédate aquí, Lacey. No te muevas.
Decido arriesgarme. La lluvia me azota mientras corro de nuevo hacia la casa.
Como tengo los pies mojados, me resbalo al entrar y me caigo de culo, dándome un golpe enorme.
Un latigazo de dolor me recorre la espina dorsal, tan fuerte que me pitan los oídos.
Me va a salir un moratón. No hay tiempo.
No hay tiempo. Me pongo de pie y estoy a punto de resbalarme otra vez.
Ahí está mi bolso. Lo cojo y lo abro; he de asegurarme de que…
Sí. Mis tarjetas están dentro.
Sin embargo, tengo el teléfono arriba. Debería…
A la mierda. No. No puedo. Tendrá que bastar con el bolso.
Vuelvo corriendo al sedán y encuentro a Lacey temblando como una hoja en el asiento de atrás.
Siento otra punzada de pánico al darme cuenta de que tal vez tenga que rebuscar en los bolsillos de esos cabrones para encontrar las llaves del coche, pero no, gracias a Dios están en el contacto. Claro, tenían mucha prisa.
—¿Por qué nos llevamos su coche? —A Lacey le castañetean los dientes. Está en estado de shock. Tengo que darle algo de azúcar cuanto antes o, de lo contrario, se va a desmayar. Y pronto.
—Han dicho que me han rajado las ruedas, ¿te acuerdas?
—Niega con la cabeza. De repente, tiene la mirada perdida.
Madre mía. Va a ser una noche muy larga—.
De todos modos, quienquiera que haya mandado a esos tíos conoce mi coche.
Cuando vean que su plan ha fracasado, lo buscarán.
Alquilaremos otro en cuanto podamos, Lace.
No hay respuesta.
—¿Lacey?
Veo a través del espejo del retrovisor que se ha puesto las rodillas debajo de la barbilla y que se está meciendo hacia delante y hacia atrás. Me cago en todo.
Enciendo el motor y salgo a toda prisa de casa, dejando los cuerpos de nuestros atacantes tirados en el barro.