39 Sloane #2
Rick es un tipo grande, pero no lo ha conseguido gracias a la genética o —se lo tengo que reconocer— los esteroides.
Come sano. Tan sano como cualquier tía. Ensaladas y proteínas limpias, todo el día y todos los días.
El simple hecho de estar sentado en un sitio como este le debe de estar haciendo sudar extracto de kale.
—No te has dado mucha prisa —se queja mientras me siento frente a él, soltando la carpeta en la mesa. La abre con un dedo, hace una mueca al ver su contenido y deja que se cierre—. ¿Por qué coño estoy en Anaheim sentado en un restaurante de fritanga?
—Porque te lo he dicho yo.
Él asiente. Acepta que así son las cosas.
—Charlie está desquiciado —me advierte con el ceño fruncido—. Te está buscando por todas partes.
—¿Saben los chicos que sigues vivo?
—No. Me lo ha dicho la zorra de la DEA; me dio un móvil desechable cuando empecé a trabajar para ella.
Está cabreada de cojones. —Enfatiza bien la última frase para que yo entienda lo cabreada que está—.
Se ha puesto a chillarme no sé qué de detenerme por haber incumplido nuestro acuerdo y todo el rollo.
Le he dicho que me he tenido que ir de la ciudad antes de que me matasen, y que muerto no le serviría de nada.
—Lo cual es verdad.
—Pero quiere saber dónde estoy. Y ahora quiere que les saque información a las bandas de moteros de por aquí.
—Ni hablar. —Niego con la cabeza—. Si los moteros que tratan con Charlie te ven, se irán de la lengua y, de repente, resultará que has resucitado. Y Charlie sabrá que no hice lo que me pidió.
—Pero si te has largado. —Rick se frota la ancha nariz, dos veces rota, con el dorso de la mano—.
Charlie ya debe de sospechar que pasa algo.
Lowell me ha dicho que un tío le ha contado que el viejo está como loco, buscando a una chica que vivía contigo.
Quiere interrogarla para ver dónde estás.
Y los de la DEA también quieren pillarla.
Parece que están bastante interesados en lo que te traes entre manos, Zeth.
Ya me esperaba que la DEA metiera las narices en mis asuntos, pero no que fuera detrás de Lacey.
Charlie lo sabe todo sobre ella. Finge no interesarse por mis asuntos personales, pero tiene esa nariz atiborrada de cocaína metida en toda mi mierda.
Habrá escuchado mil conversaciones en las que Lace me preguntaba dónde estaba, presa del pánico, y me rogaba que volviera a casa. La sola idea me pone furioso.
Y entonces caigo en la cuenta de algo aún peor. Si Charlie va en serio con lo de encontrar a Lacey… es muy probable que encuentre a Sloane al mismo tiempo.
Se me tensan todos los músculos del cuerpo; ansían entrar en acción de inmediato.
Ansían pegar. Golpear. Necesito hacerle daño a alguien.
Mi cuerpo se sacude con la adrenalina acumulada, prende fuego a mis articulaciones, preparándolas para una pelea.
Nunca un pensamiento me había puesto tan furioso.
Jamás. Estoy preocupado por Lace, claro, pero pensar en que Charlie le ponga una sola mano encima a Sloane…
—¿Estás bien, tío? —Rick se queda mirando la servilleta arrugada que tengo en el puño, tan apretado que se me han puesto los nudillos blancos.
La tiro con el ceño fruncido. El efecto que tiene en mí esta mujer es una putada.
No puedo permitirme estar tan distraído con ella.
Me tiene consumido en cada puto momento que paso despierto, y lo que necesito es concentrarme.
Tampoco me servirá de nada preocuparme por cosas que es probable que no pasen.
Les he encargado a mis hombres una tarea específica: vigilar a Lace y a Sloane y asegurarse de que no les pase nada.
Intento calmarme, mitigar mi arrebato.
—Quiero que te pongas en contacto con la mujer de la DEA.
Pregúntale qué moteros le interesan. Quiero saber qué información tiene sobre mí y cuándo tienen pensado ir a por Lacey.
—Anoto el número de mi móvil desechable en otra servilleta, menos arrugada, pero igual de grasienta, y se la meto a Rick en el bolsillo de la camiseta.
El tipo gruñe a modo de asentimiento, aunque es evidente que no le hacen mucha gracia las instrucciones. Frunce las cejas de color arena mientras piensa qué decir. Al cabo de unos segundos, se inclina hacia mí y pregunta:
—De todos modos, ¿por qué te importa tanto esa tía?
Se estuvo acostando con Georgio Ramerez durante meses, y ya sabes que no es un tipo muy cuidadoso con sus posesiones.
Y se rumorea que Matty Stanton también se la tiró.
No pensaba que fueses de esa clase de tíos que recoge las sobras de los demás, Zee.
Rick es un hijo de puta con suerte, porque aquí no puedo darle su merecido.
Si empezara una pelea, montaría el numerito, y este puto restaurante está lleno de cámaras.
Así que utilizo una técnica de contención con la que Walcott me machacaba a menudo en Chino.
Me imagino agarrando a Rick y clavándole la mesa barata de fórmica en el pecho.
Me imagino agarrándolo de la nuca, haciendo fuerza con los músculos del brazo y estampándole el morro contra la mesa.
En mi mente, oigo el crujido asqueroso de su nariz, veo la explosión de sangre.
Es moderadamente satisfactorio. Pero imaginar la acción sin luego llevarla a cabo es contraproducente.
El objetivo es liberar la ira de mi cuerpo, y pensar en ello no hace más que redirigirla hacia dentro.
Rick se da cuenta enseguida de que esa pregunta ha sido un error. Lo miro fijamente y se remueve en su asiento, incómodo.
—Solo era una pregunta —añade.
—Las preguntas pueden ser muy perjudiciales para la salud.
—Ya, bueno… —Rick mira a su alrededor, como si estuviese buscando una razón para irse. Pero no la necesita: nuestra reunión ha terminado.
—Llama mañana a ese número. Con la información que te he pedido.
Me levanto, me pongo las gafas de sol y salgo del restaurante de comida rápida tan discretamente como puedo, lo que no es nada fácil cuando mides un metro noventa y eres una mole.