Sangre y rosas 1 39 Sloane
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39 Sloane

No puede haber sido Oliver. No puede ser, no puede ser…

Eran los lavabos de mujeres, por el amor de Dios.

Me paso el resto del día acalorada y avergonzada, como si me hubieran pillado con los pantalones bajados.

Y sin camiseta. Mientras me daban instrucciones para hacerme cosas de lo más escandalosas a mí misma.

Tengo ganas de darle a Zeth un bofetón tan fuerte que siento un hormigueo en las manos durante el resto de mi jornada.

Cuando por fin es la hora de irme, encuentro a Lacey dormida en la sala donde la he dejado, envuelta en un montón de mantas.

No tiene pinta de haberse movido desde esta mañana.

Cuando la despierto, me mira adormilada, parpadeando, y abandonamos el Saint Peter’s por la puerta de atrás, primero para evitar las miradas curiosas del personal de enfermería; segundo, para intentar no volver a cruzarme con Oliver (por si acaso), y tercero,

para tratar de sacar el Volvo del aparcamiento sin que me detecte ningún misterioso coche negro con las ventanas tintadas.

Todo va sobre ruedas. Ni enfermeros, ni Oliver ni, milagrosamente, coche negro.

Quizá quienquiera que fuese solo estaba yendo en la misma dirección que nosotras y haya parado a tomarse un café de camino al trabajo.

De todos modos, tanto Lacey como yo vamos con mil ojos durante todo el trayecto hasta mi casa, por si acaso.

Aparco el coche y entramos. Me aseguro de que todas las ventanas y las puertas estén cerradas con llave, como precaución.

Hacerlo me recuerda a cuando Zeth estuvo merodeando por aquí, inspeccionando la casa centímetro a centímetro para cerciorarse de que fuese lo bastante segura según sus estándares.

Probablemente entonces ya sabía que acabaría dejándome a Lacey en la puerta y quería asegurarse de que aquí estuviera a salvo.

Esa idea me pone, por irracional que sea, de un humor de perros.

—Estoy demasiado cansada para cocinar. Tendrás que conformarte con que pidamos algo —le digo bruscamente a la chica, que va detrás de mí, pero me arrepiento al instante. A Lacey se le ensombrece todavía más el rostro.

—No pasa nada —responde de forma automática—. Puedo cocinar yo.

—No. Mierda, no, yo… Lo siento, Lace. Es que he tenido un día muy largo.

—Exhalo con fuerza y, con una mueca, me presiono la frente con los dedos—.

Aunque no es excusa. —No compartía piso desde la universidad, y entonces tampoco se me daba muy bien lo de vivir con otras personas.

Pero no debería hablarle mal a Lacey por culpa de él.

No debería portarme con ella como una capulla porque estoy celosa de la relación tan rara que tienen—.

No quiero que cocines tú. La verdad es que prefiero pedir algo. ¿Te parece bien?

Asiente y se dirige a la barra de la cocina con la cabeza gacha.

Le gusta estar ahí. Parece que allí siente que pasa desapercibida.

Cojo el montón de menús de los restaurantes que entregan comida a domicilio del cajón de al lado del de los cubiertos y le dejo elegir a ella.

Se decanta por comida china, selecciona lo que quiere y, para mi sorpresa, ella misma llama para pedir, dando mi dirección sin ni siquiera tener que pedírmela.

Yo descorcho una botella de vino (que necesito como respirar) y le ofrezco una copa.

Ella se encoge de hombros —«¿Por qué no?»

— y nos arrellanamos en el sofá a ver la tele mientras esperamos a que llegue la cena.

A pesar del vino, tengo mal sabor de boca. Ah, a la mierda, no puedo más. Tengo que saber lo que hay entre ellos.

—Verás… —empiezo a decir; es el mejor modo de sacar un tema cuando no dispones de una buena transición desde otro—. Ya sé que le has dicho a Pippa que no sabes por qué te gusta tanto estar con Zeth, pero estaba pensando y…

Lacey levanta su copa, sosteniéndola con las dos manos, casi como si quisiera esconderse detrás de ella.

Se bebe el vino rápido, demasiado rápido.

Cuando baja la copa, se le han llenado los ojos de lágrimas.

Me mira de reojo. Al ver su reacción, opto por dejar el tema de inmediato, pero entonces ella decide responder por voluntad propia.

—Lo encontré —se limita a decir—. Pasé mucho tiempo buscándolo y al final lo encontré.

«En fin, es la afirmación más confusa que he oído en la vida».

—¿Que lo encontraste en plan… porque estabas buscando a la persona adecuada? ¿Tu media naranja? —Hostia puta, ¿podría ser más torpe? Parezco una página de citas por internet. Qué digo, igual se conocieron en una página de citas por internet.

Lacey es la viva imagen del desconcierto.

—¿Qué? No. Qué va. —Niega con la cabeza con vehemencia—. Me habló de él mi primera familia de acogida. Me dijeron que vivía al norte de Los Ángeles con su tío. Me dijeron que cuando fuera lo bastante mayor podría irme a vivir con él.

—¿Por qué narices te dirían algo así?

Lacey aprieta los labios. No sabe cuánto debería contarme. Cuánto debería revelar. Su mirada se desplaza a mis ojos, mi boca y mi nariz, y luego vuelve a mis ojos. Se abraza el cuerpo con los brazos; parece haber tomado una decisión.

—Es mayor que yo. Mi hermano mayor. Viajé hasta Los Ángeles a buscarlo cuando…

cuando conseguí huir de Greg. Pero no estaba allí.

—Se muerde la uña del dedo pulgar con aire distraído, con la mirada perdida.

Mientras tanto, yo me tapo la boca con la mano una vez más, tratando de asimilar esa información.

Su hermana. ¿Es su hermana?—. Aunque sí que encontré a su tío.

—Hace caso omiso de mi estupefacción—.

Que también es mi tío, supongo. Me dijo que Zeth se había mudado a Nueva York, de modo que me fui allí.

Pero no se había mudado a Nueva York: estaba en la cárcel.

No sabía qué hacer, así que me largué y me vine a Seattle, porque descubrí que su jefe vivía aquí.

Como supuse que Zeth volvería en algún momento, decidí esperar. Hasta que un día volvió.

No me lo puedo creer. Son como la noche y el día: uno alto y moreno, oscuro, la otra diminuta e incolora, como un soplo de viento. Lacey bebe más vino mientras yo acaricio el borde de mi copa con un dedo, tratando de hacer encajar todas las piezas.

—Entonces…, ¿fuiste a verlo y le dijiste que eras su hermana?

Me mira sorprendida.

—No.

—¿Ya lo sabía?

Niega con la cabeza otra vez.

—No. No sabe que somos familia.

—Entonces, ¿cómo terminaste viviendo con él? —Cuanto más sé sobre esta historia, más confusa me parece.

La chica sonríe con cautela.

—Estaba lloviendo. Yo llevaba horas sentada en la calle, pensando en cuál sería el mejor modo de presentarme.

Estaba empapada. Pensé que quizá me dejaría entrar y secarme, al menos, cuando descubriera que éramos hermanos, pero no encontraba el mejor modo de decírselo.

Me desmayé de frío. Él salió porque tenía que ir a algún sitio y me encontró tirada en su puerta.

Casi se tropieza conmigo. Iba vestido de esmoquin, pero me cogió en brazos y me preguntó qué coño hacía en la puerta de su casa y si lo conocía.

Y yo le dije que sí, pero luego me quedé bloqueada otra vez.

Seguía sin saber cómo contárselo para que tuviese sentido.

Me preguntó si habíamos follado alguna vez y le contesté que no.

Me preguntó si le iba a decir de qué lo conocía y le contesté que sí, que en algún momento se lo diría. Cuando fuera capaz. Y eso fue todo.

—¡¿Y eso fue todo?! —Me acerco un poco más a ella, incrédula—. ¿Le dijiste que ya se lo contarías y has estado viviendo con él desde entonces?

Asiente, como si fuera lo más normal del mundo.

—¿Cuánto tiempo hace de eso?

—No lo sé. Unos seis meses, más o menos.

No tengo ni idea de cómo funciona la mente de este hombre, ni tampoco la de su hermana, ahora que sé quién es. Pero son los dos igual de raros.

—Entonces, ¿no tiene ni idea? ¿Aunque te haya dejado vivir con él durante seis meses?

—No lo creo.

Guau.

Una llamada a la puerta me impide seguir con mi interrogatorio.

Voy a abrir —es la cena, que ha llegado por fin—, y decido dejar el tema.

Comemos en silencio. Lacey se ríe en voz baja con la comedia romántica que están emitiendo en la televisión y yo me quedo ahí dando vueltas a lo que acabo de descubrir.

Ja.

La ironía de la situación no se me escapa.

Yo estoy cuidando de la hermana de Zeth mientras él intenta cuidar de la mía.

ZETH

No consigo sacarme a esa chica de la puta cabeza.

Los sonidos que salían de su boca, las cosas que le he dicho que se hiciera y lo fácilmente que ha cedido, viniéndose abajo como un alud en cuanto he conseguido que diera el primer paso.

Por no hablar del silencio horrorizado que se ha producido cuando han tirado de la cadena.

Menuda joya. Todavía me parto de risa si lo pienso.

No sé por qué, pero lo convierte en algo todavía más tabú, sobre todo porque ese tipo de cosas, que te pillen, me la pone dura como una piedra.

Tuve que estar más de media hora tocándome antes de que se me fuese de la cabeza.

Después pasé el resto del día de ayer planificando con Michael.

Tenía más fotos que confirman que Alexis está, sin duda, en algún lugar de ese complejo.

La chica tiene más curvas que su hermana y va bien vestida.

Salta a la vista que está bien cuidada, aunque tenía ojeras.

Se la veía atormentada; me da la sensación de que está metida en algún lío, pero no puedo ir a hurtadillas por el complejo buscándola.

Levantaría demasiadas sospechas, sobre todo después de haber rechazado a Alaska.

La tía lleva todo el día lamentándose por lo mismo.

No, hoy voy a ir a Anaheim a encontrarme con Rick.

Además de las fotos, Michael tenía un dosier preparado para mí lleno de información sobre la agente de la DEA que ha estado husmeando.

Tengo pensado llevármelo conmigo para hacerle a Rick algunas preguntas muy concretas.

Si conoce algún detalle que no aparezca en el dosier, yo también quiero saberlo.

Y también quiero saber si ha tenido noticias de Seattle.

Tirar mi móvil fue lo más inteligente, porque Charlie se habría enterado de dónde estoy a través de él, pero también implica que no tengo ni idea de qué clase de infierno puede haberse desatado en la ciudad desde que me piré.

Rick me está esperando en un restaurante de pollo frito con unas patatas frías y grasientas delante que no ha tocado.

Elegí este sitio a propósito para cabrearlo.