Sangre y rosas 1 38 Zeth #3
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38 Zeth #3

—Buena chica, Sloane. —O me ha oído jadear o está utilizando un extraño poder psíquico que había mantenido oculto hasta ahora—. ¿Tienes el clítoris hinchado?

Cierro los ojos e intento no sentirme completamente perdida y avergonzada.

—Sí, está hinchado.

—Frótalo para mí. —Obedezco. Deslizo los dedos de delante atrás por la carne resbaladiza de entre mis piernas, tratando por todos los medios de respirar de forma acompasada—. ¿Te gusta?

—Ajá… —Doy un respingo cuando una oleada de placer trepa por mi espina dorsal, cuando una sensación ardiente me quema las puntas de las orejas y las mejillas.

Siento un fuerte cosquilleo en los labios.

Me muerdo el inferior en un intento por contener la sensación, pero solo consigo empeorarla. Suspiro profundamente.

—Así… No te contengas, fiera. —La voz de Zeth, resonante y profunda, es hipnótica, tiene a mi subconsciente bajo su yugo. La siento como una presencia física en sí misma, que envía oleadas de placer alrededor de mi cuerpo—. Quítate la camiseta.

Me interrumpo y obedezco, apartando todas las objeciones de mi mente.

Ahora ya no tienen sentido. Me quito la parte de arriba del uniforme y la camiseta que llevo debajo y dejo caer ambas prendas en el suelo, entre mis piernas.

No hace frío, pero mientras me quito los tirantes del sujetador, me estremezco.

Ya tengo los pezones preparados, duros y engrosados, tan sensibles que casi me duelen cuando me acaricia el aire.

—Apriétate las tetas. Imagínate que son mis manos —ordena Zeth—. Mi boca.

¿Que me apriete las tetas? No es algo que haga cuando estoy sola.

En realidad, no lo he hecho nunca. Siempre he pensado que no sería lo mismo que cuando lo hace un chico, pero ahora, cuando deslizo con suavidad la punta de un dedo por mi piel erizada, me lo imagino a él.

Siento el calor de su aliento cuando se detiene a chuparme un pezón y luego el otro, cuando se los mete en la boca. Me quedo sin respiración de nuevo.

—Bien. Así me gusta —me anima—. Pon el altavoz. Vas a necesitar las dos manos para esto.

Tanteo el móvil hasta pulsar el icono del altavoz y lo dejo sobre el montón de ropa que tengo en los pies. Ya estoy demasiado absorta en todo esto para pensar en lo que estoy haciendo. Ahora ya voy por libre; me toco y me acaricio donde me apetece. Y jadeo. Perdida en esta locura.

—Ahora métete los dedos. —La voz de Zeth es más brusca de lo normal, lo que es mucho decir.

Le obedezco de inmediato: deslizo primero el dedo del medio y luego el índice en el interior de mi coño.

Inhalo con fuerza al sentir la presión cálida y tirante, la dicha.

El timbre prohibido de sus palabras tiene un efecto mágico sobre mí cuando me ordena—: Fóllate por mí, Sloane. Hazlo. Fóllate fuerte.

No puedo evitar los gemidos y jadeos que se me escapan mientras muevo los dedos en mi interior, mientras lo imagino a él encima de mí, con la polla dura como una piedra embistiéndome sin tregua, mientras imagino el escozor sublime de su barba incipiente sobre mi piel sensible.

Él sigue murmurando palabras al teléfono y transmitiéndome su aprobación con gruñidos y siseos mientras yo grito cada vez más.

Sin embargo, ya no puedo concentrarme en lo que está diciendo.

Poco después, una sensación poderosa y efervescente se adueña de mí.

Ocurre de golpe, de repente: una oleada de calor rompe a través de mí como lo haría el agua en las paredes de una presa, alzándose y arrastrándome consigo al mismo tiempo.

—Dios… ¡JODER! —La maldición escapa de mis labios como una súplica. El pecho me sube y me baja con violencia mientras intento recuperar el resuello, una y otra vez.

La risa perezosa y divertida de Zeth reverbera en el estrecho cubículo.

—Parece que te lo has pasado bien, fiera.

—Que te follen —le espeto, jadeante, aunque no con mucho entusiasmo.

Y entonces oigo algo que me hiela la sangre: alguien tira de la cadena. Zeth se queda en silencio unos instantes y luego dice:

—A ver si lo adivino. Esa no has sido tú.

Me pongo recta y me tapo la boca con las dos manos. Zeth se echa a reír. Cojo el móvil a toda prisa y pulso el botón rojo para colgar. Tengo toda la sangre en las mejillas.

Mierda. Mierda. Mierda.

Se abre la puerta de uno de los cubículos.

No es el que tengo al lado, sino el del final.

Se oye el ruido del grifo y el agua que empieza a caer.

Sea quien sea, se lava las manos a toda prisa y sale corriendo del baño.

Yo cojo mi ropa y me visto corriendo, histérica.

¡Tengo que descubrir quién era! ¡No, no, nooooo! ¡Mierda!

Me lavo las manos a toda prisa y salgo del baño.

Ahora jadeo más por lo horrorizada que estoy que por el orgasmo que acabo de experimentar.

El pasillo está lleno de enfermeros, médicos y otras personas que han venido a acompañar a los pacientes.

¡Personas cualesquiera! No sé qué es peor, que me haya oído un colega o uno de los pobres familiares de uno de mis pacientes.

Mi vergüenza alcanza cotas insospechadas cuando Oliver Massey se me acerca alegremente por el pasillo con una sonrisa.

Levanta la mano y, sin pensar, se la choco al pasar.

Sin detenerse, enarca una ceja y, guiñándome un ojo, me dice:

—Llevas la camiseta del revés, Romera. ¿Qué has estado haciendo?