Sangre y rosas 1 38 Zeth #2
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38 Zeth #2

Sus intensos ojos marrones, mirándome fijamente mientras se hundía en mí hasta el fondo, gruñendo con los dientes apretados.

Mierda.

Lacey, que parece ansiosa, se sienta en la cama mientras yo corro para ponerme el uniforme antes de que «casi tarde» se transforme en «tarde de verdad».

La gente piensa que son los residentes de primer año quienes están bajo más presión, pero eso no es cierto.

Si te retrasas con el trabajo, es igual de fácil que te echen de la residencia.

Y no está muy bien visto que llegues tarde.

Como tampoco lo está que te lleves contigo al trabajo a una mujer de veintiséis años a la que le tienes que hacer de niñera.

Consigo hacer mis rondas a tiempo, por suerte, y veo a los pacientes a los que ingresaron durante mi día libre.

Un pulmón perforado, un defecto cardíaco congénito, septicemia…

Hoy todo es grave. Lo bastante grave como para tener que dedicar un buen rato a cada paciente, revisando sus progresos y rellenando los documentos necesarios para que tengan el historial actualizado y los medicamentos correspondientes.

Cuando consigo encontrar un momento para encerrarme en un baño y escribir a Zeth, ya es mediodía.

Yo:

Tus amigos me han seguido al trabajo esta mañana.

Al cabo de un minuto, recibo una notificación.

Zeth, recibido a las 12:48:

¿Qué ha pasado?

Yo:

Nada. Solo nos han seguido. Han aparcado enfrente. ¿Qué quieres decir con qué ha pasado? ¿Va a pasar algo?

Zeth, recibido a las 12:51:

Lo dudo.

Pero…

Zeth, recibido a las 12:51:

¿Estás bien?

Debería contarle la verdad. Que no, que no estoy bien.

Pero eso no serviría de nada. Además, no sé por qué, pero no quiero mostrarme débil ante él.

Si admito que estoy asustada por culpa de sus colegas criminales será como admitir que le tengo miedo a él.

Y eso no pienso admitirlo bajo ningún concepto.

A ver, él ya sabe que se lo tengo, pero yo no lo pienso reconocer en la vida.

Mientras le escribo un mensaje largo y contundente, el móvil empieza a sonarme en la mano. Acepto la llamada con el ceño fruncido.

—¿Qué pasa?

—No me has contestado y me acabas de decir que te han seguido. Si te pregunto si estás bien, me contestas, Sloane —me regaña con su voz áspera y ronca—. Si no, pasarán cosas malas.

—Te estaba contestando… ¡Bah! —No sé ni para qué me molesto—. ¿Qué puedes hacer respecto a esos tíos que están zampando dónuts enfrente del hospital?

—Nada. —No parece preocupado en absoluto.

—¿Qué? ¿No son los hombres de tu jefe? ¿No te llevas bien con ninguno de esos tíos?

Eso le arranca una carcajada, un sonido ronco que se cuela por mis oídos y me hace estremecer.

—En general, no metemos las narices en los asuntos de los demás. Charlie lo prefiere así.

—¿Y qué se supone que tengo que hacer si me siguen a casa cuando salga del trabajo? —Pensar en volver a casa y estar en esa colina alejada sin más protección que Lacey no es una perspectiva muy tranquilizadora.

—No te va a pasar nada —me calma—. Yo también tengo a mis hombres vigilándote. Además, solo están observando. Si uno de ellos se cuela en tu casa, apuñálalo y punto.

¿Que lo apuñale y punto? Me quedo boquiabierta.

—¡Yo no voy por ahí apuñalando a la gente!

—¿Tienes pistola?

—¡No!

—Pues entonces dispararles no es una opción, ¿no?

Me pellizco el puente de la nariz y me dejo caer sobre el inodoro, que tiene la tapa bajada.

—Zeth, ¿puedes, por favor, volver lo antes posible? Por favor.

—Cualquiera diría que me necesitas… —responde con voz grave y aterciopelada. Me estremezco de nuevo. De pies a cabeza.

—¡No te necesito!

—Pues yo sí que te necesito a ti. —Su voz adopta un registro que nunca había escuchado antes, tan profundo y áspero que siento que me empieza a arder el cuerpo entero—.

La próxima vez que te vea, te voy a presentar a algunos amigos de mi bolsa.

Joder, se me pone dura solo de pensarlo.

Hay un juguete en esa bolsa que me parece que te gusta tanto como a mí…

Se refiere al cuchillo, lo sé. Trago saliva con dificultad y niego con la cabeza, tratando de apartar de mi mente los recuerdos de la última vez que lo usó conmigo. Pero me lo pone muy difícil, porque sigue hablando:

—Qué ganas tengo de acariciar esos muslos, Sloane. Quiero arrancarte la ropa del cuerpo y hacerte temblar. Quiero clavarte los dedos y los dientes en la piel hasta que grites mi nombre. Y tú también lo deseas, ¿verdad?

Un sudor frío empieza a brotar de los poros de mi piel, erizándomela.

Soy una persona muy visual. Cuando me dicen algo, me lo imagino de inmediato, y en este preciso momento estoy visualizando la impresionante polla de Zeth abultada bajo sus vaqueros, suplicando ser liberada. Carraspeo y cierro los ojos.

—Tus deseos ahora mismo no me parecen muy prácticos.

—¿Te he parecido práctico alguna vez? —Baja el volumen de la voz otra vez, convirtiéndola casi en un susurro. Me hace sentir todavía más acalorada—. ¿Dónde estás ahora?

—En el baño.

—¿Hay alguien más ahí contigo?

Se me antoja una pregunta sensata. Una pregunta que haría cualquier persona normal con la que estuvieras hablando de jefes de la mafia, de que alguien te sigue y de matar a gente a puñaladas.

Me agacho para mirar por debajo de los separadores de los baños.

No veo ningún pie, ni tampoco nadie delante de los lavabos.

—No. No hay nadie —confirmo.

Pero lo que dice a continuación me deja claro que Zeth no me lo ha preguntado porque le preocupe que alguien se esté enterando de nuestra conversación.

—Bien. Métete la mano por dentro de los pantalones, fiera.

—¿Qué?

—Haz lo que te digo. Métete la mano por dentro de los pantalones. Quiero oír cómo te corres.

Santo Dios.

—¡No me voy a masturbar en unos baños públicos! ¡Estás loco si te crees que voy a hacer lo que pretendes!

Zeth suelta un agradable gruñido al otro lado de la línea.

—No te lo estoy pidiendo, Sloane. Te lo estoy ordenando. Tócate. Ahora mismo.

—¡No!

Mi negativa parece confundirle.

—¿Me dirías que no si me tuvieras delante?

Me lo pienso unos instantes. Imagino cómo sería. Si estuviera aquí delante, en este cubículo, haría cualquier cosa que me ordenara. Maldito sea. Al ver que no respondo, se ríe.

—Te propongo un trato —dice, respirando pesadamente en el teléfono—. Si te metes una mano por dentro de esos pantaloncitos azules de puritana que llevas puestos y no estás ya mojada por mi culpa, te doy permiso para colgar.

Le encanta hacer esto. Le encanta poner a mi propio cuerpo en mi contra.

Pero esta vez no lo va a conseguir. Resopló con arrogancia, convencida de que esta vez le voy a demostrar que se equivoca.

Podría decirle que lo he hecho, reírme con altivez y colgarle, pero eso no funcionaría. Detectaría la mentira.

—¡Está bien! —Meto una mano por dentro de la cinturilla de los pantalones, pero por encima de las bragas.

No hace falta llegar tan lejos. Por desgracia se me borra la sonrisa al instante, porque descubro no solo que estoy mojada, sino que el fino algodón de mi ropa interior está totalmente empapado.

—Primero el dedo del medio, Sloane —ordena Zeth con voz ronca. Ni siquiera me pregunta quién de los dos ha ganado el trato. Sabe que ha sido él. El muy cabrón… cierro los ojos con fuerza, cabreada conmigo misma.

—No tengo tiempo. Tengo pacientes a los que ver.

—El paciente al que estás atendiendo ahora mismo soy yo —me informa con voz grave—. Quiero oírlo en tu voz, Sloane. Quiero oír hasta el último segundo agonizante en el que juegas contigo misma, deseando que lo que tienes entre las piernas fuese mi polla en lugar de tus dedos.

—Te lo tienes muy creído, ¿sabes? —Estoy sin aliento, lo que no contribuye mucho a hacerme parecer más segura de mí misma.

Emite un ruidito de contrariedad.

—El dedo del medio. Métetelo y dime si no es eso lo que estás pensando. Dime si no deseas que fuese mi polla, clavándosete bien adentro. Hazlo, Sloane.

Quiero echarme a reír. Quiero echarme a reír y colgar e irme a hacer las rondas y olvidarme de esta estupidez que me está pidiendo.

Pero también quiero obedecerlo. Zeth no dice nada más, pero oigo su respiración cargada y pesada al otro lado de la línea.

Paso treinta segundos luchando conmigo misma.

Es exactamente la misma situación que provocó en su ostentoso apartamento.

Está intentando que tome la decisión yo misma.

Hacerme ver que esto es lo que deseo en realidad.

Y yo ya sé que lo es, así que ¿por qué me resisto?

Esa voz tan parecida a la de Pippa susurra en mi mente: «Porque no lo conoces. Y lo que sabes de él es aterrador». Pero los dos últimos años de mi vida han sido aterradores. Al menos estoy segura de qué y quién es él.

Me aparto las bragas y presiono el dedo contra mi vértice. Ahogo un suave grito. Qué mojada estoy, qué excitada… Nunca me había sentido así cuando hacía esto sola. Aunque ahora no estoy sola, ¿verdad? Es casi como si Zeth estuviera guiando mi mano con la suya.