38 Zeth
Llego al complejo de Jacob por la noche.
En algún lugar de la ciudad, Rick está esperando con impaciencia que le dé instrucciones.
Michael también ha llegado; cuando se enteró de que Alexis estaba en este complejo, le dije que se quedase a vigilar.
El sitio está a tomar por culo, rodeado de un muro de hormigón de tres metros de altura.
Protege el complejo entero salvo por la entrada, que tiene unas puertas imponentes de hierro forjado con unos pinchos formidables.
Ningún cabrón puede entrar o salir de aquí sin que Jacob lo ordene, o, al menos, sin que él se entere.
Hay dos seguratas musculosos fumándose un porro en la puerta que me miran con cara de pocos amigos cuando aparco el Camaro delante.
Se llevan las manos a las armas que tienen en la cadera cuando me ven salir del coche.
—Da media vuelta, colega. Estás un poco lejos de casa, y aquí no tienes nada que hacer —me dice el más bajo y gordo. Yo lo miro con una ceja enarcada.
—Pues yo creo que sí. Tengo un asunto pendiente con Jacob.
El otro tío escupe en el suelo y luego le da una larga calada al porro. El olor a maría flota en el aire nocturno.
—Hermano, esta noche no tenemos matones de mierda en la lista de invitados. Lo que tienes que hacer es volver a casa.
Me dirijo a la verja y acerco la cara a los barrotes.
—Yo en tu lugar le echaría otro vistazo a la lista. Hermano.
Los dos seguratas se miran. No conduzco un Benz, así que salta a la vista que no soy uno de los clientes habituales.
Y mi envergadura tampoco parece estar jugando a mi favor.
Tras un minuto de tensión, durante el cual ellos me miran fijamente y yo los miro fijamente a ellos, el más alto hace un ruido de desaprobación y se da la vuelta mientras murmura algo en un pequeño walkie-talkie.
Enseguida se vuelve de nuevo hacia mí y señala hacia arriba con la cabeza.
—Sonríe para la cámara, capullo.
Una cámara instalada sobre el muro, a mi derecha, gira para grabarme. Me pinto una sonrisa falsa en la cara, una sonrisa arrogante de cojones, y le hago una peineta al objetivo.
Se oye una voz distorsionada a través del walkie-talkie que el tío más alto tiene en la mano.
Parece enfadada. Los dos seguratas adoptan una expresión dura y agraviada —«¡lo siento, cabrones!»
— y me abren la puerta a regañadientes.
Vuelvo a entrar en el Camaro y me aseguro de derrapar bien al pasar para echarles arena en la cara.
Una vez en el interior, una figura pequeña, oscura y esbelta baja los escalones del enorme edificio de una sola planta para recibirme.
Una mujer. Aparco y me tomo unos instantes para reordenar la historia que voy a contar: que estoy de paso, que busco un lugar donde quedarme a pasar la noche. Que Charlie lo sabe todo.
Charlie no tiene ni puta idea de que estoy aquí.
No tiene ni puta idea de que me he ido de Seattle ni de que he desobedecido sus órdenes y no he matado a Rick, como se suponía que tenía que hacer.
Sigo poniéndome de un humor de perros cada vez que pienso que fue el viejo quien le dijo a la policía que yo maté a Murphy.
Si le hubiera visto la cara antes de irme, se la habría machacado a golpes hasta hundirle el puto cráneo.
La mujer que ha salido a recibirme se llama Alaska; la recuerdo de la última vez que estuve aquí con Charlie.
Más en concreto, lo que recuerdo son sus tetas.
Jake insistió en que bailara para mí. La chica tiene una piel bronceada preciosa y el cuerpo de una puta gimnasta.
Me ofrece una enorme sonrisa mientras me dirijo hacia el edificio.
—Así que has vuelto para verme ¿eh? —Se echa a reír—. Solo has tardado unos cuantos años.
Unos cuantos años no ha sido tiempo suficiente para estar lejos de este sitio.
Me apoya las manos en el pecho y se inclina para darme un beso en la mejilla, lo que soporto lo mejor que puedo.
Esta mujer vende su cuerpo por orden de Jake, pero no es eso lo que me molesta.
Lo que pasa es que yo no he venido aquí a follar. Y ella no es Sloane Romera.
La cojo de las muñecas y aparto sus manos de mi pecho.
—Lo siento. Solo he venido a presentarle mis respetos a tu jefe —le aclaro con voz inexpresiva. Ella finge ofenderse por mi rechazo y hace un mohín.
—Pues que sepas que esta noche voy a ser mucho más amable que Jacob.
Vamos, entra. Te reservo para mí durante una horita antes de que vayas a hablar de vuestros negocios aburridos.
—Me limito a mirarla, y cuando ella lee en mi expresión lo que pienso de sus intentos, se borra la sonrisa seductora de la cara—.
Ya veo. Está bien. —Enarca las cejas y señala el edificio bien iluminado con la cabeza—.
Está en la piscina. Ten cuidado, no te pierdas.
—Se da la vuelta y entra en el edificio indignada, meneando las caderas con furia.
Encuentro a Jacob justo donde me ha dicho que estaría, sentado en una tumbona junto a la piscina y bebiendo un vaso de whisky. Sonríe al verme. Ha engordado todavía más desde la última vez que lo vi, y eso que entonces ya era obeso. Debe de estar al borde de un ataque al corazón.
—¿Zeth Mayfair? Vaya, vaya. —Tiene el acento sureño más marcado que nunca; debe de haber estado hace poco en su casa, en Tennessee, para visitar a su familia—. ¿Por qué has tardado tanto en venir a verme, eh?
No se levanta de la tumbona. Se limita a tenderme la mano para que le acepte esa especie de apretón flojo.
Señala la tumbona que tiene al lado y, con un gemido, se estira para coger un decantador que contiene un líquido de color ámbar.
Sirve unos tres dedos en otro vaso y me lo pasa.
Huele a whisky. Lo acepto; de lo contrario, estaría cagándome en su hospitalidad.
Sería un mal comienzo para una reunión que ya es bastante delicada.
—¿Qué hace ese cabrón inglés? ¿No ha venido contigo? —pregunta Jacob.
—No, esta vez voy por mi cuenta. Tengo un largo camino hasta Las Flores y he venido a ver si me prestas una cama donde pasar la noche.
—Hablo con toda la despreocupación del mundo—.
Y, si te sientes generoso, igual me aprovecho de tu hospitalidad durante dos o tres noches.
Hay algunos amigos a los que me gustaría visitar aprovechando que estoy por aquí.
Jacob da un largo trago de su vaso, estudiándome por el borde con los ojos marrón oscuro y aire pensativo.
Seguramente está pensando que Charlie me ha mandado para espiar los negocios que se trae entre manos.
Estos cabrones fingen ser uña y carne, pero no se fían el uno del otro ni de puta broma.
Lo que, por defecto, significa que Jacob tampoco se fía de mí.
—Pues claro, amigo. Mi casa es tu casa, como dicen los españoles. —Sonríe, pero no percibo afecto alguno en sus ojos.
—Muy amable. —Doy un trago de mi vaso (efectivamente, es whisky) y saboreo el ardor del alcohol.
—En realidad, has llegado en el mejor momento —añade Jacob con secretismo—.
Si te quedas hasta el martes, podrás asistir a nuestro pequeño…
evento. —El énfasis en la palabra final me indica claramente a qué clase de evento se refiere.
Del mismo tipo de los que yo mismo solía celebrar hasta hace poco.
Hasta que llegó Sloane—. Tengo mucha carne fresca esperando a ser salpimentada…
—Se echa a reír y la barriga fofa se le mueve como si fuera un colchón de agua medio deshinchado—.
Pero esta vez es un poco distinto. Tienes que traer tú a alguien.
¿Lo pillas? Si no se puede tocar, que al menos se pueda mirar.
—Me guiña el ojo con intención; sus mejillas flácidas se balancean como las de un basset hound—.
Dudo que te cueste mucho encontrar a alguien que te acompañe.
En fin, tendré que asegurarme de cruzarme con la chica antes de entonces. Doy un buen trago de whisky.
—Sí, suena bien. No creo que me cueste mucho.
SLOANE
Un coche negro y resplandeciente me sigue por la autopista hasta llegar al Saint Peter’s.
Lacey lo ve antes que yo —tengo que llevármela al trabajo conmigo, lo que es una putada en varios sentidos— y lo señala.
Cuando entro en el aparcamiento del hospital, el coche pasa de largo, pero se detiene en la curva de la cafetería que hay al otro lado de la calle y apaga el motor cuando nosotras salimos del coche y nos dirigimos a la entrada del edificio.
Es un vehículo corriente, pero tiene las ventanas tintadas, así que es imposible ver quién hay dentro, aunque parece que Lacey ya se imagina quién es.
—Es uno de los hombres de Charlie, seguro —anuncia. Su tranquilidad ante la idea de que nos sigan me resulta perturbadora, porque yo estoy a punto de echar a correr al hospital y esconderme en un escobero, o algo así—. Apuesto lo que quieras a que cuando nos vayamos, todavía sigue aquí.
—Pues si para entonces siguen aquí, voy a llamar a la policía.
Ella se ríe por la nariz.
—Buena suerte.
—¿Qué quieres decir?
Se encoge de hombros y me mira como si yo fuese tonta, poniendo los ojos en blanco.
—Los polis están todos comprados. Y casi todos los tiene comprados Charlie. Lo más probable es que ni aparezcan, así que no cuentes con que te ayuden.
En fin, pues eso sí que me preocupa. Tengo la impresión de estar dentro de una película de gánsteres de los años cincuenta, solo que todo es real. Y eso de no poder ni llamar a la policía… Una maravilla. En serio. Una verdadera maravilla.
Dejo a Lacey en una de las salas de descanso. Ya casi llego tarde a mis propias rondas, así que no tengo tiempo de hacerle de niñera.
—No salgas de esta sala —le ordeno—. No hace mucho fuiste paciente de este hospital.
Mucha gente podría reconocerte, y si te internan en psiquiatría mientras yo estoy trabajando, Zeth me matará.
—Puto Zeth. Este tipo no ha hecho más que causarme problemas desde que apareció.
Si no hubiera matado a Eli, tal vez yo habría conseguido la información que buscaba y Alexis ya estaría en casa conmigo.
Estaría yendo a la iglesia con mamá y papá los fines de semana, acompañando al coro con el piano y cantando con los parroquianos.
Intento aferrarme a mi ira durante unos instantes, pero se apaga con la misma rapidez que los fuegos artificiales después de explotar, porque mi mente decide recordar otras cosas en su lugar.
Como su forma de provocarme con su enorme polla mientras se preparaba para penetrarme.