37 Sloane
La historia de Lacey me pone el estómago del revés.
Tenía pensado dejarla sola con Pippa para que pudieran hacer la sesión en privado, pero cuando intento darle espacio, Lacey me coge de la mano con una fuerza que asusta y se niega a soltármela.
Me da la sensación de que no le gustan los desconocidos, y entre Pip y yo, el rostro familiar soy yo.
Así que me siento en el otro extremo del sofá, decidida a permanecer impertérrita ante cualquier cosa que escuche, pero, a medida que Pippa le hace a Lacey la letanía de preguntas y esta las va respondiendo sin emoción, eso se me antoja cada vez más difícil.
—Te has criado dentro del sistema de acogida… ¿Qué les pasó a tus padres?
—Murieron antes de que yo naciera.
—Pero… ¿cómo es posible que tu madre muriera antes del parto?
—Estaba en coma. Técnicamente, estuvo muerta las últimas tres semanas del embarazo. La dejaron ir en cuanto me dio a luz.
—¿Y después?
—Casas de acogida.
—¿Cuántas?
—Diecisiete. Creo. En algunas estuve un par de meses, en otras solo días. En la última estuve un año entero.
—¿Cómo es que allí estuviste tanto tiempo?
—Porque al señor Mallory, a Greg, le gustaba tenerme allí. Le era… útil.
—¿En qué sentido?
—Para limpiar y cocinar. Para tener sexo cuando a él le apetecía.
—Entonces, ¿la relación que tuviste con este hombre fue consentida?
—No exactamente.
—¿No exactamente?
—No. No era consentida.
—¿Te violaba?
Silencio.
A veces la mente no es capaz de asimilar una palabra. Y esa palabra, para el organismo de Lacey, es paralizante. Se retrae y se vuelve hacia la ventana. Parpadea despacio, con la mirada perdida.
—¿Fue el primero? —pregunta Pippa.
Lacey niega con la cabeza. La melena rubia le acaricia los hombros mientras lo hace.
No, Greg no fue el primero.
Después de esta confesión, Pippa recula un poco.
Se ha dado cuenta de que la chica está a punto de cerrarse en banda y es demasiado pronto para eso, así que le hace otras preguntas.
¿Por qué le da miedo estar sola? ¿Puede contarle por qué se siente tan unida a Zeth?
Pero Lacey se limita a encogerse de hombros y le responde que no sabe por qué.
Tras una tortuosa sesión de cuarenta minutos, Pippa asiente y se levanta del sillón.
—Muy bien, señoritas. Creo que deberíamos dejarlo aquí, ¿no os parece? Yo estoy agotada.
Los ojos de Lacey cobran vida de nuevo. Mira a Pippa sorprendida.
—¿Cómo? ¿Ya está? ¿No quieres que te cuente nada más?
Pip le sonríe con amabilidad.
—No si no quieres. Pero puedes contarme todo lo que quieras.
—No, no… Está bien. —Lacey afloja un poco la fuerza con la que está agarrada a la manta que se ha echado sobre las piernas—. Creo que preferiría irme.
—No hay problema. —Pippa le tiende la mano para estrechársela y Lacey la mira con el rostro lleno de desconfianza.
La costumbre del apretón de manos nació hace miles de años: la gente lo hacía para demostrar que no iba armada.
Y ese truco funciona también ahora mismo, entre Lacey y Pippa.
«No voy a hacerte daño», le está diciendo mi amiga.
Lacey acepta la mano que espera pacientemente y, cuando lo hace, una presa en su interior parece romperse y se le llenan los ojos de lágrimas.
Se pone de pie en silencio, dobla la manta pulcramente y sale del apartamento.
Se queda al otro lado de la puerta, supongo que esperándome a mí.
—Tiene un largo camino por delante —murmura Pippa—. Hay mucho que trabajar. Me da la sensación de que tiene bloqueada la mayoría de las cosas que le han ocurrido.
—¿Qué? Entonces, ¿las violaciones no son lo peor?
Una expresión de tristeza y dolor asoma a los rasgos de Pip.
—Probablemente no. Vigílala de cerca, ¿de acuerdo? Lo ideal sería tenerla en observación por riesgo de suicidio durante un mes, por lo menos.
Empiezo a negar con la cabeza antes de que termine la frase.
—Él no…
—Ya sé que él no —me interrumpe—. Pero aquí no se trata de él.
Se trata de ella, y de lo que ella necesita.
Ahora mismo ha conseguido forjar un vínculo con ese tío, lo que probablemente sea lo menos sano que podría haber hecho.
Este tiempo que él va a estar fuera es una buena oportunidad para intentar romper ese vínculo.
—Me mira con gesto vacilante—. Y también es una buena oportunidad para que lo rompas tú.
La miro boquiabierta.
—¡Yo no he forjado ningún vínculo con él!
Ella aprieta los labios en una fina línea.
—Puede que todavía no. Pero podría pasar, cariño. Es mucho más fácil de lo que piensas. Y no lo olvides… —añade, y hace una pausa—, yo también he conocido a ese hombre.