36 Sloane
Lacey está aún más callada durante el trayecto hasta casa de Pippa.
Llevar a la chica a su consulta no me parecía una buena idea.
Aquello tiene pinta de consulta psiquiátrica, y eso es justo lo que a Lacey no le conviene, sobre todo teniendo en cuenta cómo reaccionó a su reciente experiencia en la cama de un hospital.
Aparco el Volvo en el estacionamiento subterráneo y cogemos el ascensor hasta la decimosexta planta del edificio de Pip.
Al salir del ascensor, nos reciben unas vistas de la ciudad que quitan el hipo.
La Space Needle es una interrupción distante en la línea del horizonte que dibuja la ciudad, y pasa casi desapercibida entre los demás rascacielos.
Los parques se alargan kilómetros y kilómetros por un lado y por otro, salpicados de motas de colores bronce, los tonos del otoño.
Cuando ve las vistas, Lacey se encoge bajo la sudadera con capucha que lleva puesta, que es dos tallas más grande de lo que necesita y, sin lugar a duda, pertenece a otra persona. Me hace sentir un poco incómoda que Lacey se ponga la ropa de Zeth. Vete a saber por qué.
«Porque eres una loca, ese es el porqué. Zeth no es tuyo. Y estarías aún más loca si quisieras que lo fuera», me aconseja la voz severa de mi cerebro.
Esa voz se asemeja cada vez más a la de Pippa, lo que despierta mis deseos de darle un puñetazo a mi amiga en toda la cara.
Sé que quiere protegerme, lo sé, pero no puedo evitar estar resentida por sus intromisiones.
Puede que me muestre fría ante Zeth, pero la verdad es que no puedo dejar de pensar en él.
No puedo dejar de pensar en sus manos sobre mi cuerpo.
En su boca deslizándose por mi piel. En sus fuertes manos cuando me poseen, cuando me exigen…
—¿De verdad es necesario? —La vocecilla de Lacey interrumpe el silencio que reina en el pasillo. Parece tan frágil como un lazo de encaje, tal y como indica su nombre. Y, sobre todo, parece asustada.
—Todo irá bien —la tranquilizo—. Has venido por voluntad propia; tómatelo así.
Podemos irnos cuando tú quieras. No tienes por qué tomarte ninguna pastilla, ni por qué contarle a Pippa nada que no le quieras contar.
No va a quedar registrado en ningún sitio que has estado aquí, y es gratis.
No tienes nada que perder, Lacey, pero sí mucho que ganar, ¿de acuerdo?
—Le pongo una mano en el hombro y se lo aprieto con suavidad.
Hasta ahora no la había tocado. Esperaba que reculara ante el contacto, pero no lo hace. Asiente, dubitativa.
—Vale. ¿Y podemos irnos cuando yo quiera?
Necesita que la tranquilice, así que lo hago. Le sonrío y la guio hacia el piso de Pippa.
Llamo con fuerza a la puerta y mi amiga abre enseguida.
Va vestida con unos pulcros vaqueros azules y una camisa blanca recién planchada metida por dentro.
Su ropa informal es más elegante que cualquier cosa que yo me pueda poner para una entrevista de trabajo, aunque lleva el pelo suelto, como una cascada sobre los hombros, y eso le confiere un aspecto menos severo.
Menos propio de una médica y más de una madre que lleva a sus hijos al fútbol.
—Hola. —Saluda con una ancha sonrisa. Por su tono desenfadado, parece que hayamos quedado para ver una película, beber vino y hablar de chicos.
Es absurdo, pero necesario a la vez. Lacey hace una mueca que podría pasar por una sonrisa (una llena de dolor) y entramos.
El aroma de los lirios y el jazmín flota en el aire.
No es un lugar con mucha personalidad, aunque he de reconocer que Pippa le ha añadido algunos toques personales por aquí y por allá.
La única razón por la que yo vengo es el sofá.
Es enorme, de un cuero suave que, además, se ha ablandado con el paso de los años.
Me dejo caer en él de inmediato y le indico a Lacey con un gesto que haga lo mismo.
Ella se sienta a mi lado, coge una manta que hay doblada en el respaldo y se la coloca bien apretada sobre las piernas.
Da la sensación de que lo que quiere es esconderse de la vista de todos.
Lunas azules. El poder de la invisibilidad.
Pippa señala con el pulgar la cocina abierta, que está tras ella.
—Justo me estaba preparando un té. ¿Queréis uno?
—Pues sería estupendo, porque ahí fuera hace un frío que pela.
Lacey asiente una sola vez y Pippa continúa preparando el té.
Se oye el burbujeo furioso del hervidor de agua, el repiqueteo de las cucharas y los alegres golpecitos de la porcelana chocando entre sí.
Lacey hunde la barbilla en la manta y mira al suelo.
Estoy a punto de preguntarle si está bien cuando me vibra el móvil.
Es un número que no reconozco. Respondo a la llamada al tiempo que me levanto y me dirijo a la ventana.
—¿Sí?
—Soy yo.
Esa voz.
—¿Por qué no me llamas desde tu número? ¿Y dónde estás? —susurro.
Se hace un silencio al otro lado de la línea. Puede que Zeth Mayfair no esté acostumbrado a que la gente se muestre tan hostil al aceptar sus llamadas, pero que se aguante. Si cree que puede cargarme a mí con sus responsabilidades y desaparecer como si nada…
—Es un móvil desechable. Me he tenido que deshacer del otro —me informa con brusquedad—. Y estoy conduciendo. Dirección California. Para intentar rescatar a tu hermana. ¿O es que ya lo has olvidado?
Mierda. La verdad es que, visto así, no tengo derecho a echarle la bronca.
—No, no lo he olvidado —le espeto—. Pero preferiría que las circunstancias fuesen otras.
—¿Quieres decir que preferirías haberte salido con la tuya y haber venido? —Su sonrisa de suficiencia es hasta audible. Me imagino la forma de arco de su boca. Sacudo la cabeza, tratando de borrar de mi mente la imagen de esos labios carnosos.
—Sí, eso es justo lo que quiero decir. —Pippa aparece con tres tazas, dos de ellas sujetas precariamente por las asas con una sola mano y la tercera en la otra. Le doy la espalda e, indignada pero en susurros, añado—: ¿Cuándo vuelves?
Yo no me habría prestado voluntaria a cuidar de Lacey, pero mis ganas de que vuelva tienen más que ver con mi hermana que con eso. Dos años es mucho tiempo. No quiero ni pensar en que tenga que pasar ni un segundo más fuera de su casa.
—¿Ya me necesitas? —gruñe Zeth—. No te preocupes. Volveré para cuidar de ti en cuanto termine.
Me pongo como un tomate.
—No, ¡no necesito que vengas a cuidar de mí!
—¿Estás segura? Porque yo creo que me estarás rogando que dé uso a la llave de tu casa en cuanto entre en la ciudad.
Odio la arrogancia de su voz. Y también odio la mentira que me cuento a mí misma cuando trato de convencerme de que no me pone.
No hay rasgo oscuro y peligroso de él que no me excite.
Ahora mismo estoy ahogándome en la oscuridad, entre los pliegues aterciopelados de su voz, con la piel de gallina por la inflexión sexual de su entonación. «Contrólate de una puta vez, Sloane».
—Trae a mi hermana a casa y punto, ¿vale, colega? —¿Colega? ¿Y eso de dónde sale? Zeth es muchas cosas, pero no mi colega. Una carcajada grave y profunda llega a mis oídos.
—Estoy en ello. Mientras tanto, tú… —Inhala profundamente, lo que me indica que se está pensando bien qué decir a continuación—. Tú vigila, ¿vale? Es posible que alguien te esté siguiendo.
—¿Perdona? ¿Que alguien me está siguiendo? —Mi cuerpo reacciona como un diapasón recién golpeado—. ¿Y por qué iba a estar siguiéndome a mí alguien? ¿Quién?
—Mi jefe está un poco nervioso. Puede que tenga a gente siguiéndome a mí, y que hayan visto que dejé a Lacey contigo —responde como si nada. Unas gotas de terror gélido empiezan a brotar en el interior de mi pecho y a acumularse en la boca de mi estómago.
—¿Me lo dices en serio? —Intento seguir hablando en voz baja, pero fracaso.
Lacey y Pippa, que estaban conversando en susurros (una conversación unilateral, por lo que parece), levantan la vista y me dirigen sendas miradas interrogantes.
Yo les doy la espalda de nuevo—. ¿Hasta qué punto son peligrosos esos tíos, Zeth? ¿Tengo que llamar a la policía?
—¡No, joder! No tienes que hacer nada. Ya me he encargado yo.
No se lo cuestiono. No quiero saberlo. «Ya me he encargado yo» solo puede significar que hay aún más personajes turbios siguiéndome por las calles de Seattle.
—Está bien, Zeth. —Suspiro—. Pero vuelve en cuanto puedas, ¿vale? Yo no estoy hecha para esto.
Lo que debe de ser el eufemismo del siglo.
No estoy hecha para esperar. No estoy hecha para hacer de niñera.
Mi mundo puede parecer muy grande para otros —el hospital, las decenas de pacientes que veo en cada turno, la responsabilidad y el peso de todo ese conocimiento, que debo cargar sobre los hombros—, pero yo lo he convertido en algo pequeño.
Fuera de él, no se requiere nada de mí. Mi vida no me pide nada más que estar allí cuando soy necesaria.
Estar allí cuando hay que meter un par de manos en una cavidad torácica.
Estar allí cuando hay que detener una hemorragia arterial.
Pero esas son tareas físicas, lógicas, manuales.
Para eso estoy lo bastante hueca. Los nervios que siento cuando pienso en que Alexis vaya a volver a casa…
La presión de tratar de apoyar a Lacey emocionalmente…
No tengo ni la menor idea de cómo gestionar ese tipo de cosas.
Zeth resopla secamente al otro lado de la línea.
—Todo va a ir bien, Sloane —responde con el tono más dulce que le he oído nunca. Y cuelga.