Sangre y rosas 1 35 Zeth
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35 Zeth

Cuatro años antes

Chino

El doctor Walcott, aficionado a los Yankees, sudoroso en exceso y proclive a recetar drogas maravillosas, tiene un trastorno nervioso.

Al menos, estoy bastante seguro de que lo tiene.

Cada vez que nos reunimos, destroza al menos tres putos bolígrafos masticándolos.

Se carga tres bolígrafos en solo una hora.

Eso debe de estar costándole al estado al menos un par de cientos de dólares al año, calculo, habida cuenta de que durante las sesiones que tiene con los hijos de puta realmente peligrosos que hay encerrados aquí dentro se debe de cargar unos cinco.

Es patético, la verdad. O sea, ¿por qué trabajar en la cárcel si te aterrorizan tus pacientes?

Solo que aquí no nos llaman pacientes. Nos llaman internos.

Si estuviera en la calle, sentado en una consulta con el bueno del doctor Walcott, con un café delante, igual sí que sería un buen médico.

Pero en las terapias obligatorias como esta, la gente suele mostrarse un poco reticente.

Poco dada a colaborar. Que pone palos en las ruedas, por decirlo de algún modo.

Yo suelo englobarme en esta categoría, pero hoy me están obligando a abordar la sesión de otra manera.

—Supongo que estás informado de que el tribunal de apelación ha revisado tu caso.

—Walcott hojea los papeles de mi historial y lee por encima su contenido mientras, al mismo tiempo, no sé cómo, se las arregla para no quitarme el ojo de encima—.

Han desestimado de plano la solicitud de libertad condicional previa que ha presentado tu abogado. Eso también lo sabrás, ¿no?

—Sí. —El abogado de Charlie, un niño pijo urbanita con el pelo inmaculado, el traje inmaculado y los zapatos inmaculados, ya me lo ha contado. Aunque tampoco es que pensara que me la iban a conceder. Para ser sincero, me sorprende que solo me cayeran diez años.

—Debido a la naturaleza violenta del crimen que cometiste y a tu aparente falta de arrepentimiento, no les parece adecuado que seas puesto en libertad hasta que no hayas cumplido al menos la mitad de tu condena. ¿En qué punto estás en este momento?

—He cumplido dos años.

—Pues entonces te queda bastante todavía, Mayfair. Al menos otros tres años antes de que tengas posibilidades de obtener la condicional…, a no ser que hagamos esto bien.

—Tres años no es tanto —le contesto con una sonrisa de suficiencia. Pero por supuesto que lo es. Aquí dentro, tres años bien podrían ser treinta. Si alguien te dice que su estancia en Chino le fue de puta madre, te está mintiendo como un bellaco. Este sitio es el infierno sobre la tierra.

Walcott guarda silencio unos instantes.

—¿Y si te dijera que puedes salir de aquí dentro de seis meses?

—Te contestaría que suena muy bien.

Walcott niega con la cabeza, suspira y echa otro vistazo al papeleo.

—Si te digo la verdad, no tengo ni idea de cómo lo ha hecho. Francamente, un acuerdo así no debería ni contemplarse. Supongo que tu abogado juega al golf con la gente adecuada.

Ja. Y una mierda mi abogado juega al golf con la gente adecuada.

El acuerdo que han aceptado los de la condicional tiene más que ver con los hombres de Charlie, que habrán ido de visita a las casas de unos cuantos jueces.

Nada de violencia, por supuesto. Solo unos cuantos fardos de billetes sin marcar, unas botellas de whisky puro de malta y unas palabras bien elegidas susurradas en los oídos correctos.

—Pues en estas estamos, Zeth. Si colaboras conmigo, los dos salimos ganando. Yo te ayudo y tú te largas. ¿Trato hecho?

—Claro —contesto, aunque me siento como si estuviese cediendo.

Él se da cuenta de que no estoy muy contento.

—Vale. Estupendo. Bueno, en general empezaría con el crimen que ha acabado trayéndote aquí, pero he pensado que hoy mejor retrocedemos hasta el principio.

Empecemos con tu infancia. —Se echa hacia atrás en el respaldo y se mete en la boca la punta del bolígrafo al que hasta ahora daba vueltas en la mano.

Y entonces se limita a mirarme, como si estuviese esperando a que yo le contase algo horrible y específico que le explique exactamente por qué soy como soy.

—Perdona. ¿Me has hecho alguna pregunta?

—Tu infancia. Háblame de ella.

—¿Qué quieres saber?

—¿Fue feliz? ¿Tenías amigos? ¿Te llevabas bien con tus padres? Ese tipo de cosas.

Ya. Chorradas de psicólogos. Me apoyo en el respaldo de la silla, que chirría bajo mi peso. He ganado veinticinco kilos de músculo desde que me arrastraron esposado hasta este puto agujero.

—Pues fue una puta mierda. Cuando tenía cuatro años, me fui a vivir con mi tío a California. Era un borracho al que le gustaba hacer daño a los niños pequeños. —Sospecho que no todos los entrevistados de Walcott son tan directos como yo, porque el tipo se queda blanco como el papel.

—Y cuando dices que te hacía daño, ¿te refieres a…? —Se interrumpe, incómodo, y empieza otra vez a mordisquear el boli.

—No, no me refiero a sexualmente. Me refiero a con un bate de béisbol. A sus botas con puntera de acero. A sus puños.

Walcott lo anota todo. Casi lo veo en el puto historial: «Le pegaban de niño. Esto explica sus tendencias violentas en la vida adulta. Un intento de comprender, de controlar lo que le ocurrió durante los primeros años de su vida. Un intento de recuperar lo que se percibe como una pérdida de poder».

Pero ni siquiera de niño, cuando mi tío me molía a palos y mis huesos, que todavía se estaban formando, se partían como ramitas, sentía que estuviese perdiendo mi poder. Solo estaba esperando. Esperando al día en que fuese más corpulento y fuerte que él. Contando los minutos.

—¿Y tus padres? ¿Por qué te dejaron con tu tío?

—Porque la palmaron. Un día fueron al cine y yo me quedé con una niñera.

A mi padre le dolía la cabeza, así que mi madre se ofreció a conducir, pero estaba preñada y a punto de parir y él no se lo permitió.

Los médicos dijeron que se le rompió un aneurisma mientras conducía. Estrelló el Chevy contra una farola.

No es que me guste mucho hablar de mis padres, pero con esa tarjeta para quedar libre de la cárcel dentro de seis meses, tampoco tengo elección.

Aunque no le cuento a Walcott nada realmente importante.

No le confieso los pocos recuerdos borrosos que siguen vivos dentro de mí y que guardo a buen recaudo: el olor del perfume de mi madre, dulce y ligero, a flores; su melena oscura, que me hacía cosquillas en la cara cuando me daba un beso de buenas noches; la risa estruendosa de mi padre;

el «pum pum pum» del corazón del bebé dentro del vientre de mi madre…

Me pasaba horas sentado con ella, escuchando cómo aquella criatura desconocida daba patadas y vueltas dentro de su barriga, mientras ella me acariciaba el pelo y me contaba historias.

—Lo siento —responde Walcott con un tono compasivo tan afectado que casi me hace creer que lo siente de verdad—. ¿Y qué pasó después, cuando dejaste de vivir con tu tío?

Estamos entrando en terreno pantanoso. No pienso hablar de Charlie. No puedo. Si lo hago, moriré aquí dentro, antes de tener siquiera la oportunidad de poner un pie fuera.

—Viví en la calle. Hice lo que tenía que hacer para sobrevivir.

Robaba, hacía trabajos esporádicos… Me movía mucho.

Me las arreglé para no acabar con los de servicios sociales.

—Mi tío siguió cobrando los cheques que le enviaba el gobierno para costear mi manutención hasta el día que cumplí dieciocho años y dejaron de mandárselos.

Estos cabrones no tienen ninguna prueba tangible de que realmente conozco a Charlie.

Sacarlo ahora a colación sería como abrir una caja de los truenos con una etiqueta de «Peligro. Muy perjudicial para la salud».

—Ya veo. —Walcott lo apunta todo, aunque es una idiotez.

La historia que le acabo de contar es la más vieja del mundo.

Yo no soy especial entre los muros de este lugar atormentado—.

Muy bien, Mayfair. Ahora cuéntame algo alegre.

¿Cuál es el recuerdo más feliz que conservas de tu infancia?

—Al terminar de anotar todo lo necesario, deja el bolígrafo suspendido sobre el papel, ansioso por registrar el momento profundo que estoy a punto de compartir con él.

—No.

Silencio.

—Escucha, si no quieres colaborar…

Lo interrumpo. A mí que no me toquen los cojones con amenazas administrativas. Lo que quiero es que esta sesión termine de una puta vez.

—No es que quiera hacerme el difícil, doctor Walcott. No puedo hablar del recuerdo más feliz de mi infancia porque no tengo ninguno.

—¿Ni uno solo? —Parece dudar.

Le digo la verdad.

—No. Ni uno solo.

Porque hasta los recuerdos de mis padres —el perfume, el pelo, la risa, los latidos del corazón— son, quizá, lo más triste de todo.