34 Sloane
Las palabras de Zeth me persiguen hasta que, de tanto darles vueltas, me da migraña.
Me despierto antes del amanecer, pero me quedo tumbada en la cama con la cabeza debajo de las mantas, obsesionada con esas palabras, como si fueran una costra que no puedes dejar de arrancar.
No hago más que preguntarme qué narices quería decir.
«Te entregaste a mí el día que viniste a mi apartamento y, a cambio, yo me entregué a ti. Puede que no quisiera, Sloane, pero no tuve elección».
Si hubieran salido de la boca de, literalmente, cualquier otra persona sobre la faz de la tierra, el significado sería obvio.
Pero si quien las pronuncia es Zeth Mayfair, podrían significarlo todo.
O podrían no significar nada en absoluto.
Me dan ganas de coger el teléfono y exigirle que me aclare en qué coño estaba pensando para soltarme una cosa así.
Sin embargo, mi orgullo me lo impide. Y, de todos modos, no debería desear saber lo que quería decir.
¿Por qué me hago esto a mí misma? Joder. Ya vale. Voy a dejar de pensar en él.
En cuanto los primeros rayos del sol atraviesan las persianas, me levanto y me ducho mientras ordeno el desastre que hay en mi mente para desterrarlo y lidiar con él en otro momento.
Eso se me da bien. Además, tengo una invitada en la que pensar.
Lacey es todo un enigma. Se ha levantado antes que yo.
Y cuando bajo a la cocina, la encuentro allí sentada, comiendo cereales Lucky Charms.
Aunque yo no tengo cereales Lucky Charms.
A través de los ventanales que van del suelo al techo, observa cómo la ciudad cobra vida como una máquina pesada y gris que se descongela, que recuerda cuál es su propósito.
Cuando me ve, se queda rígida y la cuchara cae en el cuenco con un repiqueteo.
—Lo siento. Me he puesto leche de la tuya. Tenía hambre. Pero me he traído mis propios cereales —confiesa como si hubiera cometido un crimen.
—No pasa nada. Como si estuvieras en tu casa, Lacey.
Coge todo lo que quieras. —Le sonrío para dar énfasis al ofrecimiento.
Se lo digo en serio. No tengo ni idea de las cosas que ha vivido, pero han sido las suficientes como para impulsarla a desear la muerte.
Repetidas veces, de hecho. He visto las cicatrices que tiene en las muñecas; muchas de ellas son antiguas.
Ella vuelve a coger la cuchara, como si le hubiera dado el permiso que necesitaba para seguir comiendo.
—Solo eres médica residente, ¿no? —me pregunta.
Ya casi dentro del armario, mientras busco un cuenco para mis cereales, me quedo rígida. Es un poco raro preguntar si «solo» soy una médica residente. Alcanzar ese nivel es tal vez una de las cosas más duras que puede llegar a hacer una persona, y Lacey habla como si no fuera gran cosa.
—Ya, bueno, supongo que sí —admito.
—¿Cuánto dinero ganas al año? —Se lleva una cucharada de Lucky Charms a la boca. Sus dientes repiquetean contra la cuchara.
—Poco más de cuarenta y siete mil dólares —contesto.
En circunstancias normales, mandaría al cuerno a cualquiera que me hiciera esa pregunta con ese tono de voz, pero cuando tienes traumas psicológicos, puedes recibir un trato especial.
Lacey parece ser consciente de este privilegio porque continúa haciéndome preguntas con la misma brusquedad.
—Entonces, ¿cómo te puedes permitir esta casa? En lo alto de la colina, a las afueras de la ciudad, con unas vistas impresionantes…
—Mi abuela me dejó una herencia. Mucho dinero, supongo. Me lo gasté todo en esta casa.
Lacey se queda pensativa y sigue comiendo Lucky Charms.
—¿Hoy trabajas?
—No. Hoy vamos a ir a ver a mi amiga Pippa, ¿te acuerdas? Es la mujer de la que te hablé.
—¿La psiquiatra?
—Sí. Es un encanto. Te caerá muy bien, Lacey, te lo prometo.
—No parece muy convencida. Se queda con la mirada fija en los cereales, compungida, mientras yo enjuago una cuchara e intento pensar en qué decirle.
Siento que debo ir con pies de plomo. He de encontrar algún punto en común con la chica.
Echo un vistazo a la caja de cereales y se me ocurre una idea.
Sí, soy patética, pero ¿qué otra cosa puedo hacer?
—. ¿Te importa si me pongo un poco de tus Lucky Charms?
—Hasta algo tan insignificante como esto puede lograr que se sienta menos en deuda conmigo, que sienta que me está haciendo un favor, y así rebajar la tensión que reina en la cocina.
Me mira con el ceño fruncido y me doy cuenta de que me está evaluando, de que está tratando de entenderme. Al final susurra:
—Claro. —Y empuja la caja hacia mí con el codo.
Me sirvo unos pocos en el cuenco, con cuidado de no coger demasiados.
—¿Son tus preferidos?
—Sí.
—¿Por qué te gustan tanto? —Vierto la leche y me llevo una cucharada a la boca con cuidado de no hacer ninguna mueca. Dios, qué empalagoso.
—Por los poderes —contesta.
Me pongo más recta.
—¿Qué quieres decir?
—Los cereales. Se llaman Lucky Charms porque te dan poderes.
—Me suena de algo, aunque es un recuerdo difuso y distante.
Bajo la vista hacia el desayuno de Lacey y me fijo en que ha separado todos los pequeños malvaviscos en el borde del cuenco, dejándolos a un lado.
El colorante amarillo, rosa y verde ha teñido la leche—.
Se supone que cada uno de ellos sirve para algo si comes los suficientes —continúa.
Se inclina sobre la mesa, coge una de las lunas azules de mi cuenco y se la mete en la boca. Esto me parece un avance. Le sonrío.
—Vale, Lacey, cuéntame. ¿Qué significan?
Sonríe, nerviosa, y mira a la mesa en lugar de mirarme a mí.
—Los tréboles son los que conoce todo el mundo.
Te dan suerte, pero la gracia es que nunca sabes qué clase de suerte te va a tocar, si buena o mala, así que…
—Se encoge de hombros—. Luego están las herraduras, que te confieren el poder de acelerar las cosas.
Las estrellas fugaces te otorgan el poder de volar.
El reloj de arena, el poder de controlar el tiempo.
Los arcoíris, el de trasladarte de un lugar a otro.
—Presiona sus dedos índices entre sí y luego los separa—.
Los globos rojos significan que puedes hacer que las cosas floten.
Con los corazones, puedes revivir a los muertos.
Bajo la vista y veo todos los amuletos de malvavisco flotando al borde del cuenco. No se los ha comido. Se ha comido el que tiene forma de luna creciente de mi cuenco, el único cuyo significado no me ha explicado. Y, por la pinta que tiene, es el único que se ha comido también de su cuenco.
—¿Y qué significa la luna? ¿Qué hace? —Me arrepiento al instante de habérselo preguntado. Se le ensombrece el rostro y se le hunden los hombros, y es como si se erigiera una barrera entre las dos.
—Pues no lo sé. Se me ha olvidado. —Respira hondo y se aleja de la mesa—. ¿Te importa si me ducho? Me siento bastante sucia.
—Claro que no, no hay ningún problema. Como te he dicho antes, siéntete como en casa.
Lava el cuenco sin mirarme y sale a toda prisa de la cocina. Cuando se ha ido, no puedo contenerme. Lo busco en el móvil.
Lunas azules. El poder de la invisibilidad.