33 Sloane #2
Es como si una pequeña parte de mí se hubiese convencido a sí misma de que está muerta, y cada vez que él pronuncia su nombre me estuviera preparando para el momento en que regrese sin ella.
El momento en que me diga que estaba equivocado, que esa persona que había encontrado no era mi hermana y que Alexis ya está muerta.
Dejo que la pena me cale en los huesos y luego digo lo único que puedo decir como respuesta a lo que acaba de contarme.
—Bueno… Gracias. Supongo.
—De nada. Y ahora pregúntame por qué no has sabido nada de mí.
La verdad es que no me apetece seguir participando en este juego. No quiero seguir sintiéndome tan impotente, inmovilizada contra él e incapaz de apartarme. Tampoco me gusta que hasta ahora haya conseguido irse de rositas después de todo lo que ha hecho.
—Está bien. —Le dedico una mirada desafiante—. ¿Por qué no he sabido nada de ti?
—No has sabido nada de mí porque tú necesitabas tiempo para no sentirte estúpida tras mi rechazo.
¿Qué? Pero ¿qué coño dice? Es… es… ¡Es increíble!
—No me rechazaste. ¡Acababas de follar conmigo, imbécil!
—Eso ya lo sé. Pero en ese momento te sentiste rechazada, ¿verdad? Y si hubiera ido a verte hace dos semanas, todavía estarías sintiéndote así.
—¿Así que es mejor esperar dos semanas para que en lugar de sentirme rechazada esté furiosa contigo?
Se encoge de hombros.
—La furia es más fácil de superar.
Voy a castrar a este hijo de puta. Le voy a dar patadas en los huevos repetidas veces hasta acabar con todas sus posibilidades de reproducirse. Al menos, así, las futuras generaciones de mujeres estarán a salvo de encontrarse con alguien tan manipulador y tan listo como él.
Porque tiene razón. Odio que la tenga, pero la tiene. Es cierto que me sentí rechazada. Y que habría odiado verlo hace catorce días. Uf. No sé de dónde sale, pero un cansancio extremo hace que mis brazos y mis piernas pesen como piedras.
—Necesito irme a casa, Zeth. Ahora mismo no puedo con esto.
Él no dice nada más. Me suelta los brazos, pero sigue cogiéndome de una mano para guiarme por el laberinto de pasillos de la planta baja.
La facilidad con que se mueve me hace pensar que conoce bien el hospital, que lo conoce un poco mejor de lo que a mí me gustaría.
Al menos, mantiene la cabeza gacha y la mirada fija en el suelo hasta que llegamos a la salida.
Gracie, la enfermera jefa, me saluda con la mano cuando salimos, pero, al margen de eso, nadie nos para.
Una vez fuera, Zeth me aleja de la zona iluminada del estacionamiento donde he aparcado el Volvo para llevarme a la esquina oscura del fondo, donde las cámaras de seguridad no funcionan.
—¿Qué haces? —Intento que me suelte, pero me tiene cogida con todas sus fuerzas—. Zeth. ¡Zeth! —Se detiene y se vuelve hacia mí. Cuando por fin tengo su atención, le pido la información que necesito. No puedo dar ni un solo paso más sin saberlo—. ¿Has sido tú quien le ha disparado a ese chaval?
—No.
—Pero trabajas para un jefe del crimen, ¿o no? ¡¿O no?!
Zeth se limita a suspirar, como si estuviese acabando con su paciencia.
—Necesito que cuides de Lacey, Sloane. —Nos fulminamos con la mirada un largo rato.
Mientras tanto, yo intento decidir si debería tratar de esconderme con él o pedir ayuda.
Este es un punto de no retorno. Ha negado que le haya disparado a una persona, sí, pero no que trabaje para un criminal muy peligroso.
Sé muy bien lo que eso significa. Este hombre será muchas cosas —un asesino, un matón, un criminal—, pero es sincero.
Conmigo, sé que es sincero. Nuestra conversación en el pasillo no ha hecho sino aclarármelo.
Al no darme una respuesta, ha eludido la posibilidad de mentirme.
Me dirige una mirada penetrante, casi una súplica. Y entonces suplica de viva voz.
—Sloane… por favor. Voy a ir a buscar a tu hermana. Tú puedes hacer esto por mí.
—Sí, respecto a eso… ¿Dónde está Alexis? Debería ir contigo. Es tímida, Zeth. No se irá contigo así como así.
Él niega con la cabeza.
—Está en un lugar al que tú no puedes venir. Es un lugar peligroso. Quiero que Lacey y tú os quedéis aquí, donde puedo tener a gente vigilándoos.
—¡Zeth! ¡Es mi hermana!
—Si me sigues insistiendo con eso, no me molestaré ni en ir —gruñe—. O salgo de aquí solo o me quedo donde estoy y tú sigues echándola de menos.
Dios mío. Este cabrón manipulador sabe perfectamente lo desesperada que estoy por recuperarla.
—Vale. ¡Vale!
Aparta la vista a toda prisa. Ninguna expresión de alivio.
Ni un gracias. Nada. Caminando a paso ligero, me conduce hasta un Camaro negro mate aparcado en la esquina más oscura del estacionamiento.
A través de la ventanilla veo a Lacey, que nos mira preocupada, con las rodillas dobladas y la barbilla apoyada en ellas.
—¿La has traído aquí contigo?
—Me voy ya, Sloane. En cualquier caso, que la policía crea que estoy implicado en el disparo a Archie supone que me toca largarme un tiempo de Seattle.
Podría rodearle el cuello con las manos —si consiguiera llegar— y estrangularlo hasta matarlo.
—Menudo elemento estás hecho, ¿lo sabes?
Zeth abre la puerta del coche tuneado y saca a Lacey en brazos.
Está incluso más pálida que la última vez que la vi en el hospital, pero al menos tiene los ojos más brillantes.
Parece más espabilada. Él se pone recto y ella le rodea el cuello con los brazos, y por un momento se le ve un poco perdido.
Esta chica le importa. A su modo, la quiere.
Por enésima vez, me pregunto qué coño significa ella para él.
—Estoy cansada, Zeth —murmura Lacey—. Llévame a casa.
—No puedo, pequeña. Te tengo que dejar con la doctora unos días, ¿vale?
Lacey me mira con recelo y luego entierra la cara en el pecho de Zeth, que me observa con seriedad.
—¿Dónde tienes el coche?
Me dan ganas de portarme como una capulla.
«Dímelo tú. Eres un psicópata, ¿no? Me has estado siguiendo. Deberías saber dónde tengo el coche».
Pero ¿de qué me serviría? Para joderlo y nada más.
Así que me vuelvo y echo a andar en dirección a mi coche.
Cuando llegamos, abro la puerta del copiloto, pero Zeth niega con la cabeza.
—No puede. Ahí no —dice.
Vale. En fin, supongo que tendré que acordarme de eso. La deposita con cuidado en el asiento de atrás junto con una pequeña mochila que no le había visto coger. Cuando ha cerrado la puerta, me pone las manos en los hombros y añade:
—Tiene que ir a ver a Pippa.
Asiento. En ese aspecto, al menos, no pienso discutir con él.
—Yo me encargo —contesto. Abro mi puerta, decidida a subirme al coche e irme lo más rápido posible.
«Quizá, si el karma está de mi lado, pueda salpicarle en la cara con el agua de los charcos», pienso.
Sin embargo, él me coge del brazo y me detiene.
Ding, ding, ding. La puerta abierta ha empezado a pitar, pero él no aparta la mirada de mí.
—Lo siento, Sloane.
Parpadeo, tratando de entenderlo. Muestra una expresión confusa, y me resulta difícil descifrar sus emociones.
—¿Que lo sientes? —¿Una disculpa? ¿Viniendo de él? No me parece algo propio de Zeth.
Él baja la vista y aprieta los dientes.
—Mira, yo no le pido ayuda a nadie. Pero sé que puedo confiar en ti —gruñe.
—Pues claro que puedes confiar en mí. Estás utilizando a mi hermana para convertirme en una rehén emocional. Me tienes arrinconada y lo sabes. La pregunta es si yo puedo confiar en ti.
Poco a poco, esboza una sonrisa torcida. Una chispa divertida destella en su mirada.
—¿Que si deberías confiar en mí? Absolutamente no.
¿Que si puedes hacerlo? —Me deja un momento esperando, sin dejar de sonreír.
Ding, ding, ding. El coche insiste en que la puerta sigue abierta.
Zeth da un paso al frente y me sostiene la mejilla con la palma de la mano.
Me acaricia la sien con la punta de los dedos de la otra mano e inhala mi aroma sin vergüenza—.
Sí. —Exhala—. Puedes confiar en mí. Te entregaste a mí el día que viniste a mi apartamento y, a cambio, yo me entregué a ti.
Puede que no quisiera, Sloane, pero no tuve elección.
Eso significa que ahora nos pertenecemos el uno al otro.
Significa que no tardaré en volver a por ti.
Haré todo lo que esté en mi mano para encontrar a tu hermana y haré que esos hijos de puta paguen por lo que le han hecho.