Sangre y rosas 1 33 Sloane
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33 Sloane

—Está estable. Es un milagro que haya sobrevivido.

—Termino el historial de Maisie y dejo marcadas una serie de alergias, casi apuñalando el papel con el bolígrafo.

Al látex, a la penicilina, a la anestesia…

Creo que la pobre cría es alérgica a todo.

Ha estado a punto de morir cuatro veces en quirófano mientras luchábamos por salvarle la pierna.

La herida era muy profunda, espantosa. Si los padres de Maisie hubieran estado aquí, habríamos sabido que no podíamos tocarla con los guantes.

Habríamos sabido que no podíamos inyectarle anestesia corriente, y que no le podríamos dar penicilina al terminar la operación.

Con todo lo que ha ocurrido, me deja perpleja que su pequeño corazón siga latiendo, tras todo el estrés al que ha estado sometido.

Oliver observa muy entretenido cómo firmo con violencia al final del historial y lo añado al montón de papeles que los de primer año tienen que archivar.

—Voy a llamar a servicios sociales —le informo.

—Uf, ¿no crees que deberías esperar a que aparezcan los padres antes de llamar a los servicios sociales?

No tengo palabras.

—¿Acabas de operar a la misma niña de siete años que yo? Porque una niña, una niña muy pequeña, ha estado a punto de morir. No tendrían que haberla dejado sola.

—Estoy de acuerdo contigo, no me malinterpretes. Solo digo que todavía no sabes en qué circunstancias se encontraban.

Me dirijo a los vestuarios de los residentes, seguida de cerca por Oliver.

Cierro de un portazo y me quito la parte de arriba del uniforme sanitario, que está empapada de sangre.

Se me ha manchado también la camiseta de manga larga que llevaba debajo.

Estupendo. Abro la taquilla y utilizo la puerta para cubrirme un poco mientras me despojo también de la camiseta y me pongo un suéter limpio.

Cuando me doy la vuelta, me encuentro a Oliver sin camiseta, con la parte de arriba del uniforme enganchada a la cintura de los pantalones, escribiendo en su móvil con una sonrisa.

—No me puedo creer que seas capaz de sonreír ahora mismo —gruño y paso por su lado.

Más de un residente se ha quedado embobado al encontrarse ante la tableta de chocolate de Oliver Massey, pero yo no soy una de ellos.

No desde que vi los abdominales de Zeth Mayfair.

Y hoy todavía menos. Oliver me coge del brazo mientras trato de escapar.

—Tú también sonreirías si te hubieran invitado a la fiesta de los de primer año.

—¿Los de primer año van a dar una fiesta?

—Pues claro que van a dar una fiesta. ¿Cuántas veces nos desmadramos nosotros cuando empezamos la residencia?

Pongo los ojos en blanco.

—Ya, bueno. No me apetece pasarme la noche bebiendo con ellos. Son carne de denuncias por negligencia. Y, francamente, tampoco entiendo por qué te apetece a ti ir.

—Piénsatelo. —Me sonríe—. Imagínate lo incómodos que se van a sentir con sus jefes pululando por ahí, bebiéndose sus cervezas y paseándose como si la fiesta fuese suya. Será épico.

—¡Venga ya! —Me echo a reír—. ¿A cuál te estás follando, Olly?

Me mira perplejo.

—¡A ninguna! —Está horrorizado, y no se le da nada bien disimularlo—. Yo no… —Niega con la cabeza y me suelta el brazo; de repente, me doy cuenta de lo cerca que está de mí—. Déjalo, Sloane. Que tengas una buena noche, ¿vale?

Se aparta, coge una camiseta negra del banco y se la pone.

Increíble. Me las he arreglado para ofenderle en un segundo, y eso que ni siquiera tenía intención de hacerlo.

¿Debería decirle algo? ¿Disculparme? ¿Aclararle que solo era una broma?

No, no creo que sea una buena idea. Seguro que solo conseguiría empeorar las cosas.

Salgo del vestuario mientras él se sigue cambiando, de espaldas a mí.

Me apoyo en la pared y cierro los ojos. Necesito unos segundos.

Esto no se me da bien. No se me da bien ser amiga de la gente, entender lo que debo y lo que no debo decir.

Solo estaba bromeando, pero Oliver se ha ofendido.

Follarse a un subordinado es lo menos ético que se puede hacer, no hay mayor abuso de poder que ese.

Y sé que Oliver jamás lo haría. Debería volver a entrar y decírselo.

El pobre no debería tener que preocuparse por…

¡Mierda!

Zeth.

Abro los ojos y ahí está, apoyado en la pared, enfrente de mí.

Mirándome.

—¡Zeth! ¿Qué coño haces aquí?

—Estás disgustada. ¿Por qué?

En ese momento, la puerta del vestuario se abre y sale Oliver, que vacila al verme con Zeth.

—Hola. —Esboza una sonrisa tensa, asiente secamente y pasa de largo, mirando un segundo más de la cuenta al chico desconocido con el pelo oscuro que merodea por el pasillo del personal.

¿Lo habrá reconocido? Una chispa de pánico titila en mi interior, pero Oliver sigue andando.

De ningún modo me dejaría sola con Zeth si lo hubiese reconocido como uno de los rostros de las fotos policiales.

Además, antes estaba demasiado ocupado haciendo preguntas a los policías como para fijarse bien en las imágenes.

Zeth no dice nada. No se mueve ni un milímetro. No hay nada en él que haya cambiado en los últimos segundos, pero salta a la vista que está furioso.

—He tenido un día horrible, ¿vale? —contesto.

—¿Por qué? —repite con los dientes apretados.

—Porque una niña pequeña ha estado a punto de morir y no encontramos a los padres por ninguna parte, y no sé si debería llamar ya a los servicios sociales o esperar a que aparezcan buscándola.

Si es que aparecen. Y ahora lo único que quiero es marcharme a casa, ducharme e irme a la cama, ¿vale? No necesito…

—Llámales.

—¿Perdona?

—¿Qué es lo que tienes que pensar? Llama a los servicios sociales.

—Su voz grave suena sorprendentemente feroz.

Se acerca más a mí—. Hay gente que no merece tener hijos.

Es más, hay gente a la que deberían castrar químicamente para negarle ese privilegio.

—Levanta una mano, y cuando creo que me va a poner detrás de la oreja el mechón que se me ha soltado de la cola de caballo, lo frota entre las yemas del índice y el pulgar—. Tenías sangre en el pelo.

—Estoy acostumbrada. —Me recoloco el asa del bolso en el hombro; cualquier cosa para moverme.

—Tienes un trabajo violento —observa.

Se me escapa una carcajada histérica que reverbera por todo el pasillo.

—¿Estás de broma? Zeth, no puedes estar aquí. Tienes que irte ahora mismo.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

Me doy la vuelta y le clavo el dedo índice en el pecho.

—La tercera planta de este hospital está empapelada con tu cara, eso es lo que pasa.

Anoche dispararon al hermano de no sé qué propietario de un supermercado y la policía cree que un puto capo del crimen organizado al que están investigando tiene algo que ver con ello.

Y, al parecer, ¡tú eres uno de sus hombres!

Creen que podrías dejarte caer por aquí, y…

¡tachán! —Lo miro con el ceño fruncido—. Aquí estás.

Zeth parece un poco perplejo, aunque ni por asomo todo lo preocupado que debería estar después de la información que le acabo de dar.

—¿Han disparado a Archie?

—Sí. Lo han metido en protección de testigos, o está bajo protección policial, o algo así.

—Si formara parte del programa de protección de testigos, habría desaparecido hace ya tiempo. Tendría un nombre diferente, una historia diferente y una vida diferente.

—Vaya. Suena bien. Quizá debería investigar un poco a ver si puedo apuntarme yo al programa.

—No seas dramática.

—¿Dramática? ¡¿Dramática?! ¿En serio? —Mi tono de voz empieza a rayar en la histeria.

Y, mientras tanto, él sigue ahí plantado, mirándome, observando mi expresión y mi lenguaje corporal como si así pudiera atisbar la verdad sobre las cosas, la verdad sobre mí.

Nos fulminamos mutuamente con la mirada unos segundos; ninguno de los dos está dispuesto a recular.

Y, de pronto, me coge de las dos manos y me las pone detrás de la espalda.

Lo hace de un modo tan lento y deliberado que no se me ocurre resistirme hasta que ya me tiene inmovilizada—. ¿Qué coño haces, Zeth?

—Esto no tiene que ver con Archie Stanton. Ni con una niña pequeña a la que sus padres no han cuidado bien.

—¿Y tú qué sabes de qué va todo esto? —le espeto.

Con nuestros cuerpos pegados, siento el calor que emana de él, veo el reflejo de los latidos de su corazón en el hueco de su cuello.

Intento apartarme, pero él niega con la cabeza y me sigue mirando impertérrito, con una expresión de completo control.

—Esto va de que me besaste y yo me enfadé contigo. Y ahora eres tú la que está enfadada conmigo. Y… —añade en voz baja— de que me he pasado dos semanas desaparecido, sin llamarte ni venir a verte.

Intento liberar mis manos de un tirón, pero lo único que consigo es que me presione más contra su pecho. Jadeo, furiosa, y entonces le digo con los dientes apretados:

—Como si a mí me importase que vengas a verme o no, Zeth. ¡Me importa una mierda!

Una especie de gruñido empieza a nacer en su garganta.

—Por supuesto que te importa.

Respondo con un resoplido, pero no creo que haya conseguido convencerle de que se equivoca.

—Entonces, ¿me estás diciendo que sabes que te has comportado como un capullo?

—Sé que estás disgustada.

Quiero taparme la cara, pero no me lo permite. Pues vale. Cierro los ojos. Tras concederme un segundo para respirar, los abro de nuevo y lo miro con una expresión pétrea.

—Suéltame, Zeth.

—No.

Qué tío, no me lo puedo creer.

—¿Qué coño quieres de mí? Ya me has dejado muy claro que no me quieres cerca, así que por qué…

Resopla con desdén y acompaña el sonido con una ceja enarcada.

—¿Y cómo te lo he dejado tan claro?

—Creo que con lo de «no me vuelvas a besar en tu puta vida» y con lo de desaparecer dos semanas se entiende de sobra, ¿no? Tu actitud habla por sí sola.

Esta conversación debe de estar haciéndole mucha gracia, porque trata de contener una sonrisa y dice:

—No tengo ninguna actitud. Solo me tengo a mí. —Esa afirmación no mejora las cosas. Me entran ganas de darle un bolsazo—. Pregúntame dónde he estado las últimas semanas.

Maldito sea. Exhalo y trato de mantener mi furia a raya.

—¿Dónde has estado?

—He estado ocupado con los preparativos para ir a buscar a Alexis.

Oh. Dejo de resistirme.

Y me invade una pena profunda e insondable.