32 Sloane
Si subes a la azotea del hospital Saint Peter’s of Mercy, las vistas son increíbles.
Cuando Alexis y yo éramos niñas, a veces, cuando su jornada era tranquila, nuestro padre nos traía aquí arriba.
Los médicos hacían la vista gorda: Alan Romera era un empleado querido por todos.
Trabajó como radiólogo durante treinta y cinco años en el mismo lugar en el que yo trabajo ahora.
Se trasladó a Los Ángeles para trabajar en una consulta privada mucho antes de que yo apareciera por aquí, cuando era una residente de primer año que no se enteraba de nada, pero su nombre sigue teniendo peso entre estas paredes.
Siempre se las arreglaba para hacer lo que le diera la gana.
Cuando más le gustaba traernos era cuando nevaba.
Ocurría con bastante frecuencia, a pesar de lo cual mi hermana y yo no cabíamos en nosotras mismas de alegría.
Recuerdo los suaves copos blancos que caían del vasto cielo, flotando en círculos, la capa de nubes, gruesa como una manta que incubase el mundo…
Era emocionante. Nos quedábamos allí de pie durante horas, con los cuellos doloridos de tanto estirarlos, de tanto echar la cabeza hacia atrás, hasta que se nos entumecía el cuerpo y papá nos apremiaba a entrar antes de que una de las dos enfermase.
Cada vez que subo hasta aquí, esos recuerdos me asaltan de golpe, dejándome sin aliento.
Pero esta noche los aparto de mi mente. No está nevando, sino lloviendo, y estamos esperando a que llegue un helicóptero.
Esto me pone enferma. La espera. La adrenalina que necesito para pensar, para actuar y reaccionar con rapidez ya me palpita por todo el cuerpo, pero es inútil hasta que no vea a qué me enfrento.
El viento sopla con fuerza, inclinando hacia un lado la lluvia, que a su vez azota nuestros cuerpos y nos empapa las batas quirúrgicas.
Oliver está a mi lado, esperando con gesto paciente.
Es un buen amigo y un buen hombre. Gracioso, inteligente, atractivo; un ligón empedernido. Es un milagro que siga soltero.
En la distancia, se oyen unos sonidos mecánicos que van y vienen y que reverberan en los edificios más altos de la ciudad.
—¿Oís eso? El helicóptero. —Oliver me da un codazo—. No estará a mucho más de un kilómetro. Abre al ascensor.
El ascensor lleva diez minutos bloqueado en esta planta, con las puertas cerradas. Dentro esperan los enfermeros con una camilla y el equipo de soporte vital, secos y calentitos. Ya es hora de que esos capullos se mojen también.
Corro hacia las puertas de acero y pulso el botón del ascensor justo cuando nos azota una fuerte ráfaga de viento que lanza agua helada a las caras de las tres jóvenes enfermeras que estaban dentro, riendo y bromeando.
Mikey, el de primer año, deja de hacer lo que estaba haciendo y se queda paralizado con las manos detrás de la cabeza, las caderas hacia delante y el labio inferior entre los dientes.
—¿Estás haciendo un casting para ser estríper, Hoxam? —grito por encima del viento y la lluvia.
—¡No, no! Disculpe, doctora Romera, no…
—¿No volverá a pasar?
—¡No! No, señora. ¡Nunca!
¿Señora? Joder. Tengo veintiséis años y estos idiotas piensan que soy una anciana.
—Bueno, cuando te venga bien volver a fingir que eres médico, mueve el culo, si no te importa. El helicóptero está cerca.
Una cosa tengo que reconocerle: Mikey Hoxam es o un manojo de nervios o un completo idiota, pero en entusiasmo le pongo un diez. Es el primero en salir del ascensor, empujando la camilla por la azotea. Cuando llegamos hasta Oliver, las ruedas del helicóptero ya están sobre el asfalto.
—¿Preparada? —me grita mi compañero.
—¡Sí, señor! —contesta Mikey, también a gritos. Oliver lo mira como si quisiera asesinarlo con la mirada, y el chico se da cuenta de su error y tiene la decencia de ruborizarse. A mí se me escapa una sonrisilla.
—Sí, estoy preparada. ¡Vamos! —Corremos hacia las puertas del helicóptero, del que salen dos sanitarios con una camilla rígida en brazos en la que llevan una carga pequeña y frágil.
—Maisie Richards, siete años, hipotérmica y taquicárdica; laceración profunda en el muslo derecho. Se la encontraron convulsionando bocabajo en la bañera, inconsciente. Ha entrado en parada por el camino, dos descargas.
—De acuerdo, ¡entradla!
Oliver y el equipo de reanimación se agachan bajo las hélices del helicóptero, que siguen girando, para ocuparse de la paciente y llevarla a toda prisa hacia el ascensor. Me vuelvo hacia los sanitarios, que están recogiendo su equipo del vehículo de evacuación médica.
—¿Dónde están los padres?
La primera técnica sanitaria, una mujer con unas profundas arrugas entre las cejas, suelta un suspiro, frustrada.
—A saber. La encontró un vecino que había ido a dejarle comida. Forzó la puerta al ver que Maisie no respondía y la vio en la bañera.
—¿Qué? ¡¿Estaba sola?!
La sanitaria niega con la cabeza como si tampoco ella pudiera creérselo.
—¡Romera! ¡Vamos! —Oliver me está aguantando abierta la puerta del ascensor. Echo a correr y entro justo antes de que se cierren las puertas.