Sangre y rosas 1 31 Sloane
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31 Sloane

—Este paciente es testigo de un asesinato. Está bajo protección policial, y es esencial que nadie lo mate de un tiro mientras permanezca en este hospital. ¿Sabéis lo que significa eso?

El detective con el traje horroroso nos habla como si fuésemos gente de la peor calaña que se ha echado a la cara.

Es bajo y calvo y camina como un rottweiler enfadado.

Una detective esbelta —su compañera, supongo— espera pacientemente a que cierre el pico para poder hablar. Por fin llega su oportunidad.

—Soy la detective Cooper. Estaré aquí por las noches, así que seré vuestro contacto principal.

Si veis a alguien por los pasillos a quien no reconocéis, venid a buscarme a mí o a un oficial que esté de guardia para informar de ello.

Este es un hospital grande. Entra y sale mucha gente, así que entendemos que tal vez sea difícil discernir si alguien está fuera de lugar, sobre todo si estáis tratando de hacer vuestro trabajo al mismo tiempo.

El equipo de enfermeros, que estaban de pie de brazos cruzados fulminando con la mirada al detective gordo, asienten, con expresiones más suaves.

Los tres médicos que estamos tratando a Archie —Hendry, Oliver y yo misma— nos mantenemos al fondo de la sala de espera de la unidad de cuidados intensivos, escuchando.

—¿Qué es lo que estamos buscando exactamente, detective? O sea, ¿es un asunto de la mafia italiana o algo así? —Oliver se muestra tan incrédulo como me ha parecido en la cafetería. Esto no es algo habitual por aquí.

—No, italiana no. Llevamos un tiempo investigando a un jefe criminal de alto nivel.

Controla muchos de los negocios delictivos de la ciudad: drogas, armas, apuestas, dinero falso…

Pensamos que Matty Stanton metió la pata en un acuerdo de negocios que este tipo quería cerrar y que pagó las consecuencias.

Sabemos que quien ordenó su asesinato fue la persona que estamos investigando, y solo necesitamos pruebas.

Y el hermano de Matty, Archie, es clave para eso.

Tenemos fotos policiales de socios conocidos de esta persona.

En realidad, son pocas las caras que deben preocuparos de verdad, aunque dudo que ninguno de ellos sea tan estúpido como para aparecer por aquí.

—La detective Cooper le hace un gesto a un oficial armado y uniformado y este le da las fotografías a los enfermeros.

—¿Cuánto peligro entraña esta situación, detective? —pregunta Hendry—. ¿Nos van a disparar mientras intentamos hacer nuestro trabajo?

—No. Estamos aquí para asegurarnos de que eso no ocurra. En este momento, confiamos en que el sospechoso no sepa que lo estamos investigando. Se cree intocable, pero está muy equivocado. Nos vamos a asegurar de que permanezca encerrado mucho tiempo.

Hendry asiente, coge el papel que le tiende Oliver, lo observa durante unos segundos y luego me lo pasa a mí.

—¿Y qué debemos contemplar en lo relativo a la autodefensa? Si uno de estos cabrones nos ataca…, ¿tenemos permiso para inyectarle un sedante? ¿Para usar el desfibrilador contra él?

Los enfermeros se ríen, nerviosos. Yo echo un vistazo al papel, ya a punto de pasárselo a la siguiente persona, y entonces me quedo sin aliento.

«Oh».

Se me hace un nudo en la garganta. Mi mente sigue repitiendo lo mismo:

«Oh».

En el papel veo un mosaico de fotos policiales. En la primera página hay ocho, y en la segunda más. Todas están numeradas… Y en el número uno, el puesto de honor, Zeth Mayfair me mira con una expresión sombría.

Santo Dios, creo que voy a vomitar.