30 Sloane
Han pasado quince días. Quince días sin saber absolutamente nada de Zeth.
Tampoco sé qué me esperaba. ¿Que acampase en mi jardín y me siguiera de casa al hospital y del hospital a casa todos los días?
Puede. Lo que no esperaba ni de coña era que desapareciera así.
Y lo peor es que estoy de los nervios, buscándolo constantemente.
Ya llevo un tiempo desempeñando el papel de víctima infeliz en nuestra complicada relación, pero la realidad es que…
Quiero saber dónde está. Lo que está haciendo.
Y por qué no ha venido a verme. Ya es oficial: he perdido la cabeza.
Además, sé por qué ha desaparecido de la faz de la tierra, y soy consciente de que es culpa mía, por estúpida: ha sido por el beso.
Ahora me doy cuenta de que no hay nada más íntimo que besar a alguien que está dentro de ti.
Y, por lo que yo sé, «íntimo» es lo último que Zeth quiere que sea lo nuestro.
—Puaj. Hoy hay pastel de carne. ¿Por qué me da la sensación de que en esta cantina sirven pastel de carne todos los días?
—Las residentes de primer año que tengo delante de mí, dos mujeres con las bandejas abrazadas contra el pecho, se quejan de la comida mientras yo paso revista a mi listado de pacientes en la tableta.
Una fractura pélvica, un sarpullido misterioso con fiebre y una herida de bala en el pecho.
Al último tipo lo trajeron al centro de urgencias con luces y sirenas; casi no respiraba y tenía el pulso débil e irregular.
Es joven. Un chaval cuyo hermano tiene un supermercado de productos frescos en el centro.
O lo tenía, antes de que le volaran la cabeza.
Dicen que es cosa de bandas, de jefes de la mafia, pero a mí me cuesta creerlo.
Seattle no es conocido por su mundo criminal.
Sea como sea, al hermano del chaval se lo cargaron y él ha estado a punto de morir.
En este momento, está todavía durmiendo tras la anestesia, arriba, en cuidados intensivos, con una hilera de policías vigilando a los dos lados del pasillo.
O tienen miedo de que se escape o creen que alguien va a venir a rematar el trabajo.
Sea como sea, la presencia de la policía me causa ansiedad.
Siempre me ocurre. Es por el uniforme. Lo asocio con una cosa, una sola cosa: Alexis.
Cuando desapareció, la casa de mis padres estuvo llena de policías durante días.
Al principio se mostraban serios y decididos, y les aseguraban a mamá y a papá que Alexis acabaría apareciendo, que la encontrarían.
Sin embargo, a medida que pasaban los días, cada vez iban viniendo menos agentes, y cuando lo hacían, siempre contaban una historia distinta.
«Tenemos muchos casos abiertos. No contamos con muchos agentes, pero vuestra hija es nuestra prioridad».
«Todavía tenemos hilos sólidos de los que tirar. No hay razones para perder la esperanza».
«Estas cosas llevan tiempo, señora Romera».
«Ha pasado más de un mes, señores Romera. El caso de Alexis va a seguir abierto, pero hasta que no haya nuevas pistas, no hay mucho que podamos hacer. Téngannos informados si reciben noticias de su hija».
—Tííía. Dime que no te acabas de pillar el último pudin de vainilla.
—La voz interrumpe mis pensamientos. Me giro y veo a una de las nuevas fulminando con la mirada el pudin que acabo de coger del refrigerador.
Levanta la vista y me invade un placer perverso cuando soy testigo del momento en que cae en la cuenta.
«¡Ah, mierda! ¡Una residente de quinto año!» .
Conozco a la chica. Jefferies. Es una bocazas. Cree que tiene opciones de sacar plaza en cirugía. Pero, claro, todos estos idiotas con patas y la lengua muy larga creen que tienen opciones de sacar plaza en cirugía.
—¿Algún problema, Jefferies?
Ella niega con la cabeza.
—No, doctora Romera. Para nada, ningún problema.
Pasa por mi lado y sale pitando antes de que pueda encargarle las rondas en la morgue con Bochowitz durante el resto de la semana.
Odian ese castigo. Bochowitz lleva treinta y ocho años trabajando en la morgue y muestra siempre una alegría insufrible.
Y es así todo el tiempo. También tiene la inquietante costumbre de hablar con sus pacientes.
Están todos muertos, por supuesto, y por eso no le responden, pero en algún momento de su carrera Bochowitz adquirió la costumbre de responder por ellos.
Es espeluznante, sí. Es un hombre un poco espeluznante, pero a pesar de sus peculiaridades, no hay ni un solo detalle del cuerpo humano que Bochowitz no conozca.
Cuando yo era residente de primer año, solía hacerle compañía en los sótanos del Saint Peter’s.
No tenía ningún interés en inmiscuirme en el politiqueo ni los tejemanejes de mis compañeros, pero, sobre todo, aprendía.
Atisbo al doctor Patel al otro lado de la cantina, comiendo solo. No lo había visto desde la noche en que Zeth trajo a Lacey. Levanta la vista, me ve acercarme, sonríe…
—Hola, Sloane. ¿Qué hay? —Aparta la silla que tiene enfrente de una patada—. Me han dicho que te ha tocado el chaval de la mafia herido de bala.
Hubo un tiempo en que nos habríamos peleado por un paciente herido de bala, pero ahora ya hemos visto muchos casos como ese. Los resultados suelen ser tan desalentadores que muchos de los residentes intentan encasquetárselos al primero que pillan.
—Pues sí. —Suspiro—. El chico estuvo a punto de irse al otro barrio, pero conseguimos salvarlo.
Suresh asiente y traga un bocado de comida.
—Ese chaval tiene un historial delictivo más largo que tu brazo.
Mi madre compra en esa tienda. Yo no paro de decirle que no lo haga, pero a ella le gustaba charlar con la mujer que atendía…
¿Cómo se llamaba? No me acuerdo. Bueno, da igual, el caso es que el tío al que dispararon allí hace un par de semanas era su marido, Matty.
Y tanto la mujer como el hermano, el chaval que tienes arriba, saben quién lo mató, pero ninguno de los dos le ha dicho a la policía ni pío. Parece que están cagados de miedo.
A mí todo esto me suena a algo que ocurriría en Nueva York o en Chicago. Abro mi pudin de vainilla y me meto una cucharada en la boca.
—No me apetece pensar en esas cosas. Quiero pensamientos felices —le digo con una sonrisa—.
¿Cuándo era tu boda? —Recibí la invitación hace meses y archivé mentalmente el evento en la categoría «demasiado lejos para preocuparme ahora por eso».
Pero la fecha ya debe de estar más cerca, porque la mitad del hospital no habla de otra cosa.
—Ya queda menos de un mes —responde Suresh, y me guiña un ojo—.
Yo, un hombre casado. No es justo, ¿verdad?
Estoy en la flor de la vida. Las mujeres del mundo no deberían verse privadas de esto.
—Se señala el cuerpo con el tenedor y mueve las cejas arriba y abajo.
No se diría que es guapo de una forma clásica, pero tiene un no sé qué que vuelve verdaderamente locas a las mujeres. Yo me río y me encojo de hombros.
—Te va a encantar. Rebecca está muy emocionada.
—Ya lo sé. —Su voz se torna seria—. Me ha pedido que te diga que tienes que traer un acompañante. Es obligatorio, me temo.
No había pensado en un acompañante. Me encojo en mi asiento, con la mirada fija en el pudin. Quizá podría llevar a Pip. La gente hace esas cosas, ¿no? Va a las bodas con algún amigo. Se lo pregunto a Suresh y me dirige una mirada imposible de malinterpretar.
—No. Tiene que ser alguien con quien te estés acostando.
¡Ja! Sí, claro. Como si Zeth Mayfair fuese una buena opción para acompañarme a una boda.
—O alguien con quien tengas intención de acostarte después de ponerte como una cuba en el banquete —contesta Suresh, y me vuelve a guiñar un ojo justo cuando uno de mis colegas, otro residente, Oliver Massey, entra corriendo en la cantina.
Parece desbordado. Cuando me ve, viene hacia mí a toda prisa. El estómago me da un vuelco.
—Te necesitan arriba, Sloane. La policía quiere hablar con todos los médicos que están tratando al chaval, a Stanton.
Estupendo. Tiro la cuchara de plástico dentro del pudin. Se acabó mi pausa para comer.
—No te olvides, Sloane —me grita Suresh—. ¡Alguien a quien te estés follando!
Y una cantina entera llena de gente se vuelve para ver cómo me voy corriendo, roja como un tomate.