Sangre y rosas 1 29 Zeth #2
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29 Zeth #2

—Sí, pero ¿por qué se les ocurrió registrar tu coche, Zee? ¿Cómo acabaron llamando a tu puerta?

No es la primera vez que me lo pregunto. Estuve dándole vueltas de forma obsesiva cuando me metieron en la cárcel, donde no hay mucho que hacer más que deporte, masturbarse y comerte el coco.

—Fui yo quien recogió a Murphy en su casa y lo llevó a la mansión. Su padre nos vio juntos. Esa fue la última vez que alguien lo vio con vida.

—Y una mierda. —Rick se inclina hacia delante y su rostro emerge de entre las sombras—. Charlie te echó a los leones, tío. ¿Cómo es posible que a estas alturas todavía no lo hayas deducido?

Una carcajada llena de rencor estalla en el interior de mi mente. «Pues claro —dice la voz—. O’Shannessy padre nunca te habría acusado a ti de matar a su hijo. Jamás. Fue tu mejor amigo durante años».

Y entonces oigo otra voz.

«Limpia este desastre, Zeth. Me estoy poniendo enfermo solo de mirarlo».

Una imagen aparece en primer plano en mi mente: Charlie sonriendo como un loco, impertérrito después de haber asesinado brutalmente delante de mí a un hombre al que yo llamaba hermano.

Nunca se disculpó por hacerlo, ni por el tiempo que pasé pudriéndome en una celda por un crimen que había cometido él.

—No sería capaz de hacer algo así —gruño, pero incluso mientras pronuncio la frase me siento estúpido. Tengo ganas de vomitar. ¿Fue Charlie quien colocó las pruebas para inculparme? Me repito la teoría mentalmente y me estremezco al darme cuenta de que suena a verdad.

—Pues claro que sería capaz. ¡Fue él! —insiste Rick—. Lo sabemos todos, joder. Casi ni se molestó en ocultarlo. Cuando saliste, amenazó con cargarse a cualquiera que se atreviera a decir una palabra al respecto. De que mató a Murph, de que te encerraron… De que fue él quien te mandó al talego.

Me cago en la puta. No me entra en la cabeza. Me aseguro de que no se me note; no me sirve de nada que Rick se dé cuenta de lo mucho que me ha alterado.

—Eso no explica por qué lo estás vendiendo con los moteros.

—Porque estoy tan jodido como tú, tío. —Escupe en el suelo—. La poli me pilló el mes pasado, encontró las drogas que estaba vendiendo para Charlie. Me dijeron que o los ayudaba a encerrarlo o me caían veinte años. Fueron ellos quienes me pidieron que acudiera con este cuento a los Wreckers.

—¿Y aceptaste?

Por mucho que odie a Charlie ahora mismo —el sabor de su traición es como tener ácido en la lengua—, odio a la poli todavía más.

Son unos hijos de puta hambrientos de poder, todos y cada uno de ellos.

Yo lo sé de buena tinta. Pasé mucho tiempo con esos cabrones cuando descubrieron el cadáver de Murphy.

Desenterrado.

Y eso después de que yo lo enterrase en un sitio cuya ubicación solo conocía Charlie.

¡Joder!

—¿Palmarías tú veinte años por Charlie sabiendo lo que sabes ahora? —Rick me hace la pregunta como si la respuesta fuese obvia. Y lo es, hostia. Lo miro con una ceja enarcada, como dándole a entender que no le falta razón.

—En ese caso vas a hacer algo por mí, Rick.

Se mueve en su asiento con una expresión de sorpresa.

Ya se había resignado a la idea de que lo iba a matar.

Estaba convencido de que sus revelaciones sobre Charlie caerían en saco roto, y quizá habría sido así si hubiéramos mantenido esta conversación hace seis semanas, pero no ahora, después de la confirmación de que es probable que el viejo tenga algo que ver con la desaparición de la hermana de Sloane.

No después de lo del teléfono pinchado.

—Eh… claro, sí. Lo que quieras. —Rick parece estar sopesando si debe sospechar o sentirse aliviado—. ¿Qué necesitas?

—Entra en el coche, cierra la puerta y conduce hasta Anaheim. Espérame allí.

Frunce el ceño.

—¿Anaheim? ¿Por qué coño quieres que vaya a Los Ángeles ahora?

—Porque te lo digo yo. Y dime el nombre del policía al que estás informando. —Las próximas semanas, será más seguro conocer el nombre del cabrón que está metiendo las narices en los asuntos de Charlie y, por lo tanto, en los míos. Una vez que Rick desaparezca.

—No es un policía cualquiera —me advierte Rick—. Es la detective Lowell. Denise Lowell. De la DEA.

Ese acrónimo es la peor noticia del puto mundo.

¿La DEA está removiendo la mierda de Charlie?

Pillar a un señor del crimen como Charlie Holsan haría despegar la carrera de cualquiera.

Por lo menos, le garantizaría un buen ascenso.

Ningún agente con dos dedos de frente daría la espalda a un premio tan gordo como ese, no si cree que tiene posibilidades de echarle el lazo.

Necesito saber todo lo que sea posible de la tal Denise Lowell. Lo necesito desde ayer.

—Dame tu móvil. —El tipo pone mala cara pero obedece.

Lo tiro al suelo y lo pisoteo con todas mis fuerzas.

Rick se limita a asentir y mirar con tristeza el aparato hecho pedazos sobre el asfalto—.

Cuando llegues a Anaheim, Michael irá a tu encuentro.

No llames la atención. Y mantén la cabeza gacha si no quieres perderla de verdad, ¿entendido?

Me vuelvo y me marcho. Rick y yo nunca nos hemos llevado bien, pero ahora me va a obedecer. Aunque no tenga ni idea de lo que planeo. Esa lucha constante por la posición de macho alfa —una competición entre nosotros dos que solo percibía él— ha terminado. Nunca tuvo nada que hacer contra mí.

Tenía su vida en mis manos y la he dejado marchar.

Y ahora que Rick está a punto de internarse en la autopista, también ha llegado la hora de que yo mismo me largue de esta ciudad.

Ha llegado la hora de muchas cosas. Ya es hora de liberar a Alexis Romera del cartel.

Ya es hora de que se reúna con Sloane y con el resto de su familia.

Y puede que yo haya terminado en la lista negra de Charlie Holsan, pero ese cabrón también ha cometido un grave error.

Y yo le voy a explicar lo grave que es ese error.

Pronto, muy pronto, deseará haber dejado que me pudriera en la habitación del fondo del piso lleno de mierda de mi tío hace tantísimos años.