29 Zeth
La cosa va como Charlie me dijo que iría.
En el embarcadero, Rick —que es corpulento como un tanque y está tatuado y marcado de pies a cabeza— se encuentra con tres moteros de una banda que no reconozco.
En la parte superior de sus parches se lee «Wreckers».
He llegado pronto y me he instalado en la segunda planta del almacén quemado que Charlie usa a veces para reuniones como esta, pensando que Rick no sería tan tonto como para elegir este lugar, pero el tipo aparece puntual como un reloj.
Los moteros se presentan diez minutos más tarde, maldiciendo y despotricando contra los policías a los que han tenido que despistar.
Estos Wreckers deben de ser unos cabrones de mucho cuidado si la poli los ha estado siguiendo.
Rick abraza al primero, una mole que me sacaría una cabeza hasta a mí, y choca los puños con los otros dos.
—¿Qué, Caleb? ¿Cuánto tiempo? —le pregunta Rick al tipo al que ha abrazado.
El gigante se apoya en la moto y se mete los pulgares en los bolsillos de los vaqueros.
—Tres o cuatro días como máximo. Nuestro hombre ya está preparado para mover ficha.
—¿Y tienes lo que dijimos?
—Sí. Cuatro. Aunque en el contenedor cabrían hasta seis. No sé por qué no quieres optimizar beneficios…
Rick niega con la cabeza.
—Cuando te pasas de avaricioso es cuando te pillan. Con cuatro está bien. ¿Y están intactas?
Caleb asiente.
—Eso dice nuestro médico.
—Bien.
—Mejor que bien, hermano. Hasta tú te vas a querer follar esos coñitos, ya lo verás. Unos culitos de puta madre.
Rick sonríe y se rasca la barbilla.
—Ya, bueno, pero si toqueteo la mercancía luego no valdrá gran cosa… De todas formas, no tengo problemas para conseguir coños. Es mejor guardarle estas chicas a Rebel. El tipo tiene más dinero que sentido común.
Rebel.
¿Por qué no me sorprende? Aunque hacía tiempo que no oía hablar de él.
Creo que desde que ese detective privado corrupto estuvo a punto de venderle a Sloane hace dos años.
Ya iba siendo hora de que ese cabrón asomara la cabeza.
Rick tiene razón: se rumorea que Rebel está forrado.
También tiene la mala costumbre de comprarse chicas guapas y usarlas hasta que no queda nada de ellas.
—Bueno, hora de apoquinar, Holmes —le dice Caleb a Rick—. Y esta vez necesitamos algo más que sitios y horas. Necesitamos algo sólido, algo que ponga contento al viejo.
Me anoto mentalmente que debo descubrir quién es este viejo; presumiblemente, el jefe de la banda. Conozco todos los clubes de moteros que hay en Seattle. Todos tienen que pagarle a Charlie, ya sea en pasta o en músculo, aunque no les haga ninguna gracia. Los Wreckers no son de por aquí.
—En el veintiuno de South Street —contesta Rick—. Allí la cortan; están empezando. El mes que viene pasará por más o menos medio millón en coca que serán dos millones una vez la hayan cortado con talco.
—¿Cuánta gente hay? —pregunta uno de los socios de Caleb. Este lo mira con severidad. Es evidente que le acompañan como guardaespaldas y poco más. Salta a la vista que no tenían permiso para hablar. El otro tipo aprieta los dientes y exhala con fuerza.
Rick responde de todos modos, obviando la tensión que se está produciendo entre los moteros.
—Cuatro tíos, armados pero de bajo rango. Chavales de las bandas locales, sobre todo. Los ha contratado para eso. Charlie no quiere a sus hombres por ahí.
No tenía noticias de esa cocina. Charlie es un criminal, eso lo tengo claro, pero se enorgullece de que su producto sea puro.
De que sus armas funcionen, de que sus drogas no le frían el cerebro a nadie.
«¿De qué coño me sirve un cliente muerto? —dice siempre—. Si me los cargo, no me podrán seguir dando dinero, ¿o no, Zeth, muchacho?»
. Pero parece que ha cambiado de idea. Y si va a cuadruplicar el peso del producto, debe de estar cortándolo con mucha mierda.
Cada dato nuevo que descubro sobre Charlie me cabrea más.
Las chicas, el móvil pinchado… y ahora esto.
No es que pensara que me lo contaba todo, pero creía que al menos sabía por qué terreno me estaba moviendo.
No obstante, parece que no tenía ni idea.
No sé ni en qué puto país está el terreno.
—Entonces, ¿el quince ya está? —pregunta Caleb.
—Por supuesto —contesta Rick.
—De puta madre. Pues nos vemos en la Carbonería.
Dale a tu viejo saludos de Petey, ¿vale?
—Caleb le da otro abrazo a Rick y unas palmaditas en la espalda antes de subirse a la moto y aferrarse al manillar.
El rugido de los motores se eleva por el almacén y, con un ruido ensordecedor, los tres tipos rodean a Rick y se largan del edificio, dejándolo solo.
Y ahora es cuando se supone que tengo que anunciar mi presencia.
Ahora es cuando se supone que tengo que hacer sufrir a Rick y matarlo.
Pero no es eso lo que voy a hacer. Ordeno mis pensamientos mientras lo observo coger la chupa de cuero de la barandilla oxidada donde la había colgado y ponérsela.
¿Por qué cojones querrán enterarse esos tipos de las operaciones de Charlie?
Sobre todo si todavía no han atacado ninguna de sus ubicaciones…
No tiene sentido, aunque es evidente que esa cocina es uno de sus objetivos más inmediatos.
Si no, no querrían saber cuántos hombres van a encontrarse allí.
¿Y qué coño hace Charlie contratando a pandilleros?
Mientras le doy vueltas a un millón de preguntas, Rick sale del almacén. Cuando finalmente decido que quiero interrogarlo, el cabrón ha llegado al coche, un llamativo Mitsubishi Evo con las ventanas tintadas. Está entrando ya; tiene medio cuerpo dentro y medio fuera.
—¿Qué hay, Rick?
Y Rick se caga en los pantalones. Da un brinco y alarga un brazo de forma automática para coger su pistola, pero ve la Desert Eagle que llevo en la mano antes de encontrarla.
No lo estoy apuntando. No hace falta. Ya sabe que yo no saco la polla a pasear si no tengo intención de follarme a alguien. Nos miramos a los ojos.
—¡Zeth, tío! ¿Qué haces aquí? —Lo que en realidad me está preguntando es cuánto he visto y cuánto he oído.
—Pues lo mismo que tú, como puedes imaginar. Respirando un poco de aire fresco.
«He oído lo suficiente, hijo de puta».
Rick se sienta en el borde del asiento del conductor y suspira con fuerza.
—Tienes un mensaje de Charlie, ¿no? —A juzgar por su tono de voz, ya sabe cuál es el destino que le espera. Rick sabe muy bien lo que les pasó a los otros tipos que fueron lo bastante estúpidos como para actuar a espaldas de Charlie. Sabe lo que va a ocurrir a continuación.
—Sí —contesto—. Tengo un mensaje. Pero estoy interesado en saber lo que tienes que decir antes de que te lo entregue.
Levanta la vista y veo una chispa de esperanza en unos ojos en los que antes solo había resignación.
—¿Qué quieres saber? ¿Por qué te están dejando fuera?
¡¿Qué?! Observo con atención su expresión ansiosa, analizándola. No está soltándome lo primero que se le ocurre. Está diciendo la verdad.
—¿A mí? —No se me había ocurrido, pero joder.
Ahora que lo oigo de boca de Rick, tiene mucho sentido.
Es lo que hace Charlie cuando no confía en alguien, cuando se está preparando para cargárselo.
Lo deja fuera. Lo excluye de sus tratos, lo mantiene a una distancia segura, lo observa como un depredador… Todo encaja.
—Tío, Charlie descubrió algo sobre ti. Algo que no le gustó ni un pelo…
Dijo que ya no se podía fiar de ti, que ya no le servías.
Quiere que desaparezcas. Le ha dicho a los chicos que se vayan preparando, que va a necesitar una nueva mano derecha porque está a punto de cortarse la vieja. Eso he oído.
Rick se está desviviendo por ser útil. Es lo que hace la mayoría de los hombres que están a punto de morir. A veces, resultar útil consigue comprarles un poco de tiempo. No sabe que en realidad no tengo pensado matarlo, así que voy a aprovecharme al máximo de la situación.
—¿Qué es lo que ha descubierto sobre mí?
Rick niega con la cabeza y se encoge de hombros.
—No me lo dijeron, pero era referente a tu pasado.
En fin, no es una información muy útil. Todo lo que ha ocurrido hasta este momento forma parte de mi pasado.
Hace una hora. Ayer. Lo que ha motivado a Charlie a volverse contra mí podría haber pasado la semana pasada o hace diez años, pero sea lo que sea, me resulta un poco difícil de creer.
Con lo paranoico que es, me habría matado en cuanto hubiera sospechado algo.
Sabe todo lo que yo sé. Todo lo que me ha pedido que haga.
Todos los asuntos turbios que podría cantar si sintiera la necesidad.
—Estuve en Chino por Charlie —señalo—. No se libraría de mí sin una puta buena razón. —Nadie cumple condena en Chino sin pagar un alto precio. Y hacerlo por alguien es más que una muestra de lealtad. Es un sacrificio difícil de comprender.
Rick se queda boquiabierto.
—Oh, Zee… Joder. Ninguno de nosotros estaba seguro, pero dábamos por hecho que te habrías enterado… —Esboza una sonrisa cruel—. Todo el mundo sabe que fue Charlie quien le cortó el cuello a Murphy. Y que fuiste tú el que cumplió condena por ello. ¿Nunca te has preguntado por qué?
El recuerdo de esa noche resurge en mi mente en imágenes fijas, llenas de salpicaduras de sangre y deterioradas como una película vieja.
Murphy O’Shannessy de rodillas; Charlie deslizando la navaja de afeitar por su cuello con cara de loco.
Todo aquello empezó por una tontería. Murphy hizo un comentario mordaz sobre el largo del vestido de Sophie.
El comentario pasó desapercibido para todos los demás, y la única reacción de Charlie en ese momento fue fruncir el ceño.
Sin embargo, diez horas después, cuando el viejo se habría esnifado unos mil dólares en coca, ya era otra historia.
No pienso mucho en esa noche. Intento no hacerlo.
He matado, sí, pero siempre lo he hecho rápido.
Un cuchillo en el corazón, o en los pulmones, algo así.
Un tiro en la cabeza. Pero Charlie hizo una chapuza con el cuello de Murphy a propósito y luego se quedó mirando cómo se desangraba.
No permitió que nadie acabara con su sufrimiento.
—Ya sé por qué —contesto—. La poli encontró la navaja en mi coche y sangre en mi camisa. Y un pelo mío en la ropa de Murphy.
Rick asiente con impaciencia, como si la información que me quiere dar fuese de vital importancia.