Sangre y rosas 1 28 Zeth
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28 Zeth

No me llevo muy bien con los ultimátums.

Si me das dos opciones y me dices que tengo que elegir una de ellas, encontraré una tercera solo para joderte.

Pero la amiga de Sloane me ha dejado descolocado.

Por mucho que lo intente, no logro encontrar la puta tercera opción.

Newan me quiere lejos de su amiga, algo que no puedo hacer…

Así que la alternativa sería hacer puta terapia con ella. Algo que tampoco puedo hacer.

Mi antiguo yo habría hecho lo que le saliera de las pelotas.

Habría accedido a mantenerme alejado de Sloane totalmente decidido a seguir viéndola igualmente, pero si lo hago y esta tía se entera, será Lacey quien pague las consecuencias, y no yo.

Y esa chica necesita más ayuda de lo que yo necesito a Sloane Romera.

Al menos, de eso es de lo que trato de convencerme.

De todos modos, ¿esta mujer quién coño se cree que es?

En circunstancias normales, resolvería este problema dándole una buena hostia a la persona responsable de cabrearme tanto.

Pero esta vez no puedo. Porque es una engreída, del tipo «soy doctora y tú estás jodido de mil formas diferentes».

Si actúo así, le estaré dando la razón. Además, es una mujer.

Aunque está tratando de controlar a Sloane.

Seguro que la muy zorra tiene celos de que su amiga esté follando, aunque enseguida me desdigo de ese pensamiento con una carcajada.

Esa mujer emanaba sexualidad por los cuatro costados.

No es el tipo de mujer que a mí podría interesarme nunca, pero, aun así, si quiere sexo, seguro que lo consigue.

¿Significa eso que vaya a ceder a sus demandas? Pues no. Ni de puta coña.

Cruzo la ciudad en el Camaro rumbo a la mansión de Charlie, ubicada en Hunt’s Point, en el otro extremo de la península.

Es una de las mejores zonas de Seattle. Allí vive gente respetable, acomodada.

Banqueros, golfistas, hombres de negocios…

Y todos saludan a Charlie cuando salen a pasear a sus perros y a cortar el césped.

Le sonríen cuando pasa por las verdes calles residenciales conduciendo su Lexus.

No tienen ni idea de que es un puto asesino en serie.

Lleva veinticinco años viviendo ahí, y es un lugar sagrado para él.

Él no caga donde come, eso por supuesto, y tampoco le hace ni puta gracia que sus hombres se presenten en su puerta con los zapatos llenos de mierda.

Eso significa que nada de tratos, armas, broncas o conversaciones de negocios una vez cruzas el umbral de la puerta de su casa.

Si sigues esas reglas, te tratará como a un rey.

Si las rompes, te hará desear no haber nacido nunca.

Sin embargo, si Charlie me ha pedido que esta noche venga, es para hablar de negocios.

Nunca se ha casado. Tiene una novia desde hace mucho tiempo, Sophie, pero está fuera de la ciudad visitando a su madre, así que la casa está vacía.

No hay oídos curiosos que puedan enterarse de lo que no deberían.

Enfilo la calle que lleva hasta su finca y espero a que se abran las puertas.

El ruido eléctrico que lo indica suena dos segundos después.

Los guardias de seguridad conocen mi coche y saben que no deben hacerme esperar.

Aparco y entro sin molestarme en llamar.

Lo de tocar el timbre es para gente como Karl, Rick u O’Shannessy, soldados de rango más bajo que solo llevan un par de años con Charlie.

Yo tengo mi propia llave. Me crie en esta casa, joder.

Perdí la virginidad con una de las criadas que limpiaban mi mierda cuando no era más que un mocoso adolescente.

Me rompí tres costillas luchando con un instructor de artes marciales en la pista de tenis.

Mi morada actual es bastante humilde comparada con esta monstruosidad; aquí nunca me sentí en casa.

Nunca sentí que me mereciera algo así. Jamás me pude librar de la sensación de que mi sitio seguía estando en ese agujero de mala muerte donde vivía mi tío.

Pobre como una rata, la chusma de más baja calaña de todas.

Esa clase de pobreza que se te mete en la psique.

No importa lo grande que llegue a ser el techo sobre tu cabeza, ni cuántas criadas te folles, ni cuantos miles de dólares valga el coche que tienes aparcado en la entrada, nunca puedes escapar de ella.

Las luces del interior de la casa de Charlie están encendidas a toda potencia, iluminándolo todo.

Tiene lámparas de techo de cristal, alfombras persas, muebles antiguos…

toda la parafernalia. El jefe debe de llevar más de media vida en este país, pero da la impresión de que todavía cree que vive en la Inglaterra del siglo diecinueve.

—¡Charlie!

Cruzo la enorme planta baja en dirección al sitio en el que siempre estoy seguro de encontrarlo: su despacho.

Y, tal y como predecía, en cuanto abro la puerta veo al cabrón canoso doblado encima de su escritorio esnifando una raya de coca.

Se sienta con los ojos redondos como dos monedas y se limpia el polvo de las fosas nasales.

—Vaya, vaya, si es mi empleado más fiel. —Se apoya en el respaldo y se limpia las manos en el chaleco de rayas, dejando algunos refregones blancos—. Me alegro de que hayas podido venir. ¿Has cerrado la puerta con llave?

—Por supuesto. —Lo primero que aprendí sobre Charlie es que la seguridad es su prioridad, sobre todo en su casa. Pobre del que se deje una puta ventana mal cerrada. Sea por lo que sea.

Charlie se encoge de hombros, asiente y señala la silla que me espera al otro lado de su mesa. Me siento, como se espera de mí, y me pongo cómodo.

—Tengo un trabajito para ti, hijo.

—Ajá. —No podría haber otra razón que justificara mi presencia aquí.

Charlie se hace el bueno, finge que somos familia, pero la verdad es que no soy más que su oscura y a veces malvada arma secreta.

¿Me habría seguido teniendo en nómina si hubiera mostrado un cerebro más dispuesto a los negocios?

; y, en ese caso, ¿me habría encargado que le blanquease el dinero o que tratase con sus contactos, como dijo que habría hecho la última vez que hablamos?

Es posible. Pero hasta yo sé que soy más útil para él así. Siendo su monstruo cruel.

—Es Rick. —Coge una cuchilla de la mesa y empieza a cortar otro montón de coca.

El tío es un profesional, así que lo hace en un abrir y cerrar de ojos.

Me sorprende que el muy cabrón todavía conserve el tabique nasal.

Cuando termina, me señala con la punta de la cuchilla—.

Ese cabrón está haciendo negocios con las bandas de moteros.

¿Las bandas de moteros? Soy incapaz de reprimir una carcajada.

—Su padre es el presidente de un club de motoristas. ¿Qué esperabas? Ya te dije que tu mercancía terminaría en sus almacenes si dejabas que Rick se acercase a ella.

—Drogas, armas… Todo eso me importa una mierda. —Mueve una mano con impaciencia—. Puede vender todo eso a quien le salga de los cojones.

—Entonces, ¿qué coño les está vendiendo?

Charlie se apoya de nuevo en el respaldo con unos ojos mucho más abiertos de lo que deberían. Está paranoico nivel diez. Siempre que va de coca hasta las cejas le pasa lo mismo.

—Información, Zeth. —Todavía no lo he visto parpadear—.

¡Información! El hijo de puta le está vendiendo información a un grupo del sur de California.

Una banda de mierda a la que no conoce ni Dios.

Les ha dicho lo que guardamos en nuestros almacenes, cuándo recibimos los cargamentos… Información valiosa, Zeth, ¡valiosa!

—¿Y alguien ha asaltado los almacenes?

Charlie niega con la cabeza.

—Ese es el tema. Nada de nada.

—Entonces, ¿estás seguro de que el chaval no está hablando solo con su familia? Ya sabes cómo va el tema con los distintos grupos de las bandas… están todas conectadas. Todas se meten en los asuntos de las otras y se follan las mujeres de los demás.

—¡No! Lo oí. Lo oí contar lo de las chicas del contenedor de carga. Esto no es un asunto familiar. Esto va de dinero, ni más ni menos.

Si Charlie quería congraciarme con esta causa, no debería haber mencionado ese puto contenedor.

Ha sido un punto de fricción entre nosotros desde que descubrí que el viejo se dedicaba a traficar con chicas jóvenes en el mercado de la trata de personas.

Todavía no he decidido si puedo hacer la vista gorda sin intervenir de algún modo al respecto.

Si no estuviera tan colocado, lo más probable es que ni se le hubiera ocurrido mencionarlo.

—¿Cómo lo oíste?

—En el móvil, idiota. ¿Acaso crees que no tengo a todos mis hombres vigilados? No acabo de salir del cascarón. Tengo que asegurarme de que mis intereses estén bien protegidos.

¿En el móvil? ¿A qué coño se refiere? ¿A un aparato de escucha? ¿Tenía pinchado el teléfono de Rick? Y no solo el de Rick… Él mismo lo ha dicho: «¿Acaso crees que no tengo a todos mis hombres vigilados?».

Todos.

De repente, me hierve la sangre. Se me nubla la vista de ese modo que indica que la cosa no va a terminar bien. Si ha hecho lo que creo que ha hecho, voy a perder los papeles.

—¿Y a mí también me tienes pinchado el teléfono, Charlie?

—le pregunto en voz baja. Con cautela. El viejo tiene el genio de un león, pero yo también.

No quiero sacarlo de sus casillas, sobre todo no en el estado en el que está, sin saber bien cuáles son los hechos, pero me resulta casi imposible controlarme.

La expresión de furia de Charlie se mitiga un poco, como si hubiese caído en la cuenta de lo que me acaba de decir.

Como si hubiese caído en la cuenta de que reconocer eso ante mí sería una cagada enorme.

—No, no, a ti no. Pues claro que a ti no.

Tú eres familia, ¿o no? —Otra vez con la mierda de la familia.

Charlie me ofrece el poco de coca que queda desperdigada sobre su escritorio, como si quisiera dar énfasis a su argumento—.

Necesito que tengas vigilado a Rick. En teoría, ha quedado con ellos mañana por la noche ahí abajo, en el embarcadero.

Van a hacer algún tipo de intercambio. Quiero saber qué es.

Quiero que lo recuperes, sea lo que sea, y que luego mates a ese cabrón. ¿Entendido?

Rechazo la coca moviendo la cabeza a un lado y otro.

Ha ignorado mi pregunta como si nada, y por ahí no paso.

En todo caso, lo que ha hecho es confirmar mis peores sospechas.

Qué hijo de puta. Lo de las chicas ya era bastante malo, pero si me ha estado espiando…

Intento relajar los músculos de mi cuerpo, al menos lo suficiente para no temblar de la rabia que se está acumulando en mi interior.

—¿A qué hora es la reunión? —consigo preguntar.

—A las siete y media. Y asegúrate de que la rata sufra antes de que te lo cargues, ¿eh?

—A Charlie no parece importarle que haya rechazado sus drogas.

Junta el montoncito de coca en una raya para él y la inhala de golpe.

Dios sabrá cuántas rayas se habrá metido antes de que yo llegara, pero en los últimos cinco minutos he contado tres.

El viejo se hunde en la silla con la cabeza hacia atrás y suelta un gemido de euforia mientras su pecho sube y baja despacio.

Me pongo de pie para irme, todavía conteniendo el impulso de cerrar la mano y destrozarle la cara a puñetazos.

—Ya te informaré de cómo va —le digo mientras me marcho.

Aunque seguramente no haga falta. Es probable que Charlie me tenga vigilado.

Quizá esté viendo todo lo que pasa a través de un puto satélite.

Desde el puto espacio exterior. Salgo de la casa antes de cometer alguna imprudencia.

Sigue teniendo su servicio de seguridad al completo.

Si me atrevo a mover un solo dedo aquí, aunque sea romper un jarrón, rasgar el tapizado de los sillones o respirar hacia donde no debo, soy hombre muerto.

Así que me meto en el Camaro y pierdo dos centímetros de neumáticos derrapando cuando salgo pitando de aquí. Dejo atrás las puertas y la zona residencial que a este hijo de puta le gusta llamar hogar. Casi he llegado al otro lado de Clyde Hill cuando paro y me saco el móvil del bolsillo.

Es un smartphone, así que no es que pueda abrirle la tapa de atrás.

No tengo ni idea de cómo puede haberlo pinchado Charlie, pero si alguien es capaz de conseguirlo, ese es él sin duda.

Desactivo el bloqueo de seguridad, con la precaución de pulsar el botón de mis contactos para consultar el número más importante que todavía no he memorizado: el de Sloane.

Me apunto los números en el dorso de la mano y luego cojo el móvil y lo aplasto contra el salpicadero.

Las esquirlas de cristal salen despedidas en todas direcciones, hacia los pedales y hacia el asiento de cuero.

Desmonto la carcasa de metal conteniendo el aliento.

Ahí está: un chip pequeño y cuadrado, soldado al procesador central.

Es evidente que no forma parte del aparato.

El resto del circuito es una obra de arte perfecta, construida de forma meticulosa.

Este chip, este artilugio de escucha, este acto de traición, debió de ponerlo un jáquer con mucho talento, aunque incapaz de replicar la precisión de algo fabricado por una máquina.

Abro la ventanilla del lado del conductor y lanzo el teléfono con un grito de rabia.

No me puedo creer que me haya hecho esto.

No, en realidad, me puedo creer perfectamente que lo haya hecho. Lo que no me puedo creer es que yo haya sido tan estúpido como para no esperármelo. ¿Quién es el imbécil, él o yo?

Dios sabe lo que el muy cabrón me ha oído decir en ese móvil. No quiero ni pensarlo. Piso el acelerador a fondo, haciendo rugir el motor, y me dirijo a casa.

Haré esta última cosa por Charlie, pero no para ayudarlo. Lo haré para enterarme de qué se trae Rick entre manos. Lo haré para enterarme de qué coño está pasando. Y entonces tomaré medidas.